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sábado, 2 de junio de 2012

Que haya alguien


...porque esta puerta tiene otra llave
José Hernández

Abrí la puerta despacio. Tenía miedo que adentro hubiera alguien. Entré apenas. Cerré la puerta despacio. Tenía miedo que afuera hubiera alguien.

lunes, 28 de mayo de 2012

La sospecha de Jack London. Una clase de música.


Las grandes verdades sólo son permeables a la sospecha,
es decir a la literatura.
La certeza es una mera afirmación.

Jack London tiene una sospecha. Y es de orden musical. Que la esencia de un sonido no está en su fundamental sino en sus armónicos. Sospecha más. Sospecha que todos los armónicos audibles o humanamente registrables son muecas falsas, ecos de la superficie. Sospecha que más allá de todos los armónicos audibles o humanamente registrables hay una segunda fundamental. Una primera, quiero decir. Una verdad. Sospecha, sí, que el más lejano de los ecos que resuenan o callan en la boca rota de un arpa es la verdad de ese sonido, su autenticidad, su corazón primario, su esencia.
     Jack London ha dejado escrito, a quien ha querido leerlo, que el mundo audible es un mundo de señas, un mundo de mimos. Un mundo en donde esconder el silencio de un primario horror, un terror fundamental. Toda música, piensa, dice, es un gesto de complicidad con el Gran Silencio que nos calma, que nos mece, que nos deja ir a dormir. El miedo pánico a lo que hace tanto hemos dejado de ser es la explicación de lo que apenas somos. Odiamos las sombras, dice, como odiamos el silencio, piensa, como odiamos el desierto, cree, como odiamos a los monos.
     Jack London sospecha, sólo sospecha, no recrimina ni enseña. Jack London dice, no pregona. Dice que un hermoso la de diapasón es una afinación superflua, es decir, una abismal desafinación, una falla intacta, luminosa, civilizada, cultural.
     Jack London sabe. Jack London se anima a sospechar, por eso sabe. Bucea en la patria de los armónicos y se hunde hasta el límite de lo sonoro para internarse, como en una selva oscura, en la patria del Gran Silencio.
     Jack London presiente, no sospecha. Digo mal. Jack London sabe. Como supo Esquilo, como supo Faulkner, como supo Freud.
     Sus últimas palabras dicen que fueron aullidos.

jueves, 24 de mayo de 2012

Lo real (autobiografía)

Se sentía más antiguo que su propia vida.
(Jack London; El llamado de lo salvaje)

Viví hasta los quince años arriba de un árbol. Francisco Madero. Bajé a los diecinueve a una calle ya sin tierra y leí un libro. Hay cuatro años borrosos en los que sólo recuerdo saltar de día y embriagarme y coger de noche. No fui a la escuela. Sé que Pehuajó no existe. En el año 2000 entré en una casa asfaltada de La Plata de la que salí en el 2006 con un título de Profesor en Letras. Fui músico luego. Parece que fui docente. Escritor. No importa. Tengo un pasado largo, hondo y harto sencillo. Barro. Mi presente es breve, alto e ilusorio. Signos. La única nostalgia que importa no se consigna en esta biografía. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

El Evangelio según mi abuelo

Todos los seres viven unos instantes de éxtasis,
que señalan el momento culminante de sus vidas,
el instante supremo de la existencia.
(Jack London; El llamado de lo salvaje)

-         …que cinco centímetros del vello del pubis de una mujer, hijo, pueden más que Dios.
-         No entiendo, abuelo.
-         María Magdalena.
-         Sí.
-         María Magdalena era una mujer hermosa y Jesús tenía treinta años.
-         Sí.
-         Que un hombre hace cualquier cosa con tal de impresionar a una mujer que desea.
-         ¿Por ejemplo?
-         Yo, cuando tenía la edad de Jesús, un poco menos, le hice creer a tu abuela que rezaba cada noche. Esa noche accedió a casarse conmigo.
-         Ah…
-         Lo que te quiero decir no es que Dios no exista. Probablemente sí. Lo que es difícil de creer es esa historia del hijo del carpintero.
-         ¿Y vos qué creés?
-         Creo que a veces el pueblo no miente.
-         ¿Y qué dice el pueblo?
-         Que cuando a un hombre se le abren las puertas bárbaras, no importan los caminos que lo lleven a Roma.
-         ¿Eso dice el pueblo?
-         No. El pueblo lo dice mejor. Dice que dos pelos…
-         Shh!- intercedió la abuela, que escuchaba desde el comedor.
-         El pueblo, y yo, claro, decimos que el bueno de Jesús sacrificó su sagrada sangre para salvar a la humanidad-  dijo el abuelo, que nunca dejó, tarde lo entendí, de ser traccionado por los mismos bueyes. 

lunes, 21 de mayo de 2012

El río que piensa (sobre "La sangre derramada", de María Laura Fernández Berro)


Lejos del río abstracto y mental de Heráclito, el río de María Laura tiembla, se hace barro, remo, sombra, sangre, tierra. Lejos del río apático e insensible del griego, el río de María Laura tiene todas las pasiones adentro. Sufre, goza, late, vibra, huye, duele, se queja, ríe, huele. Lejos del río de Heráclito pero cerca, el río de María Laura, quizá sobre todas las cosas, el río piensa. El río es una lengua de agua que habla pero es también una lava roja que piensa. Y como el río de Heráclito, el río de María Laura, su pensamiento, fluye, cambia, siempre, siempre ya es otro.
     Fundar un espacio, dijo alguien cuando aún era joven, es también fundar una literatura. Y si bien la literatura de María Laura ya había sido hermosamente fundada años atrás, restaba aún ponerle un nombre, darle un color, un sitio a esa poética que, veíamos, se amasaba. Ese nombre es el río. Perdón. Ese nombre es un río. El Río de la Plata, pero también, a no dudarlo, el río de La Plata. Que no es lo mismo. Porque si el libro se toma el trabajo, o el respiro, de dar los nombres propios de una cultura, esos nombres son los de La Plata (la Gran Omisión debe ser leída como homenaje). Las diagonales, las plazas, los museos y los jacarandaes también.
     Pero fundar un espacio, agregaría, es también, si se sabe usar, como lo hizo Saer, como lo hizo Rulfo, como lo hace María Laura, fundar un espacio, digo, es también fundar una lengua. La lengua del río. Es buscarle a los terrones de mundo uno, uno que hable por mí, uno que me piense. Y el río de María Laura habla. Transformándose habla. Haciéndose metáfora de todo habla. El río-escritura, el río-genocidio, el río-aula, el río-mujer. Todo es río. Todo es imperfecto, sucio y movedizo. Todo parece estar y sin embargo. Todo parece quedarse y sin embargo. Todo parece moverse y sin embargo.
     Un río, un libro. Una novela que debe ser incluida (leída a la luz) en la serie de novelas que piensan la dictadura, la escritura, pero también una novela, y esta frase debería llevar tilde, que debiera leerse en la serie de novelas que piensan la vida en el aula, en la escuela quiero decir, y estas novelas no abundan. Una profesora joven aún que no sabe qué hacer con sus clases pero hace, que descree de casi todo pero enseña casi como un rezo, que querría mandar todo a la basura pero representa una obra de teatro con sus alumnos y juega, y los junta. Como se ve: siempre que hay agua espesa, hay un remo.
     La sangre derramada es la tercer obra de ficción de Fernández Berro. Hace unos años nomás abría sus puertas con una novela sorprendente a la que llamó El camino de las hormigas (2005; De la flor). Ya allí aparece otra metáfora de lo mismo que metaforiza el río: el movimiento, la imposibilidad de fijar sentidos, la degradación como esencia, la corrosión incesante como clima. Luego publicó un libro de prosas al que llamó Mujer que viene (2009; Al margen). El movimiento, el devenir, no viene del todo, como vemos, pero se mueve, se anuncia. En ese segundo libro brutal, Fernández Berro usó la tinta para dejarse caer. Es su libro más bestial. Fue su respuesta al llamado de lo salvaje.
     Hace poco apareció en las librerías una nueva novela. Esta vez se llamó La sangre derramada (2011; Babel), y ya sospechamos que este río que no es ni de Saer ni de Heráclito, este río que nació más lúbrico que puro, más descastado (sin casta ni castidad) que confortable, sospechamos que este río que nació con la sensualidad de un cuerpo remando, con viento y deseo arriba, con muertos viejos abajo, este río imperfecto que piensa, suponemos, digo, que este río que nos nada, difícilmente deje ya caer las anclas.


sábado, 19 de mayo de 2012

Adán

Del otro lado del niño hay un hombre, buscándolo.

Hasta qué punto, dijo Adán, quitarme la hoja que me repara.
Hasta qué punto, dijo, quitarme la hoja que me permite.
Hasta qué punto, la hoja que me desnuda.

viernes, 18 de mayo de 2012

El espejo


A Gabriel, que se vio

Nadie mira al espejo. Los pocos que lo han hecho murieron locos, desoídos, confusamente célebres o se hundieron en el mar blanco con la cera de las alas fundida por el sol. Nadie mira al espejo. Miran un gesto, una treta, una mímica, una decisión. Le exigen al espejo una imagen previamente concertada, enuncian frente a él una pregunta falsa cuya respuesta cierta jamás se quedan a escuchar. Nadie se deja en un espejo. Nadie se rinde. Nadie se queda. Los pocos que lo han hecho murieron de horror, de distancia, de estupor, de desnudez, de espesor. El espejo es el lugar de la confirmación, no del espanto. De la brisa suave, no del viento. Quienes quitan los espejos de sus vidas de algún modo se presienten, se intuyen, de algún modo se buscan. Quienes llenan sus paredes con espejos se distraen, se alejan, se ausentan, se evaden, se evitan. Porque hay aguas y aguas, y hay espejos y espejos. La distancia entre ellos es tan brutal como la grieta abierta para siempre entre un hombre y su reflejo en el lago o su sombra. Nadie mira al espejo. Los pocos que lo han hecho han muerto de desierto, de desencanto, de intemperie, de barbarie. Cuenta la leyenda que un muchacho joven, rubio y serrano no hizo otra cosa en su vida que evitar su reflejo. Su eco. Pero una mañana la fatalidad lo sacó del espejismo y lo puso frente a sí. No sabemos qué vio. La flor que dejó, eso todos lo sabemos, está harta de ironía.