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sábado, 9 de julio de 2011

La cultura occidental moderna se abre con un texto trágico. La tragedia de Cristo

La literatura es lo esencial o no es nada
George Bataille

El texto que inaugura, digamos, la cultura occidental moderna, es un texto trágico. Es el texto que cuenta la llegada de Dios. Los evangelios. Con las siguientes palabras se inaugura esta tragedia: “Al principio fue el verbo”. Lo dijo un tal Juan. El resto de los Inspirados completó la historia trágica. Un hombre que nace con destino de cruz. Un hombre que llega bajo la sabiduría de una muerte segura por parte de un pueblo impío. Un hombre que nace, como todos, para morir. La carga trágica la da la forma. Los clavos, la lanza en el costado, la corona de la burla, la inscripción irónica, los azotes, la indiferencia, los meros ladrones a su lado.
     Porque no basta la muerte para la tragedia. El holocausto no lo fue. Es necesaria la mano de la trascendencia, cualquiera esta sea, no basta la mano del asesino.
     Trágico es aquello ante lo cual el Hombre es hombre. Trágico es aquello según lo cual el hombre se padece a sí mismo, es decir, sus límites. Para que haya tragedia el hombre debe ser pequeño ante algo grande. Romeo fue pequeño ante Julieta. Antígona lo fue ante las leyes civiles o las divinas. Egeo ante el error. Jesús fue pequeño ante sí mismo, que era Dios.
     George Bataille se planta ante la literatura con pie firme y no vacila: “la literatura es lo esencial o no es nada”. Lo dice en un libro en el que habla del mal en la literatura. Vaya si nos queda claro. La literatura debe referir esencias, constantes del hombre, debe buscar la savia detrás de la contingencia discontinua de las flores. Yupanqui, entonces, fue esencial. Dijo: “tú que puedes vuélvete/ me dijo el río llorando”; y selló la tragedia del río, la fatalidad del camino sin regreso, es decir su propio destino trágico: “es mi destino/ piedra y camino/ de un sueño lejano y bello, viday/ soy peregrino”. Yupanqui, diríamos, fue pequeño ante su propio deseo impostergable.
     La Edad Media, quizá, sea la de menos vocación trágica. No es fácil creer en una terrible fatalidad cuando se cree tan ciegamente en Dios. Porque la fatalidad ha de ser cruel para ser trágica. Y Dios, que sí tiene vocación trágica para los hombres, puesto que los ha creado y de él a la corta o a la larga dependen, tiene caminos insondables, pero crueles jamás. Siempre habrá maneras de redimirlo, como dice heréticamente un joven Roland Barthes, refiriéndose a las tragedias de Racine.
     Entonces por qué pensar los evangelios como textos trágicos. Dios no puede ser víctima de su pequeñez, es cierto, pero, bien leídos estos textos, es decir laicamente, literariamente, el que baja nunca es Dios sino su hijo flaco, el hijo del carpintero, el despreciado por los judíos cultos, el seguido por un puñado de pescadores crédulos, uno de los cuales se permite negarlo triplemente en forma de estribillo bien humano. No, no, no. La tragedia es de Pedro también, claro.
     Jesús, porque quien baja se llama más Jesús que Cristo, baja sin armas, se dice heraldo de una vida con mayúsculas, de un padre con mayúsculas, de un espíritu con mayúsculas y hasta de una palabra con mayúsculas. Pero los romanos poco creen en ese artilugio de la gráfica. Y lo prenden, lo juzgan y lo matan. Así de minúscula fue su vida para cualquier romano de la época. Y el texto bíblico, quizá metiendo la pata, le hace decir: “Dios, ¿por qué me has abandonado?”. Tenemos el permiso pues para pensar en la fragilidad del niño nacido en los campos de Belén, bien niño entre las cabras y las ovejas. Claro que los textos permiten una legítima lectura de comedia divina, pero de ninguna manera invalidan una tragedia humana.
     

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