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lunes, 26 de diciembre de 2011

Anoche soñé con Flaubert

a Fabián Montagna
a Marcelo Pradells
a Loreley Baumman


Creo, lo confieso, en casi todos los mitos. Sobre todo en los de origen griego. Supongo que debe ser por su hermosura. Alguna vez alguien me dijo que el arte debía ser convincente. Yo también creo en eso. Vaya a saber de qué se convence uno, pero si el arte no se pone firme en algún lugar y nos hace cómplices de su verdad, el arte, creo yo, muere pronto. Por eso digo que mi fe en los mitos se sostiene en su hermosura. Pensemos si no en esa imagen de un hombre arrastrando cuesta arriba, sudoroso y fuerte, una piedra cuyo destino será la caída brutal, nada más alcance la cima de la montaña que remonta. Y en la repetición eterna piensen, de esa imagen del esfuerzo inútil y la condena.
     Pero hay otros mitos, otra acepción de la palabra “mito”, que significaría algo así como noticias tradicionalmente aceptadas de cuya constancia nadie sabe. En esa mitología soy más selectivo. Por ejemplo el mito de Flaubert. Creo, digamos, parcialmente en la noticia de ese escritor de Ruan que, día tras día, se sentaba a su mesa de trabajo, prolijamente, y no conseguía, a veces, más que un par de líneas al culminar la jornada. Digo, creo parcialmente en la experiencia particular y singular de un hombre que se tortura para encontrar una frase, una forma o una palabra que él considera justa o necesaria según sus propios patrones rítmicos, semánticos, morfológicos o semánticos.
     Pero creo porque no tengo por qué no hacerlo y además porque no me importa tanto. Me importa, sí, Madame Bovary. Y cuando la releo no me acuerdo del mito de creación. Pero es a otro mito al que me quiero referir. Es el mito, no de un escritor torturado, sino al de el escritor torturado. Este mito me suena más sospechoso. Es la historia del escritor padeciente ante la hoja en blanco, sin futuro ni rastros de placer, posiblemente sin lectores ni dinero, condenado al estar sin goce.
     Creo en la condena, eso si. Creo en que la escritura, en general después de años de ejercicio, se vuelve necesidad, adicción, deseo y hasta urgencia. Pero también creo, conforme pasan los años y descreo en la dicha pura, creo, decía, en la felicidad de esa respuesta a la urgencia, a la práctica de la condena. Sí, voy a decirlo, creo en la felicidad de la escritura.
     Que hay esfuerzo, claro; que hay fracasos, por supuesto; que hay soledad, sí; que hay angustia, también; y podríamos seguir buscándole las penas. Pero hay algo más grande que todo eso y que a cada uno le pasará por donde le pase. Hay una dicha en el uso de la palabra, en esa manipulación, en la fugacidad de la pericia, en el espejismo del decir, en la ficción de la alquimia, en la presunción esporádica de la belleza.
     No, no creo en el mito de Flaubert. Me gusta más el de las hamacas. El del esfuerzo inútil pero gozoso, en la gracia absurda del subir y bajar, en la escalada ardua y llena de viento creciente, en el movimiento aplicado y dichoso de los pies, en la posición inclinada, incómoda del cuerpo para ir arriba, en el esmero de remontar, en la caída, en el quedar atrás, en el no ir a ningún lado, en el sudor, en la descoordinación de las piezas en juego, en el juego, creo, eso, en lo absurdo de entrar un poco a gatas, un poco a tientas, en ese vértigo del juego volador.
     La vida es una herida absurda, dijo alguien. Quizá sea eso parte de la verdad. Podríamos decir que la poesía también es una herida absurda y quizá también esta afirmación llevaría algo de verdad. Pero se me hace, quizá aquí no hablo por nadie más que por mí, que la otra parte de la verdad por alguna razón inconfesable se nos escatima. ¿Sólo Sísifo es escritor?
     Déjenme contarles un pequeño sueño. Anoche soñé con Flaubert. Iba en hamaca. 

jueves, 22 de diciembre de 2011

La prosa según mi abuelo IV

A María Laura Fernández Berro

La prosa, hijo, es la parte seria del espejismo. La destilación posible de un goce único. La prosa es la infancia exacta filtrada por un tiempo frío e injusto. Una prisa de la hermosura. Un río adentro. Un viento fuerte. Una cascada. La prosa es un cálido desliz de la nieve por la hoja, una rapidez de miedos y sabores, una caña de bambú. La prosa aparece, hijo, no la vayas a buscar a la fronda porque crece en el desierto. La prosa llega, baja o sube, se manifiesta, es, el verbo ser es, la palabra todo. La prosa, hijo mío, no llora si no sufre, no grita si no se espanta, no se ríe si no puede. Es una mueca despedida de la bruma de una entraña. Es un vientre salido intacto de otro vientre. Un pozo para adentro. Una huella dejada por el pie. Y un pie enterrado bajo de la huella. No la corras, hijo, no le fuerces los ojos para que te pase la lengua por el aire. La prosa es una corrección de la palabra siempre. Una llaga del alma. Una ceguera. Un olor a hueso molido por el tiempo. La prosa, hijo, es un cuero de hombre con trinos de flauta. Y no canta, grita, vuela, aúlla, se embarra, ladra, gime, se agita, chilla, suda, llora, nada, se estira, tantea, frota, boquea, rabia. No le pidas prosa al cielo, hijo. La prosa llueve como un manto. Y se bebe. La prosa, hijo de siempre, hijo del espanto, de la rabia, de la niebla, del sueño, la prosa es un pájaro hermoso y carnicero escapado de un cuerpo de hombre que bate un parche sucio, eternamente, en la panza cansada de los burros. 

lunes, 19 de diciembre de 2011

¿Hay alguien ahí?

Me pasé la vida arrojando piedras del otro lado del cerco.
Sueño con escuchar un grito una noche.
Uno que cae herido, y otro que apenas se salva.
(Damián Daussen)

¿Hay alguien ahí?, probaba Báñez, ¿Hay alguien ahí?, insistía, ¿Hay alguien ahí?, gritaba angustiado... y no preguntó más.
     ¿Qué se habrá respondido el gran Gabriel? ¿Por qué siguió escribiendo si no tuvo respuesta? ¿A qué silencio le habló? ¿Con qué gesto quisimos responderle, calmarle la ausencia? ¿Quién de nosotros estuvo ahí para decirle sí? ¿Con quién se encontró del otro lado de la cisura del libro? ¿Quién abandonó la loa o la diatriba para decirle sí, acá estoy? ¿Quién le dio la bienvenida, es decir el sentido? ¿Con qué eco repitieron su nombre nuestras cuevas? ¿Quién supo de él? ¿Quién le quitó la vida a la palabra alma? ¿Quién tuvo su libro en su cama? ¿Quién lo tuvo consigo en el living room? ¿Quién buscó la mueca o la aceptó? ¿Por cuántos agujeros nos dejamos filtrar el vientre? ¿Quién quiso y quiere? ¿Cuántas veces se habrá muerto? ¿Quién sabe si existió? ¿Quién lo busca? ¿Quién lo atrapa? ¿Quién se dejó puestas las balas? ¿Por qué? ¿Quién oyó esa biblia? ¿Quién tomó sus muestras de sangre? ¿Quién leyó a Gabriel Báñez? 

viernes, 16 de diciembre de 2011

La literatura. El arte de los ventrílocuos.

A Aurora Venturini

La metáfora es de Báñez. Es hermosa, morbosa casi, cruda, violenta, de cara lavada, lírica y fea. El escritor procede como proceden los ventrílocuos. Habla por medio de muñecos. Los ventrílocuos les llaman Pepe, Ramona, Serafín y hasta Chirolita. Los escritores les llaman narrador y personajes. La mecánica es la misma. Hacerse decir por otro, usarle la lengua al muñeco, desnudarle la tormenta, exhibirle la fragilidad, mostrarle el fracaso, los calzoncillos.
     Pero el dato no es menor. La ventriloquia de los escritores es muy saludable a la literatura. El hombre que está detrás de la pluma, detrás del muñeco, dice cosas que los discursos desprovistos de muñecos no dicen. Eso se llama, a mi modo de ver, especificidad del discurso literario. Es una toma de posición, claro. Eso se llama, para hablar con palabras de otros, literaturidad. La literatura, entre otras cosas, sigue justificando su estar ahí, porque sigue diferenciándose del resto de los discursos sociales gracias, insisto, entre otras cosas, a su capacidad de hablar con el vientre. De esa manera se saltan, se sortean, se burlan, las vallas morales, estéticas, jurídicas y sociales en general. ¿Por qué? Porque lo dijo él, el muñeco, no yo.
     Hablar con el vientre es muy saludable. Claro que la historia de la crítica ha sancionado con todo el peso de un rey la muerte del ventrílocuo. Pero toda persona que alguna vez haya gastado papel o pantalla en agrupar signos en una ficción sabe que él está en todos lados. Sabe, incluso, que es imposible desdecirse de él. Sabe, más aún, que cuando lo ha intentado ha fracasado, porque el muñeco, en algún momento de distracción, mira hacia atrás al hombre que lo empuña y manipula y le deja expuestos los hilos. Le echa en cara su mudez, digamos.
     Yo no sé qué falta de sensibilidad nos ha llevado al extremo de matar a los hombres que blanden muñecos, qué dimensión humana le hemos querido quitar al arte de la escritura, por qué hemos querido olvidarnos de la lengua que mece la lengua.
     Gabriel lo dijo con vos de muñeco, lo dijo en clave, pero quienes le conocemos las mañas lo encontramos siempre. Dijo que por favor no se olviden que detrás de la voz que narra hay una voz que siente, que detrás de los hombres que dicen que sufren hay un hombre que sufre.
     En la vereda opuesta están quienes leen al hombre más que a la obra. Ese no ceo, claro, que sea el camino. Pero es una pena, una mutilación dolorosísima, desatender la figura que dejó puesta Báñez, como todo él, para siempre. Es cierto, hay buenos y malos ventrílocuos. Y hay buenos y malos muñecos. Pero me parece que dejar al hombre afuera es una abstracción absurda. Es pensar el texto como una máquina autogenerada y autoabastecida. Por suerte lo nuestro es una tragedia. Quiero decir, una fatalidad que nos impide, aunque quisiéramos, acatar a los críticos. Digo, el hombre nunca dejará, porque de otra manera no puede concebirlo, nunca dejará, repito, porque otra cosa no puede ni quiere, la costumbre sana y milenaria de sacar las verdades más profundas, más íntimas, por el sitio entrañable y cálido por donde todo él una vez  ha salido.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El cabalgante

a Leopoldo Dameno

La primera vez que anduve a caballo, lo recuerdo bien, fue ayer a la noche. Un paisano del pueblo me prestó el caballo o yo se lo robé, o vino solo, no recuerdo bien. Fue lindo andar entre la alfalfa negra, entre los girasoles negros, entre maizales negros, bajo una luna blanca. Me persigné antes de montar porque alguien tenía que ayudar a mi coraje y mi destreza. Me encomendé al caballo en una plegaria breve. Pero tuve pericia. Fue lindo sentir la boca del caballo entre las riendas, entre las manos. Yo había cabalgado mucho, si no recuero mal, desde que tenía dos años. Era un caballo alto y sin espuelas aquel. Yo era chiquito y rubio. Lo había sabido manejar. Monté y salí al paso, según comprobé años después en una foto. Pero anoche tuve una pericia que no tuve que usar. El caballo me entró en las manos y salimos por la noche del campo. Fuimos lento mientras él así lo quiso. Galopamos mientras fue su deseo. Frenamos cuando lo dispuso,  e incluso, si no recuerdo mal, saltamos alambrados. Llegamos hace un rato y yo le rasqué las crines en señal de amistad y agradecimiento. El me lamió las manos. Si no recuerdo mal, me dijo que habíamos llegado a tiempo. Que habíamos sabido conducirnos. Y se fue solo, como había venido.

martes, 13 de diciembre de 2011

El muerto

a Fernando Alfón

Esta mañana amanecí tirado en una plaza céntrica de la ciudad. Estaba muerto. Las pericias forenses no dieron causales de muerte. Los médicos no saben tampoco. Nadie entiende cómo alguien que ayer estaba vivo, esta mañana, al amanecer, está muerto. Qué pasó en el medio, se preguntan. Sólo saben que llevaba un cuaderno en la mano y un cortaplumas. Las primeras diez hojas del cuaderno aparecieron rasgadas. Eso es todo. Parece que quedó en la tierra dibujado algo indescifrable. Por eso lo borraron. El cuaderno fue llevado en principio a la comisaría y luego a la parrilla del oficial a cargo del presunto suicidio. Yo estoy en casa. Me toca a mí redactar esta muerte curiosa. No puedo, por más que lo persigo, darle al suceso un color dramático y sensacionalista como me piden. Espero algún día dejar de escribir crónicas policiales y pasar al suplemento del domingo.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El buscador

...persigo una sombra
(Misino Amado)

Buscaba un sitio en donde dejar el cuerpo. Buscaba el perfume de la obscenidad. El centro sabio de la pornografía. Un sonido fundamental para ser sensible. Un alma buscaba. Buscaba los motivos para la respiración, para le latido, la caca y el pis. Buscaba una sombra que proyectar cuando fuera mediodía. Un reflejo en el agua que le corrija la carne. Una víscera buscaba. Buscaba el otro nombre de febrero. Una intensidad vagamente olvidada. Un tajo viejo buscaba. Buscaba metáforas en los manteles, cielos profundos, mapas del deseo, auroras altas y blancas. Patios internos buscaba. Buscaba una exactitud en el manejo de las flechas. Un desierto perdido buscaba. Una manera de decir papá. Una raíz alta y larga. Buscaba un agua que sentía en los zapatos desde siempre. Una humedad ontológica. Buscaba en el tiempo el instante justo de su muerte. Buscaba la desnudez exacta, la desnudez necesaria, la desnudez perdida. La mentira justa buscaba.

domingo, 20 de noviembre de 2011

El sabio

                                                                                Tenía un grillo entre las sienes
y sabía decir mariposa.
Lo demás lo ignoraba.
(Ana Emilia Lahitte; "La niña extraña")


Sabía que la velocidad de la luz no es la misma que la velocidad de la sombra. Sabía la palabra alma. Sabía que hay que cruzar millones de agua dulce para llegar al desierto. Sabía la palabra sueño. Sabía que no hay relámpago que sobreviva a la noche ni trueno que no caiga sobre sí mismo. Sabía la palabra rumbo. Sabía que toda constitución comienza con nosotros y que casi nadie ha escrito una constitución. Sabía la palabra dueño. Sabía que no es la misma la composición del agua de la lluvia que la de las lágrimas o las lagunas. Sabía la palabra niño. Sabía que no hay manera de salir porque no existe el adentro. Sabía la palabra bueno. Sabía que en las esquinas se esconde un misterio creado por dos líneas que se juntan. Sabía la palabra nada. Sabía la palabra nunca. Sabía la palabra nadie. Sabía bailar solo y a lo lejos una danza ritual alrededor de la palabra fuego.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El preso

a  Daniel Freidenberg

Amaneció preso. Líneas verticales de hierro negro rayaban los guardapolvos blancos de los guardiacárceles. Se ve que llovía porque la palabra fue difusa bajo un cielo de chapa doblada. Y había olor a una vieja tormenta. Y era más alto cada vez que se sentaba en las barras de madera del suelo. No escuchaba que de afuera le pedían perdón. Olía la rabia y la desolación pero no sabía de dónde le venía ese perfume. Estaba atado. Se dio cuenta cuando quiso escribir una cruz roja en la pared. No pudo marcar los días. Fue siempre un lunes a la mañana. O un domingo a la tarde. Y llovió mientras estuvo. Se dio cuenta porque tuvo frío y humedad en los dedos apretados de los pies. De afuera los hombres blancos rayados de negro lo cuidaban. Supo así que era un hombre peligroso. Temió por los guardiacárceles que eran fuertes y altos. Tenían un gesto de debilidad o amistad ontológica en sus músculos de acero. La cárcel se incendiaba. Lo supo por los gritos inaudibles que pedían socorro. Por el silencio lo supo. El humo lo confirmó. Los guardapolvos bien mirados eran grises y negros ahora. Y llovía. Estaba desnudo. Lo supo por su posición cada vez más infantil, más ventral. Estaba solo y lejos. Y llovía siempre. Lo supo porque las palabras de sus amigos altos y fuertes quedaban desarticuladas y mojadas al borde de las rejas verticales. Con gesto de auxilio. Con las manos agarradas a las rejas. No escuchaba que de afuera le pedían perdón. Y agua. Un vaso de agua.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Decálogo del buen viajero

  1. Lo esencial es invisible a los textos  o  Todo sujeto es tácito

  1. Un buen libro es el producto inestable de un soliloquio más o menos mudo en diálogo infecundo con un lector más o menos sordo

  1. Un buen libro nace clásico, crece viejo

  1. Toda palabra debe hacerse respetar, incluso antes de merecer el respeto

  1. Una camisa sabiamente escurrida a mediodía deja un curioso charco sobre el barro. Ese poco de agua sucia se llama literatura. El resto se llama camisa.

  1. De la pena la savia, nunca la pena

  1. Entre la libación y el mordisco existe la misma distancia que entre la mariposa y el chancho

  1. Un pájaro hermoso desciende siempre de un pájaro hermoso, o de una cabra

  1. El olvido es la única moral exigible a un artista

  1. Hacen falta litros de sudor para dar con una gota de perfume

  1. No suena igual el viento sobre un junco que sobre una cuerda de arpa

  1. Ningún genio ha abandonado una lámpara que no haya sido mil veces  frotada

  1. Hay puertas que se abren golpeando ventanas

  1. La labor de la lima debe ejercerse primero sobre la propia lima, luego sobre el hombre que lima, y finalmente sobre el hierro, aunque ya casi no haga falta

  1. Sólo la amnesia produce nuevos textos

  1. Todo nombre propio fijado en un libro es el seudónimo presumido u olvidadizo de la historia de la literatura

  1. La mayor literatura tiende a la ciencia 
  2. Desnudos somos menos. 

jueves, 3 de noviembre de 2011

Comala. La patria de la escritura

"Vine a Comala porque me dijeron
que aquí vivía mi padre"

Juan Rulfo; Pedro Páramo



Empecé a escribir una mañana de Pehuajó, soleada, sobre un acolchado inolvidablemente amarillo, rugoso, en medio, repito, en medio de un desesperado y caudaloso llanto. Me inventé un lector. Apunté alto me acuerdo. Era Dios. Escribí confesionalmente, desaforadamente, no importa si mal, un dolor que, según comprobaba, la escritura conjuraba. El llanto y la escritura terminaron juntos. Diez o quince minutos después. Yo tenía pocos años, pero no tan pocos. Entonces sospeché quizá la primera tragedia de mi vida. Si el llanto me da la escritura y la escritura me quita el llanto, la figura que me dibuja lleva forma de círculo. Y el círculo es una geometría cerrada. ¿Sería preciso el dolor para invocar la escritura? ¿La escritura sería el final del dolor, es decir de la escritura? ¿Los círculos eran renovables? ¿O era pues un suicidio de la propia escritura?
     Por mucho tiempo no lo supe. Porque cada vez que quise descartar esa idea por romántica o infantil, recordé que el llanto es el nombre genérico de una pulsión que no por tener varios nombres ni carecer de humedad desmiente su origen de llanto. Sí, es el llanto el padre de la escritura. Y el nuestro también. Porque este texto, por piedad o pudor, por no escribirse como aquel primer texto, quizá mal, no quiso comenzar de la siguiente manera. Empecé a escribir porque buscaba a mi padre.

domingo, 30 de octubre de 2011

Dos formas de cruzar el río

Hay dos metáforas que atienden a dos modos de concebir el hacer literario. Puente y túnel. Construcciones ambas de ingeniería humana destinadas a sortear un obstáculo y seguir. El puente por arriba. Por abajo el túnel.
     Se me hace que, al menos como polaridades dentro de una praxis que se instalará sin duda en el territorio comprendido entre ambas, estas dos metáforas ayudan a entender dos móviles distintos, y a veces antagónicos, de la pulsión o la voluntad de la escritura.
     Otro modo menos metafórico de llamar a estas fuerzas creadoras serían comunicación y trascendencia, respectivamente, puente y túnel. Claro que, como intenté moderar antes, la decisión de ubicar una escritura en uno u otro polo tendrá que ver más con una prioridad que con una exclusividad impensada e impensable. Quiero decir: escribir para la comunicación o para la trascendencia no son posicionamientos plenos sino tendencia, inclinación, direccionalidad, vocación.
     Pero las metáforas no son meros ornatos de los conceptos. Pretenden decir más. El túnel sortea, pongamos por caso, un río, pero lo hace de manera invisible, soterrada, asocial. El puente cruza y mira, pasa y ve, ve y es visto, es un cruce que nunca se va, es esencialmente comunitario. El túnel desconoce el sitio de emergencia, de salida. El puente ve o sospecha un punto nítido de llegada. Ignora cómo y cuándo verá la luz nuevamente solar. El puente nunca la pierde de vista. Como se ve, ambos cruzan un río, pero la ceguera signa al paso subterráneo, la incerteza, la soledad, el apartamiento, el corrimiento de lo social, el exilio sin medida. Nada de eso si se cruza por arriba.
     Hay, insisto, esquematizando, dos modos de escritura o dos tipos de escritores. Los que seleccionan un material y unas técnicas diseñadas para comunicar, para llegar sin trauma, para asociarse a un punto más o menos elegido de llegada, y los que a tientas seleccionan un material y unos modos cuyo fin primero no es la comunicación sino la expresión, más allá del destino. El primero escribe en presencia de un lector más o menos imaginario. El segundo se lee, en caso de poder, a sí mismo, y se abstiene de pensar en el futuro inmediato de su texto. La trascendencia puede ser de orden estético u ontológico. Se puede trascender un vacío, o unas formas que no convencen o no nos dicen.
     El escritor subterráneo tendrá menos apuro por publicar o se resignará a una probable indiferencia u olvido. El escritor aéreo publicará para cumplir con la razón de ser de su texto: hacerse público.
     Nada dice el anterior esquema de los resultados, en tanto calidad, porque nada podría decir. Ser más autistas o más exhibicionistas no nos hace de por sí buenos o malos escritores. Sí, claro, son otras las aspiraciones y los resultados, descriptiva y aproximativamente hablando, de uno u otro tipo de escritura. La claridad, por ejemplo, favorece el tránsito de una a otra subjetividad; la corrección política; la evitación de toda violencia ideológica, estética o lingüística será funcional al mismo fin. El escritor cuyo fin primero no es la comunicabilidad, el llegar del todo, podríamos decir, la comprensión nítida total, podrá entrar en ciertos lujos como el hermetismo, la herejía de cualquier orden, la marginalidad. Sospecho, además, que cada uno encontrará, ya en destino, distintos circuitos por donde transitar, o bibliotecas en donde descansar. Quiero decir, quizá del otro lado hayan, también, dos tipos básicos de lectores.
    Los resultados de calidad, insisto, no son patrimonio exclusivo de uno u otro modo, de uno u otro móvil, de uno u otro deseo. Sólo tengo una sospecha. El río que se cruza por abajo no se cruza dos veces.   

sábado, 29 de octubre de 2011

Del otro lado del agua

a fer


Del otro lado del agua, un hombre me miró con perplejidad. Su flequillo rubio, joven aún, acompañaba con ironía una angustia que le venía de lejos. Pensé qué cosa buscaría del otro lado del agua. Me pregunté si me vería, líquidamente, a través. Me decidí a acercarme muy lentamente y él también se me arrimó. Estaba borroso. Un miedo ya quizá irreparable lo alentaba, pensé. Me acerqué aún más y él también lo hizo. Parecía querer repetir mis gestos. Entendí luego que él también me veía del otro lado del agua. Su figura líquida se diluía apenas. Era evidente que la pena o el terror de su rostro pálido estaban ligados a mí. Quise alegrarme pero no pude. Él tampoco. Empezábamos a parecernos. Llegó de a poco, con esfuerzo, hasta el borde blando del agua. No sé qué pasó luego. Al menos con él. Su último gesto fue un beso inútil contra el límite imposible del lago. Yo, dicen, desaparecí. De él nacieron flores blancas que nunca nadie pudo ver del todo.

martes, 25 de octubre de 2011

La seudonimia

"y dejó sus restos a los amigos
pidiéndoles sólo paredes para sostenerlos"
(Silvio Rodríguez)

Amanecía poco y mal en el cuarto. Yo llevaba mi enfermedad al lienzo. Una súbita luz increpó la sombra anónima. La acuarela se iluminó con estruendo. Un hombre azul se sobresaltó en el cuadro. Atinó a ser real. Y se apagó. Había finalizado. Cuando quise fijar mi nombre al pie, sólo conseguí un seudónimo vago y risible. Que no se pareció nunca del todo a nada.

domingo, 23 de octubre de 2011

La prosa según mi abuelo III

La prosa es un estado, hijo. Un vacío previo. Una catástrofe ocurrida en la nimiedad de tu prehistoria. La prosa es una posición del cuerpo para hacerle frente a nuestra espalda. Un barro blanco es. Un muerto que no se resigna. Una sobrevida del olvido. Una calesita eterna con fuerza de caballos deshechos. La prosa es la fiebre de nuestra salud. Una temperatura insoportable que ignoran los médicos. La prosa, hijo, es un hecho incesante. Una fatalidad. Un padre que trabaja de hijo. Un dios que oficia de niño. Una ternura crónica. La prosa es un árbol que te vio nacer. Y que no verás caer. Una perversión que te justifica. Una muerte natural. Un incendio a temperatura ambiente. Hijo mío, la prosa te corroe y te crece. Te salva. Te hace sentir que nunca has sido hecho. Porque la prosa nos crea. Duele, hijo, la prosa duele. Es una desmesura. Un exceso de dioses. Una impiedad que no se nota. Una raíz que mira al cielo. Una sombra fetal. Una mala sangre. La prosa es una demanda del abismo. Una tracción hacia el charco sucio del deseo. Y moja. Claro, hijo, que moja. Como no va a mojar si está hecha de pena. 

jueves, 20 de octubre de 2011

El inspirado

a un poeta

Llegó exhausto. Inclinando la cabeza llegó. Dijo estar cansado de ahogarse en los charcos. De buscar en la sombra las luces perdidas. Dijo haberlas encontrado. Dijo que era duro caminar descalzo el desierto en busca de arena. Quemaba dijo. Había buscado tanto. Había dejado tanto allá en el desierto. Inclinando la cabeza lo dijo. Sudaba. Decía que romper el agua no quitaba la sed. Que había descendido tanto que emergió sin ganas de tomar aire. Brillaba. Dijo que creía haber encontrado las semillas y la tierra. Que no eran tan mágicas dijo. Dijo que no habría tiempo ni fuerzas ya para ver crecer las rosas. Por escrito lo dijo.






The inspired one

to a poet

He arrived exhausted. With his head bowed he arrived. He said he was tired of drowning in puddles. Of looking for lost lights in the shadows. He said he had found them. He said it was hard to walk the desert barefoot in search of sand. It burned, he said. He had searched so much. He had left so much behind in the desert. He said it with his head bowed. He was sweating. He said that breaking water would not quench his thirst. That he had descended so far, he emerged without any desire to breathe. He was shining. He said he thought he had found the seeds and the soil. They were not so magical, he said. He said there would be no more time or strength to watch the roses grow. In writing he said it.


Traducción al inglés de mi amiga María Victoria y cómplices 

miércoles, 19 de octubre de 2011

Escribir en círculo

"Cuando hay sangre en el mar
la literatura suelen escribirla los tiburones"
Jorge Gerstmayer


Escribir es como manchar el mar con una gota de sangre. Uno no sabe cuánto mar quedará decolorado, cuán expansiva o intensa será la gota. Incluso no sabe del todo si habrá mar. Tampoco si habrá sangre. Pero escribe. Deja un trazo en una hoja muda y muerta. No sabe si en la yema de los dedos algo se parece al alma. El alma, el pensamiento, la lengua, los brazos, las manos... el camino es tan largo que no sabe si llegará. Sabe sí que ha dejado un trazo, aunque no sepa a qué sabe. De haber del otro lado de la hoja alguien, alguien recogerá su rezo. Recogerá su trazo y quizá será trazado. Escribir de ser así será escribir también un otro. Dejarlo escrito. Será difuminar una sangre que nació de una grieta en la yema de los dedos. Pedirá perdón cuando sepa que el mar no está ya limpio. Se sentirá un poco culpable de no saber pintar un arco iris. Sabrá de nuevo que hay destino. Calmará la pena luego con una frase corta, inflexible, circular. Escribir es como manchar el mar con una gota de sangre. 

viernes, 14 de octubre de 2011

¿Hay alguien ahí?

A Leandro Andrini


¿Hay alguien ahí?, probaba Báñez, ¿Hay alguien ahí?, insistía, ¿Hay alguien ahí?, gritaba angustiado... y no preguntó más.
     ¿Qué se habrá respondido el gran Gabriel? ¿Por qué siguió escribiendo si no tuvo respuesta? ¿A qué silencio le habló? ¿Con qué gesto quisimos responderle, calmarle la ausencia? ¿Quién de nosotros estuvo ahí para decirle sí? ¿Con quién se encontró del otro lado de la cisura de un libro? ¿Quién abandonó la loa o la diatriba para decirle sí acá estoy? ¿Quién le dio la bienvenida es decir el sentido? ¿Con qué eco repitieron su nombre nuestras cuevas? ¿Quién supo de él? ¿Quién le quitó la vida a la palabra alma? ¿Quién tuvo su libro en su cama? ¿Quién lo tuvo en el living room? ¿Quién buscó la mueca o la aceptó? ¿Por cuántos agujeros nos dejamos filtrar el vientre? ¿Quién quiso y quiere? ¿Cuántas veces se habrá muerto? ¿Quién sabe si existió? ¿Quién lo busca? ¿Quién se dejó puestas las balas? ¿Por qué? ¿Quién oyó esa biblia? ¿Quién extrajo su muestra de sangre? ¿Quién leyó a Gabriel Bañez? 

lunes, 10 de octubre de 2011

La lectura, una escritura reglada

Un texto propone sentidos, no los determina ni los clausura, pero los propone. En la medida en que la subjetividad lectora acepte la propuesta, en la medida en que juegue un juego que al que el texto invita, pero a su manera, entonces la lectura se parecerá cada vez más, en un sentido de la palabra, a la palabra escritura.
     Cuanta más subjetividad comprometida del lector esté involucrada en el texto con el que se compromete, menos el texto ordena y más sugiere. Las dos subjetividades, la del texto y la del lector, entrarán en una suerte de pugna más o menos pacífica según los casos en donde una se impondrá a la otra en mayor o menos grado.
     Un lector pasivo entra a un texto con idea de recoger signos y de acatar una autoridad, la textual, que él mismo, sin saberlo, está sosteniendo o incluso fundando. Un lector más autónomo le negará, en menor o mayor grado, también según los casos, una autoridad monopólica al texto para intentar imponerle él sus íntimos sentidos.
     Es en este último caso en que la palabra lectura y la palabra escritura no son antitéticas. El lector, a su vez que es leído por el texto, y quizá por eso mismo, lo escribe, lo reescribe o lo inventa. Pero una lectura aceptable, desde mi punto de vista, es aquella que, si bien juega a su modo, respeta las reglas del juego, es decir las reglas del texto. Reglas lingüísticas, reglas históricas, histórico-literarias, reglas co-textuales, reglas contextuales, etc.
     Así como escribir un soneto es hacer un invento reglado, también leer creativamente es una escritura reglada. No puede el lector anteponerse al texto. Habrá una lucha de subjetividades, pero un buen lector no antepone sus deseos a los del texto. De ser así, quizá sería un gran inventor, pero nada que lo vincule al texto. Y alguien desvinculado del texto no puede ni tendría por qué llamarse lector.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Agalma. Así en los hombres como en Gardel

Los psicoanalistas, muy atinadamente, lo llaman “brillo”. Es una metáfora, abstracta por cierto, que hace lo que puede para agarrárselas con lo que parece quedar fuera del idioma. De lo literal. O, por lo menos, del DRAE. Ese chico tiene brillo. A esa nena le falta brillo. Lacan, un afamado neologista, fue a los griegos y encontró una palabra mágica. Agalma. Para los griegos, “agalma” designaba un conjunto de objetos preciosos y brillantes. El vellocino de oro, pongamos por caso. Pero más allá del contenido técnico o teórico que este concepto haya ido sedimentando para el psicoanálisis lacaniano,  nosotros, hijos de vecino, nos quedaremos con el sentido griego del término: brillante, precioso, valioso.
     Pero qué quiere decir que un determinado sujeto posea brillo. El brillo, digamos, es una yapa del cuerpo, algo que no está en la carne pero sí en la persona. Un plus que trasciende lo anatómico, lo visible, lo verificable y entra en otra dimensión, o en otro territorio, para no sonar tan metafísicos, que, quizá por falta de alcance de nuestro entendimiento, de nuestra inteligencia o de nuestro entender, quiero decir, se nos escapa, huye de la ciencia, del laboratorio, del consultorio médico, le saca la lengua a la lógica y se contenta con ser lo que es: fenómeno, presencia, existencia pura, ser.  
     Brillo: sustancia evidente aunque no visible que envuelve a ciertos sujetos. Cosa etérea que le sobra al cuerpo. Radiación más allá de la carne. Investidura. Resplandor. Luz que no ilumina pero alumbra.
     En clave oriental creo que llevaría el nombre de “aura”, pero este concepto tiene la desventaja, a mis propósitos, de que va asociado a una constelación de otras ideas relacionadas de las que no quiero hacerme cargo y, también, por qué no decirlo, en las que mi occidentalidad me prohíbe creer. En el glosario cristiano encontramos la palabra “ángel”. Entonces la fórmula se transforma en tener o no tener “ángel”. Quizá conserve, ángel, recuerdos de un pasado sacro, pero ya quiere decir otra cosa. Una interesante variante para la metáfora del brillo.
     Un actor conocido, argentino, decía aspirar, como actor, a lograr algo que iba más allá de la buena técnica o la práctica actoral. “Algo”, decía, que poseían ciertos actores y que los hacía diferentes, que los destacaba del resto: y nombraba a Brando, a Ulises Dumont, Daniel Auteil, etc. “Algo” decía, un “plus”, un agregado que, en gran parte se traía, genético, heredado o involuntariamente contraído, digamos, y a lo que en parte se llegaba, se lograba, se alcazaba, no sé cómo. Nuevamente. Brillo: espacio flotante que circunda a un hombre. Secreciones intangibles de un organismo. Floración que distingue. Inmanejable fervor. Destellos de un ser vivo.
      Ahora bien. Ese “brillo”, ese ángel“, ese “algo”, eso, en definitiva, agalmático, es también, y ahí es donde vamos, susceptible de darnos una mano al momento de “entender” una obra de arte. (O al menos los sacudones de nuestro cuerpo). Están las obras interesantes, están las bellas, están las vanguardistas, las conmovedoras..., pero están también las que, quizá además de lo anterior, brillan. Las que se trascienden a sí mismas, las que destellan, irradian, propagan, proyectan... luz. O algo así. Son las telas, los libros, los audiovisuales, una de cuyas aristas queda siempre fuera del análisis, del sistema, uno de cuyos vértices no entra, no sale en la foto.
     Quizá, se me ocurre, sean esas las obras que perduran. No cien años, mil. Por supuesto, más allá de contingencias históricas mucho más terrenales y voluntarias e interesadas que ya otros se han encargado de entender y explicar, conveniente y justamente. Pero permítanme el romanticismo, si se quiere, la ingenuidad, dirán algunos, de creer que hay algo que pasa por la banquina del idioma, y por lo tanto del intelecto, que obedece a lo ingobernable, que se muestra por la ausencia.
     Brillo, entonces: átomos sin rey, sin amo, constituidos por materia similar a la del tiempo. Virtud que hace durar. Satélite natural de las obras que encantan, que hechizan. Protección impagable contra los estragos del tiempo. Inmunidad contra el lenguaje de los hombres. Más profano que sagrado, seguramente, pero, acaso, no del todo terrenal. Brillo, agalma: involuntaria magia que desborda. Otredad constitutiva de las cosas.  Inmanente alteridad. Sombra lumínica del Quijote. Íntima ajenidad de Miguel Ángel. Secreta lámpara de Gardel.





martes, 27 de septiembre de 2011

La prosa según mi abuelo II

La prosa, hijo mío, es un cielo de ancianos. Un árbol para trepar los mancos. Una lágrima que llora para adentro, que viene de afuera. No te confundas. La prosa es un hacha de ciegos para entrar a la semilla. La prosa es un desmonte, un desierto, hijo, un desierto apenas disimulado por un bosque. Y crece mal. Crece como el llanto para adentro. Crece de honda, en pozo crece. No sabe, en verdad, hijo, no sabe. Se le nota la desnudez en el exceso de ropa. La caída se le nota en el paso desmedido. La prosa es un pasado infinito. Un presente eterno de vidas pasadas. Un vacío donde poner  la lengua. Un instante donde saciar la urgencia. Un fuego sin melena es, un agua sin leones, una planta sin gorriones, un nido para pájaros sin salida, una puerta contra un muro, un ala sin raíces. Por eso duele tanto, hijo, por eso te quema en el cuello y te sana en los dedos. Es que la prosa no ha echado raíces. Si las crea se muere. Y no sabe. Qué es lo que no sabe tampoco lo sabe. Imposible escalar ese abismo sin sangre. Imposible. No te mires las rodillas, hijo. La prosa también es una lengua de perro que cura. Cura mal pero cura. Pero me has desvelado, hijo. Por qué. Qué es lo que querías saber. Nunca me lo quisiste decir. Dormí. Dormí, hijo, dormí. Mañana será otro día más.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Literatura y exilio

 “se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos”
(Federico García Lorca)

“...huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
 senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido”
(Fray Luis de León)


Sólo, inhóspito, flamante, descarnado, nuevo. El escritor se junta barro en el destierro.

Lugares bien comunes como el escritor y la noche, el escritor y la soledad, el escritor y el silencio, llevan su margen de verdad. A saber: el escritor y el exilio.
     La literatura es un país de refugiados. Uno anda solo en la literatura. Y lejos, en lo posible. La literatura es un territorio foráneo, ido, o al menos debería serlo. Por qué.
     Quienes no vamos a la literatura como quien va a la calesita, quienes no buscamos en ella el quizá noble ejercicio de la diversión o el pasatiempo, queremos o exigimos que la literatura no nos hamaque en vano. Queremos que la palabra nos hable desde otra parte. Le pedimos que nos llame del exilio. Porque el más acá ya fue saturado por la cultura de masas, las insistentes revistas, por la gritona televisión, la facilidad de internet, por las letras pop. Y quizá eso no haya estado mal y ni siquiera reneguemos de ello. Pero al entrar en la literatura la exigencia es de un cielo más allá. Queremos ser nombrados por otras palabras, leídos por otros ojos, pensados desde otras ideas, tejidos en otras tramas.
     El escritor debe escribir de noche, solo, en silencio. En esa vieja metáfora debe escribir el escritor. Porque todas son metáforas del exilio. Incluso de sí mismo. Él, que ha andado las mismas calles urgentes y ha oído las mismas palabras ansiosas que yo. Ahora quiero que se deshaga hasta de su pasado más inmediato para no volver a llamarme por mi nombre, para no volver a decirle mundo al mundo, nido al nido, cielo al cielo.
     El escritor debe desandar de noche lo que ha caminado de día. Debe ser amnésico cuando escribe. Debe escribir desde la incomodidad de la utopía, es decir, desde el no lugar. Porque todo lugar es común. Todo camino es trillado. Debe silenciar las palabras diurnas, los ecos, los ruidos. Debe irse del mundo para escribir.
     No está mal, repito, que pensemos que todo escritor escribe de noche, en soledad y en silencio. Todos ellos son lugares perdidos. Para perderse, quiero decir.  Son lugares para olvidar banderas y eslogans. Lugares para no ser por un rato tan fáciles ni previsibles como lo hemos sido esta mañana en la calle.
     Pero la literatura, quizá por todo lo antedicho, sabe que esa puerta del exilio es imposible. Sabe que por más que se vaya más allá algo de sí se quedará más acá. Sabe que el silencio, la noche y la soledad son metáforas parciales. Sabe, en algún momento lo recuerda, que su nombre es ese que oyó en la calle esta mañana un instante antes de darse vuelta.
     Pero volverá. Irá con Lorca cada noche adonde se apagan los faroles y se encienden los grillos. Con Fray Luis fuera del mundanal ruido. Allá, lejos, a ese territorio imposible pero cierto desde donde, no sin pena, se escribe la mejor literatura desde hace dos mil quinientos años.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Cambiar un mundo

Trabajadora simpleza
de hacer canto con el grito...
y si el mundo no ha cambiado
es mejor para vivirlo.

(Emanuel “Tato” Fattore)

Cambiar el mundo, reclamaba un jovencito de diecinueve años, llamado Arthur Rimbaud, a fines del romántico siglo XIX, como fin último de la trabajosa e inspirada poesía. Y en verdad el arte todo ha querido, sospecho, cambiar, si no el mundo, al menos algunas aristas de este incomprendido y mudo óvalo de tierra y agua.
      Pero también es cierto que las actitudes heroicas hoy están un poco en desuso, quizá por los tropiezos históricos, quizá por los actos fallidos, quizá por un cansancio acumulado... y la frase de aquel adolescente precoz y genial que reclamaba tan noble destino para el arte hoy nos quede un poco grande. Aunque no desistimos del todo, también sospecho, muy en el fondo, en el inconfesable fondo, en darle al arte un sentido que trascienda al mero estar por estar, al mero estar ahí para nada. Y es por eso que resulta interesante leer (o escuchar) atentamente la copla que cito como epígrafe de estas líneas del no del todo reconocido (quizá con justicia) poeta del folclore Emanuel Tato Fattore.
     La chacarera cuya estrofa transcribimos pretende ser un homenaje a la estupenda dupla folclórica salteña del compositor y pianista Gustavo Cuchi Leguizamón y el poeta y letrista Manuel J. Castilla. El fragmento citado corresponde a la última estrofa que da pie al segundo estribillo y sintetiza una idea que el letrista adjudica a las bondades de la dupla salteña. Si bien el mundo no se ha modificado, parece querer decir, por haber compuesto “La Pomeña”, pongamos por caso, sí, en cambio, me he modificado yo, sí nos hemos modificado nosotros al haber escuchado, pongamos por caso, “La Pomeña”. Dicho de una manera más filosóficamente técnica: el mundo, lo real, lo otro, difícilmente pueda ser cambiado, mejorado o corregido por la acción directa del arte, pero sí se pueden cambiar, mejorar o corregir las condiciones subjetivas del receptor, del oyente, del lector, por los efectos de la obra de arte, hombre este que luego deberá lidiar con el mundo.
     Sobre lo que la copla mencionada no se extiende es sobre las presuntas bondades que el arte posee intrínseca o circunstancialmente para actuar sobre la percepción del hombre que contempla o experimenta, goza o sufre el mundo. Y la verdad es que no es tarea fácil la generalización aquí, quiero decir, la generalización en este territorio tan numeroso y diverso que llamamos arte. Pero, en caso de haber sobrevivido a tan atroz ataque al siglo de Victor Hugo por parte del siglo de Sartre, y aún creemos que el arte, pongamos por caso, “La Pomeña”, tiene un algo, una cosa, una gravitación sobre la sensibilidad de quien lo experimenta que lo conmueve, es decir, que lo mueve, que lo corre, que lo transita, que lo desplaza, que lo sacude... Y si además estamos de acuerdo en que uno no es el mismo antes y después de haber escuchado “La pomeña”, también pongamos por caso, por el Dúo Salteño, entonces no carecerá de asidero la idea condensada en la copla de este epígrafe. El hombre que sale a la calle, que sale al mundo D.P. (después de “La Pomeña”), ya no es el mismo hombre que entró a su casa, que vino del ruido, que llegó a su living,  que llegó del mundo A.P. (antes de “La Pomeña”) y puso en el equipo de música el disco del Dúo Salteño en el número de track correspondiente en donde se escucha, durante tres minutos cuarenta y siete segundos la ya cansada pero bellísima “Eulogia Tapia en la Poma...”.
      El mundo A.P. no es otro que el mundo D.P., las mismas atrocidades ocurren, lo que no puede ser lo mismo, lo que ya no puede ser lo mismo es el sujeto. Y por lo tanto su percibirlo, su vivenciarlo, su saberlo. Y qué es lo que es el mundo sino su percepción. Qué es lo que es el objeto sino lo que experimenta el sujeto frente a dicho objeto. El mismo árbol visto a las diez de la mañana de un sábado de primavera no es el mismo árbol que el observado un lunes 15 de mayo a las siete y media de la mañana, rumbo al trabajo. Y bien, lo que logra la buena obra de arte es que el árbol, bello o feo, coposo u otoñal, verde o amarillo, valga la pena ser observado. El árbol, el objeto, lo real, el mundo, como queramos llamar a eso que no es el sujeto (la distinción es meramente explicativa), vale la pena ser visto, mucho más, si es que antes hemos gozado con el arte, es decir, si antes hemos escuchado “La Pomeña”.
     Un grito es doloroso, pero nos dan ganas de seguir chocando contra el mundo si es que antes hemos sido transitados, heridos, embellecidos, apuñalados, bellamente, por El grito de Edvard Munch. Iremos, con Castilla, “alegremente sangrando”.

     Somos menos optimistas que Rimbaud, sin duda, pero somos optimistas, generosos, ateamente creyentes, al momento de juzgar el valor (el tremendo destino) de una obra de arte. Además del goce en sí mismo que nos provoca, nos corre la mirada, nos ayuda a ver de otro modo el árbol, no bello, insisto, sino quizá, con una mirada más sensibilizada, más aguda, más rica o menos pobre. No ha cambiado el mundo, por más esmero de Leguizamón y Castilla, pero sí es mejor para vivirlo. Porque es el mundo del hombre que vive el mundo lo que ha cambiado. Es un mundo (el del sujeto D. P) el que ha quedado atravesado, sangrando agradecido, por, pongamos por caso, la prosa de Saer.  

     Yupanqui decía que en medio de la llanura pampeana, de niño, le gustaba mirar una laguna, porque no era solamente una laguna, era, según el relato fabuloso de su abuelo, el sitio exacto donde las garzas eran paridas por la luna. Blancas. De madrugada. El mundo del pequeño Héctor (su laguna) había sido cuidadosamente mejorado por el antiguo, necesario y sabio arte narrativo de su abuelo. Vaya noble destino.

(Año 19 D.P.) 

sábado, 27 de agosto de 2011

La prosa según mi abuelo

La prosa es un lugar en donde poner el cuerpo, hijo, un lugar en donde guardarse del silencio de adentro. La prosa es una sucesión de confusiones ordenadas, un mecanismo para correrse del miedo. La prosa es un lugar sagrado, de dioses miserables y orgullosos. Un espejismo de agua que de algún modo no lo es. Una salida al recreo de cinco. La prosa nunca dura más que un recreo de cinco. Un barril hermoso donde poner a dormir la pobreza. Un mal escondite para no existir. Un engaño del que nadie quiere enterarse. La prosa es un árbol copioso para ser niño todo el invierno. La prosa, hijo mío, es un trapo viejo que aún absorbe. Una calle de barro para secarse los pies. Un reflejo de charco bajo un sol imbebible. La prosa es un proceso de evaporación de los hombres, que sólo quieren quedarse a solas con un cuerpo seco. La prosa, hijo, se agarra de un alma para no caerse y cae. Y se van juntas. Prosa y sombra del alma, y reflejo del alma, y mentira del alma, de un alma, hijo mío, de una sola. La prosa es un lugar en donde poner el cuerpo, me decía mi abuelo, antes de dibujarse un círculo rosa en la garganta. Como un verso.

domingo, 21 de agosto de 2011

Sófocles. Civilización o barbarie


Quizá haya sido Sófocles uno de los más grandes escritores que ha dado la literatura. Y, sin embargo, años atrás, le hubiese estado vedado férreamente el premio que antes daba la izquierda en la fría Estocolmo. El argumento sería el siguiente. Lo que era revolución, en Sófocles se vuelve barbarie, lo que era barbarie, en Sófocles se vuelve revolución. Sófocles, dirán, hace uso de la hybris desmesuradamente. Hace culpables a las víctimas, irresponsables a los irresponsables. Comedia de la tragedia. Porque las tragedias de Sófocles terminan bien, en verdad. Gana Dios. Gana el mundo. Gana Zeus que es un Cosmos. Gana la Justicia. Sófocles hace pecar a los santos inocentes para, dirá un francés, redimir a los dioses. Sófocles miente el mito para poner orden. Sófocles esconde la barbarie a la civilización. Y lo dice sin ambages. Perdón si me extralimito. Dice que las leyes santas, las más santas son las no escritas, las de Dios, las del Poder. Pero nosotros, que de ateos ya lo tenemos todo, sabemos que poder se escribe con mayúscula terrena. Sófocles es impío, imperdonable, al decir que la hybris será alegremente castigada. Sófocles es irredimible al cantar un coro a la Justicia mientras un hombre hace todo lo posible por no matar a quienes le dieron vida y los mata. Sófocles es inclemente al decidir que todo hombre tiene pecado cinco segundos antes de su estúpida muerte. Sófocles no sólo cree en el Estado sino que cree en Dios. Pero eso no el lo mas triste. Sófocles desprecia a quienes pretenden robarle un poco de pan al mundo. Y el mito no decía eso, Sófocles. Perdón si comento desmesura. El mito era la revolución, la denuncia, un hermoso tango griego batido a tambor. Y Sófocles fue la sábana blanca y hermosa en la boca. Sófocles no dejó rastros de la furia porque la castigó. Dijo que había viejas culpas que no mostró. No, Sófocles. Sería hermoso pecar antes de morir, pero esa es tu mano injustificable. Tu mano trágica. Tu mano cómica. Nos dijiste, repito el argumento, que las leyes no escritas eran imperecederas, que había un orden trascendente a mí. Me dijiste, perdón, que me quedara donde estaba, que no pidiera socorro sin antes agachar la cabeza y bajar la voz. Me conminaste a un silencio decoroso. Me obligaste a no matarme, a no colgar de mi cuello a las generaciones venideras, me obligaste al horror de una vida sana, a la muerte lenta a la orilla de un camino al que nunca podría entrar. Y yo te creí. Te creí durante dos mil quinientos años. 

sábado, 20 de agosto de 2011

La literatura de los ausentes

a Jorge Gerstmayer



Está viva pero escribe como si estuviera muerta.
Con distancia y extrañamiento.
Fernanda García Lao

Si es cierto que la mejor literatura pertenece al género de la no ficción, es decir, si es cierto que la mejor literatura logra (muy de a ratos pero logra) abstraerse de la ficción que aliviana el mundo, que lo hace más habitable y más opresivo, si es cierto que la mejor literatura es aquella que ve un paisaje inédito, sin editar quiero decir, desmontado, desmotivado incluso, si es cierto que la mejor literatura crea menos que lo que descrea, desinventa, desnuda, desarma y claro que sangra... Si también es cierto que sólo los extranjeros pueden abstraerse de dicha necesaria farsa, si es cierto que sólo la mirada foránea ve mucho más acá que los patricios, ve menos... Y si también es cierto lo que dicen los psiquiatras de que los depresivos y los locos ven la cosa desde afuera, los desesperados y los locos, los ausentes, si es cierto que sólo ellos están seguros de que casi todo es ficción, que casi nada más es cierto... Si es cierto eso, digo, entonces se explica por qué la mejor literatura está hecha por los desesperados y los locos, es decir por extranjeros, es decir por los ausentes. Claro que no hay por qué creer en esto. De hecho quien suscribe, si es cierto que quien escribe también suscribe, cree que casi nada de esto es cierto. Y le pone la firma.

domingo, 14 de agosto de 2011

Antígona y una parcelación vincular de la vida


Como esas canciones que se van apagando gradualmente antes de tiempo, a las que más que corcheas y negras les va faltando volumen, materia, y quizá si uno se les acerca pueda presentir algún leve latido, algún llantito, pero la canción ya ha desaparecido.
     Antígona de Sófocles parcela la vida de un modo digamos vincular, sanguíneo. Se termina a medida que se terminan dichos vínculos. Antígona ya ha muerto un poco al morir sus padres; ahora, al comenzar la obra, se nos muestra casi muerta del todo al morir sus dos queridos hermanos. Le queda Ismene y con ella no “vincula”.
     No es el tiempo el que se le consume. Antígona es una muchacha joven y noble. Lo que la consumen son las desgracias, más precisamente las pérdidas, y más aún las pérdidas de sus vínculos familiares. Yo, parece quedar dicho, soy yo y mis vínculos, yo y mi familia. Y no sólo ella. Creonte, el gran otro de la tragedia, también siente igual. Ya ha perdido a un hijo en la guerra. Ahora pierde a su otro hijo Hemón y acaba de perder a su esposa Eurídice. Pero Creonte no es un desgraciado, un miserable, un desahuciado.  Es menos que eso: más que un miserable soy uno que ya no existe, dirá, inolvidablemente el rey. Sólo queda su función biológica, sólo le queda tiempo, pero la vida es otra cosa. La parcelación de la vida no es temporal. Nada tiene que ver con nuestra idea lineal de que a los veinte años nos queda más vida que a los sesenta y menos que a los cuatro. La vida más que tiempo es los otros. Me queda tanta vida como vivos en la familia tengo. Soy uno que ya no existe dice el rey cuando ya no le queda nadie. Yo soy yo y los otros, entonces, precisamos, en donde yo soy un corazón que late y un cuerpo que funciona; un principio de posibilidad, digamos; la vida son los otros. La familia.
     Etimológicamente hablando la vida está atada no a un principio abstracto y trascendente, metafísico o genético, sino a los otros de mi familia. Se desatan no por inarmonía sino por deceso. Cada muerte es un hilo. A Antígona se le desatan casi todos. Dice estar sin vida casi. Dice quedarle vida para un último sacrificio. Antígona ni simbólicamente se suicida puesto que carece de vida para quitarse. Ella lo dice a los gritos. Ya los hilos se han cortado y antes de ser un muerto que respira, como lo será su tío déspota, será una heroína y una piadosa y, sobre todo, de nuevo madre y hermana.
     Se me ocurre muy nodular esta manera de pensar la existencia. La sospecho en toda la tragedia griega pero la he verificado sólo en Antígona. Bueno sería seguir pensando este asunto de la vida como fruto o lluvia que viene de los otros. Quizá en este sentido la soledad sea una muerte literal. Si Antígona, la más individualista de todas, precisa de los otros para estar viva. Si Creonte, rey de Tebas, lleva su existencia atada a los demás, qué queda para los meros mortales, diríamos, o es que la cosa es al revés...
     En fin, mucha tela que cortar en este asunto de la vida... Como esas canciones que se van apagando gradualmente antes de tiempo, a las que más que corcheas y negras les va faltando volumen, materia, y quizá si uno se les acerca pueda presentir algún leve latido, algún llantito, pero la canción ya ha desaparecido.
  

martes, 2 de agosto de 2011

Necesidad y autonomía. Dos fuerzas que se disputan la poesía.

Dos fuerzas se disputan la poesía. Necesidad y autonomía. Y digo se disputan porque, como caballo y alma yupanquianos, uno tira adelante y la otra tira hacia atrás. Cada vez que cae un verso cae una gota de agua. Ella misma se debate en su interior entre caer y quedarse. Pero cae. Y el siguiente verso caerá también como en mínima cascada. Cada verso posee una vocación de autosuficiencia y eso lo marca el espacio en blanco con el que se cierra. Exige, cada verso, ser leído como verso. Quedarse en él, hacer sentido. Pero hay algo, también en él, que desmiente la pausa, que mira hacia abajo, de reojo, que se asume incompleto, falto. Todo verso siente, en cantidades y modos variables, necesidad y autosuficiencia. Esos dos principios tironean el sentido. En cierto modo, y para usar un lenguaje que le atañe, todo verso está encabalgado. Se suspende, sí, por un momento, en gesto malabarista, pero se deja, luego, caer y asume su dependencia, la gravedad.
     Porque en definitiva lo que cuenta es la gravedad. Y su desafío. Quizá todo lo que un verso demora en caer sea resistencia pura a una ley natural de caída, resistencia a una pulsión de comunidad o cópula. Quizá la resistencia, la suspensión de la gravedad, como un colibrí, sea no una fuerza del poema sino un aleteo incesante del verso. Que no quiere ser más, ni menos, que sí. Son su vanidad y su destino los que luchan.
     La poesía, digamos, clásica, medida, sabía de antemano cuando caer. Podía contar los pasos hasta el blanco y anticiparse. La poesía moderna está condenada, como quería Sartre para el hombre, a ser libre. Entonces debe buscar razones para ello. Para caer, digo. Pero no por eso prescinde de los dos principios rectores de la necesidad y la autosuficiencia. O, si queremos, no por eso dejan de jugar o dejarse llevar por la gravedad de todo poema. Una fuerza impulsa, la otra retiene. En ese sentido un verso es, o lleva dentro, una madre. Que empuja con una mano y con la otra detiene.
     Cada verso tiene el derecho a ser leído en sí mismo, pero también exige el derecho a la cópula. Exagerando, tendríamos tantos subpoemas como versos el poema. Pero el poema es uno y es tensión pura. El final de la guerra no es una bandera blanca. Nadie se rinde porque si se termina el combate termina el poema. Debiéramos decir entonces, para volver a una imagen anterior, que la poesía es una gota al caer, un momento de tensión, un desgarro, un eterno colibrí. Un aleteo incansable que liba una rosa suspendido en el aire.

viernes, 29 de julio de 2011

Ficción o locura. Una teoría de la literatura

a Juan José Saer, in memoriam


La mirada foránea nos desviste de hábitos. Ante esa mirada flamante nada nos trasciende, nada nos precede ni sucede. Somos mirados en crudo por esa vista extranjera, desprevenida, desarticulada, desproyectada, tonta. La mirada foránea ve las cosas siempre por primera vez. Las ve, de algún modo, desde ninguna parte. Ve partes por el todo. No conecta lo desconectado. No sabe construir. Desconoce las lógicas de la omisión o el sobreentendido. Es feroz sin querer. Es despiadada porque no usa la ficción para ver. Ve un pie y otro pie. No sabe el verbo caminar. No lee sentido. O no entró o está sacado. Como un loco. Está fuera de quicio. Es que no hay quicio, dice. La mirada foránea es una mirada loca, entonces. No hay manera de hacerle entender las ficciones de los dioses. No hay forma de quitarle la cara de extrañeza ante un mundo convencional y desarmado. Entonces, piensa el loco, el extranjero, el idiota, el loco es él. El que camina enajenado. No, decimos nosotros, el loco es él, que camina sin ficción. Pero no decimos eso. Decimos que está loco, porque tan adentro estamos de la ficción que no sabemos que somos de ficción. Que somos personajes de ficción, que el real es él, el loco, el desquiciado, el desconcertado, el incómodo, el que mira por primera vez, el que se desentiende de los moldes que conciertan el barro quebrado, el que desconoce o hace como que ignora los hilos invisibles, él, el desarropado, el desnudo que desnuda sin querer, incluso sin saber, el que da paso tras paso sin por eso caminar, y menor ir, y menos todavía dirigirse. Nosotros somos personajes de ficción, nos dice. La realidad es la cara detrás del velo. Lo real es el sol desatenuado y sin sombras. Pero si somos nosotros personajes de ficción, entonces somos nosotros hombres de la literatura, nos entusiasmamos. Pero no, dice él. La literatura no hace ficción.  Más bien la desmiente. La combate o la ignora. La literatura es una calle sin amortiguadores. Dice. La literatura soy yo. 

sábado, 23 de julio de 2011

El texto blanco

a Miguel Dalmaroni


Todo gran texto aspira a la blancura. No puede ser, nunca podría ser, un resultado, sí una histórica vocación. Cuando Catulo dijo, hace casi dos mil doscientos años, odi et amo, odio y amo, necesitó continuar con una pregunta que le arrancó a la ideología: quod id faciam fortasse requiris ¿cómo puede ser esto? te preguntarás, y se respondió secamente: nescio, no sé, sed fieri sentio et excrucior, sin embargo es lo que siento y por eso muero. Catulo se desbordó, se corrió de la configuración ideológica presente, se des-ubicó. Por eso necesitó primero, cándidamente, disculparse por la ex-centricidad y, a continuación, confesar su propio desconcierto, su no saber de la lógica que pueda explicarlo, y a su vez su confirmación de un sentir, y de un decir del sentir des-quiciado, loco. El papel de fondo, las frases que narraban el mundo, no absorbían un nuevo color que parecía no ser de este mundo. Un odi et amo a la vez, en simultáneo. Y una franqueza de niño al decir nescio, qué se yo, pero soy poeta, podría haber dicho, y digo, incluso o sobre todo digo, para no ser bebido, chupado por el papel.
     Todo gran texto procura salirse del negro, de la absorción total de un mundo ya configurado, ya dicho. No puede ser, nunca podría ser, un resultado, pero sí una loable vocación. El día en que Charles Dickens nombró a la multitudinaria y flamante metrópolis de Londres “el desierto de Londres”, otras puertas desde donde ver el mundo se abrieron. Vio un desierto (necesitó la metáfora) donde todos veían multitud. Esa frase tardaría mucho tiempo en ser bienvenida por las frases que diseñan el mundo. Esa pequeño rincón del texto de Dickens sumó a la belleza, a la inteligencia, a la denuncia o a la comprensión, esa frase, digo, sumó un color. Y un color es la porción de texto que se resiste a ser bebida por los viejos textos, es decir, por las viejas creaciones de mundo.
     La escritora alemana-holandesa Ana Frank fue tan lúcida que comprendió que debía explicar que lo que decía no era lo que se decía o lo que debía decirse, pero lo dijo. Dijo que se sentía sola en el mundo. Una nena con padre, madre y hermana; una nena con compañeros de escuela y hasta pretendientes, una nena, sobre todo, una nena de 13 años. Una nena así no podía sentirse sola, pero ella, como Catulo, así lo sentía. Y lo dejó dicho para siempre. Lo dijo en un Diario con vocación de literatura. Dejó tinta en el papel, no se dejó engullir por las fauces dulcemente feroces de los sentidos que moldean el mundo. Fue flamante en esa frase. Aunque le doliera y aunque no fuera ajena a la culpa, como el personaje de Jane Austen, que siente culpa por no sentir culpa. Ella también fue víctima y victimaria de la presión de los sentidos que nos trascienden y agobian. Sintieron, ambas, por fuera del deber sentir, pensaron y dijeron por fuera del deber pensar y decir. Por eso dejaron iluminado un terrón del mundo. Fueron nuevas. Sus textos tendieron al blanco, al color intragable, inabsorbible, insordinable, el todo color, el imposible blanco.
     Foucault lo dijo de Borges. Borges, al menos una vez, es impensable. Demasiado desasido del fondo. Demasiado resbaladizo, imposible. Lo dijo en el prefacio a Las palabras y las cosas, cuando citó aquella disparatada clasificación del perro que acaba de tirar el jarrón, o del animal visto de lejos. Esto va demasiado lejos, dijo el francés, esto va más lejos incluso que la monstruosa imagen surrealista del paraguas arriba de una mesa de disección. Esto, Borges, es impensable, acá no hay mesa en donde poner los paraguas. Pero Borges tuvo siempre vocación de blancura. Pensó lugares imposibles para observar el Universo, imposibles laberintos de arena. Son territorios que ejercen una violencia sobre viejos territorios. Son una violencia incluso o sobre todo para el lector, que manejaba cómodo por la ruta allanada por el asfalto. Sí, Borges quizá sea el escritor cuyos textos se asemejen más a la resistencia del blanco. El que menos se ha contentado con los menos inhumanos cromatismos.
     El gran Gabriel Báñez dijo, inolvidablemente, que los boxeadores entraban al ring side para no ser golpeados. Un escritor de la inversión. Eso ya se ha dicho. Cuando el mudo de Rolando recuperó el habla, él lo dijo de otra manera: cuando el habla me recuperó, dijo. No es inversión de la superficie de la frase, es inversión del pensamiento, de la configuración actual de la ideología, del estado de cosas presente del sentido. Es un contraste con lo tácito, con lo que podría no decirse puesto que ya ha sido dicho. Un gran texto es necesario, no se puede prescindir de él, pues hay algo en él que cambiará el mundo. Todo el resto es obviable. El 99% de los textos producidos quizá sean prescindibles desde el punto de vista de la transformación profunda del pensar y del sentir, pero en ese 1% restante está lo que bien podríamos llamar literatura. Una desfiguración de la cara lisa del mundo, un crol a la mandíbula, para repetir a un imprescindible, una manzana peligrosamente mordida.
     Sarmiento dijo que el tigre que perseguía a Quiroga producía en él una fascinación aterrante. La misma, seguramente, que producía en el joven Domingo el caudillo riojano. Una fascinación aterrante. Una contradicción, digamos. Pero no. Mejor, un sentir contradictorio no consigo mismo sino con la configuración verbal de los sentires anteriores a su fascinación aterrante. Porque cuando uno viene al mundo, el mundo ya tiene una manera de ser, de sentir, de pensar y de decir. La mayoría de las palabras encajan, mal o bien, más o menos mansamente, en dicho mundo. Pero hay palabras, hay frases, díscolas, subversivas, peleadoras, que se debaten con él. Son sin duda palabras angustiadas, como las de Ana, como las de Jane, puesto que traidoras. Pero son también un aire, una puerta nueva para un viento nuevo. Una pincelada que nos desdibuja el cuadriculado, que nos desmiente, que nos sacude y perturba. Que nos mueve. Quizá queden flotando un tiempo, a falta de mesa en donde apoyarse, siguiendo la imagen que sigue Foucault, pero luego serán la manera de apoyar un sentir que quedaba des-colocado, desierto y quizá también por eso, imperceptible, impensable o insentible.
     La literatura no lo puede ser todo, pero tiene esa vocación. Toda buena literatura es utópica. Va en pos de un no lugar, de un vacío que habitar. Busca la incomodidad para sentirse cómoda, para hacer de sí. Los grandes textos rehuyen el negro. El negro es el verdadero no-color. El negro es una ausencia, una repetición, un vacío, una facilidad quizá benéfica pero nunca imprescindible. Porque cuando faltan no falta nada. La gran literatura tiene en sus bordes espacios en blanco de papel. Rincones que no pueden ser bebidos, márgenes para la refracción. Cada gran escritor ha dejado en blanco sus márgenes. Esa blancura marginal y necesaria es la literatura. Lo demás es mero lenguaje.

miércoles, 20 de julio de 2011

El buen texto, la mujer hermosa

Como una mujer hermosa, todo buen texto resiste la lentitud. Y más aún, como una mujer hermosa, la exige, la reclama, la convoca, llama a la lentitud. A la morosidad, a la mirada sensual y analítica, amplificadora, lúpica, concentrada, delatora. El procedimiento bien puede pensarse reversible. Todo buen texto reclama la lentitud. Y también: todo texto que resista la lentitud será bueno. Es un modo de leer, entonces, y un modo de evaluar, de necesitarlo.
     La lentitud es un punto que avanza desprovisto de velocidad y prisa pero también un punto que se detiene, que frena y vuelve, que arranca de nuevo y se queda, que tarda en llegar. Todo texto, toda mujer, que soporte este paseo del regodeo por su cuerpo, que salga airoso, indemne o mejorado de esta lengua babosa, será bueno o hermosa.
     La lentitud ni siquiera es un vuelo rasante. No es un vuelo. Se parece más a un arrastre. Presupone la densidad de los cuerpos que recorre, un grosor, una textura de varios hilos en orden. Esta tardanza presupone una ganancia, una acumulación en el avance. Supone un lucro sensorial, una densidad creciente en los sentidos.
     Ellos no le temerán. El buen texto, la mujer hermosa, gozarán la templanza de saberse con cuerpo. Reclamarán, es más, hasta el borde de la quietud, una lengua lenta que los lea. Reconocerán esa ventaja. Se sentirán por fin ajusticiados por la exigencia implacable de calidad o hermosura. Se sentirán mirados o vistos por primera vez. Sabrán que en cada regreso, en cada insistencia sobre sus detalles, un placer nuevo les quedará del esmero. Son como el fuego de los guaraníes, el buen texto, la mujer hermosa: llevan el fuego como un corazón ardiente debajo de sus pieles de laurel.

sábado, 16 de julio de 2011

La magia del nombre

La magia del nombre es la magia de las hamacas. Ir y venir. Salir pero quedarse. Partir  no sin antes volver. La magia del nombre es de un orden luminoso, por eso Dios pidió, cunado pidió, la luz. Que salió suponemos de una sombra. Pero no borró la sombra, más vale la perpetuó. Es decir (Dios no lo dijo por conocer la naturaleza del nombre) que hágase la luz no es la frase completa. La omisión es de carácter práctico. La frase completa diría: hágase la luz que ilumine la sombra, pero que por Dios no la borre.
     Quiero decir, primero que hay una magia en el nombre. Esto es empíricamente comprobable. Segundo que esa magia alumbra, y perpetúa, una sombra. No es, esa luz,  la luz de los focos.
     La magia del nombre, intento ser más claro, es expulsiva y retentiva, quizá, al mismo tiempo. Mirada de lejos tiene la voz de un arrepentimiento. Que quiere enterrar lo exhumado. Pero de cerca no. Ni ha desenterrado por siempre ni pretende guardar bajo tierra. El nombre se transpira para mojar, para dejar quietos los árboles, para aguarles las plumas. Ama los gorriones pero los quiere fuera de sí, detenidos frente a su ventana. Caza mariposas para clavarlas. El nombre desnaturaliza. Desmiente la esencia de las cosas. No deja volar a los pájaros, viento a los árboles, fluir a los ríos, crecer a la infancia. La magia del nombre es vorazmente nostálgica. De una nostalgia ajena, mámica. Quiere que vuelvan, que se queden, que no se vayan, que se mueran. Y tiene culpa. Porque ella los ha expulsado, ella los ha aventado, exhalado de sí. Porque la palabra respira. Tiene la métrica de la respiración. Exhala para inhalar. Nombra al árbol para limpiarse pero lo deja plantado para siempre en un mundo que quizá se irá ensuciando.
     La magia del nombre tiene su acción terapéutica. Desentenderse del árbol y petrificarlo. Es antinatural, repito. Tiene su posología casi siempre misteriosa. Y puede fallar. Está plagado de contraindicaciones como el fracaso, el desencanto, la obsesión o la locura.
     Queda prohibida su distribución a los cautos. O, en todo caso, no se garantiza el beneficio de su magia. Porque el nombre, también es cierto, también puede ser un mero nombre.

sábado, 9 de julio de 2011

La cultura occidental moderna se abre con un texto trágico. La tragedia de Cristo

La literatura es lo esencial o no es nada
George Bataille

El texto que inaugura, digamos, la cultura occidental moderna, es un texto trágico. Es el texto que cuenta la llegada de Dios. Los evangelios. Con las siguientes palabras se inaugura esta tragedia: “Al principio fue el verbo”. Lo dijo un tal Juan. El resto de los Inspirados completó la historia trágica. Un hombre que nace con destino de cruz. Un hombre que llega bajo la sabiduría de una muerte segura por parte de un pueblo impío. Un hombre que nace, como todos, para morir. La carga trágica la da la forma. Los clavos, la lanza en el costado, la corona de la burla, la inscripción irónica, los azotes, la indiferencia, los meros ladrones a su lado.
     Porque no basta la muerte para la tragedia. El holocausto no lo fue. Es necesaria la mano de la trascendencia, cualquiera esta sea, no basta la mano del asesino.
     Trágico es aquello ante lo cual el Hombre es hombre. Trágico es aquello según lo cual el hombre se padece a sí mismo, es decir, sus límites. Para que haya tragedia el hombre debe ser pequeño ante algo grande. Romeo fue pequeño ante Julieta. Antígona lo fue ante las leyes civiles o las divinas. Egeo ante el error. Jesús fue pequeño ante sí mismo, que era Dios.
     George Bataille se planta ante la literatura con pie firme y no vacila: “la literatura es lo esencial o no es nada”. Lo dice en un libro en el que habla del mal en la literatura. Vaya si nos queda claro. La literatura debe referir esencias, constantes del hombre, debe buscar la savia detrás de la contingencia discontinua de las flores. Yupanqui, entonces, fue esencial. Dijo: “tú que puedes vuélvete/ me dijo el río llorando”; y selló la tragedia del río, la fatalidad del camino sin regreso, es decir su propio destino trágico: “es mi destino/ piedra y camino/ de un sueño lejano y bello, viday/ soy peregrino”. Yupanqui, diríamos, fue pequeño ante su propio deseo impostergable.
     La Edad Media, quizá, sea la de menos vocación trágica. No es fácil creer en una terrible fatalidad cuando se cree tan ciegamente en Dios. Porque la fatalidad ha de ser cruel para ser trágica. Y Dios, que sí tiene vocación trágica para los hombres, puesto que los ha creado y de él a la corta o a la larga dependen, tiene caminos insondables, pero crueles jamás. Siempre habrá maneras de redimirlo, como dice heréticamente un joven Roland Barthes, refiriéndose a las tragedias de Racine.
     Entonces por qué pensar los evangelios como textos trágicos. Dios no puede ser víctima de su pequeñez, es cierto, pero, bien leídos estos textos, es decir laicamente, literariamente, el que baja nunca es Dios sino su hijo flaco, el hijo del carpintero, el despreciado por los judíos cultos, el seguido por un puñado de pescadores crédulos, uno de los cuales se permite negarlo triplemente en forma de estribillo bien humano. No, no, no. La tragedia es de Pedro también, claro.
     Jesús, porque quien baja se llama más Jesús que Cristo, baja sin armas, se dice heraldo de una vida con mayúsculas, de un padre con mayúsculas, de un espíritu con mayúsculas y hasta de una palabra con mayúsculas. Pero los romanos poco creen en ese artilugio de la gráfica. Y lo prenden, lo juzgan y lo matan. Así de minúscula fue su vida para cualquier romano de la época. Y el texto bíblico, quizá metiendo la pata, le hace decir: “Dios, ¿por qué me has abandonado?”. Tenemos el permiso pues para pensar en la fragilidad del niño nacido en los campos de Belén, bien niño entre las cabras y las ovejas. Claro que los textos permiten una legítima lectura de comedia divina, pero de ninguna manera invalidan una tragedia humana.