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viernes, 7 de septiembre de 2012

Acis


Perdió el ser pero no el nombre.
(Ovidio; Metamorfosis)

Ser en la vaga noche
el que cuenta las sílabas
(Jorge Luis Borges; Tankas VI)

No fue fácil ser eterno. Eso sólo nomás sé. Que no es simple ser efímero, o caudaloso, o abstracto, o especulativo, o lírico, o guardar a los muertos adentro. No es sencillo, no se engañen.
     De quién fue la ironía. Quién creyó salvarme cuando me devolvió la sangre en forma de agua. Quien supo castigarme cuando me puso en las manos el destino grandioso y nimio de irme al mar. Qué haré cuando llegue.
     Un hombre puede escapar de una mujer en ausencia de fuerza o de coraje. Lo que no puede hacer un hombre, lo que no puede soportar es la pena absurda de ser bebido de a ratos, de a sorbos, de caber entero en el cuenco de una mano, de haber sido agua y ser pis.
     Un hombre puede incluso soportar no ser querido, que le arranquen de entre las piernas lampiñas un pubis apenas colorado o rubio. Un hombre puede soportar que le roben los olores del sudor, los gemidos de una hembra o los celos de la respiración. No es eso. No se confundan. El miedo está en otra parte. El miedo es el dolor del cinismo de transformar lo que fue bloque de cuero, arteria, músculo y hueso en una insípida y canalla narración.
     Viví feliz mientras pude. Los olores de una hembra me llevaron a la selva más oscura que se pueda imaginar. La ciudad. Allí entendí un par de versos del Dante y unos cuántos de Virgilio. Escuché los violines de Beethoven y miré con sabiduría a Vincent Van Gogh. Estudié las transparencias de un filósofo de nombre alemán. Escribí un verso muchas veces. Crecí. Y me olvidé a la hembra.
     Porque no es fácil ser de nuevo. Recurrir como una fuente. Arrastrarse por un cauce como un asma. No es sencillo ser naciente cada día. Ser la ninfa de las aguas sin reflejo o un reflejo que ya no lleva ninfa. No es sencillo ver pudrirse los cadáveres sin tiempo. Ser hermoso desde el muelle y llevar los barcos naufragados adentro.
     Conocí a Victoria por fin en una charla de filosofía. Ella expuso su teoría acerca de la fácil reincorporación de la mujer en el arte de amar. Yo ensayé una refutación que no recuerdo. La demostración se hizo en la habitación 606 del hotel situado a espaldas del congreso. Terminé creyéndole. Leímos un libro que fue el último. Todo lo que vino después fue un intervalo entre un furor y su regreso.
     Tiempo después nos volvimos al campo. Sembrábamos y nos tocábamos. Eso era todo. No temíamos el momento en el que dejáramos de gustarnos. Eso sólo pasaría. Nos buscábamos como ciegos. Bestias entre bestias. Con los libros hicimos una mesa en la que diariamente hacíamos todo. Viví feliz mientras pude, como ya dije.
     Luego no sé qué pasó. Una sombra enorme se la llevó. La vino a buscar y se la llevó. Nunca quise saber si ella había querido el regreso. Mi humillación fue más grande que todo. Sentí un sonido pétreo entre mi espalda y el suelo. Pero eso no fue lo peor. Lo peor es la leyenda. La injusta inmortalidad de la palabra.
     Porque un hombre puede soportar dejar el campo por la ciudad. Ir en pos del aliento de una hembra bajo cuya pollera hemos entendido ya todo. Un hombre puede soportar el infierno de un semáforo en rojo o de un saludo banal porque recuerda en la espuma de una boca una baba jadeante de caracol. Un hombre puede tolerar la vida si es un espacio finito entre un fluido y un rouge. Un hombre puede perfectamente soportar, a no confundirnos, que una sombra gigante y peluda, casi ciega como todos, nos cancele un grito animal en la garganta, una tormenta primitiva en el estómago, un retazo de piel de cuello blanco entre los dientes o un olor a juventud que ya se pierde.
     Todo eso un hombre puede soportar. La ignominia es ser alma cuando se ha tenido el cuerpo, ser palabra si se ha sido gesto, ser relato si se ha sido el mundo, ser nombre si se ha sido hambre.
     No sé por qué cuento todo esto. De verdad no lo sé. Yo que contengo aún una convicción de un filosofo griego, un millón de poemas de mil hombres que no me vieron y un montón de cadáveres que ya no sé si alguien espera. Yo que me pudro en la grandeza. Yo que me muero o ya estoy muerto en una lánguida prosa. Yo que soy belleza y canto y fui fiera.

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