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viernes, 13 de enero de 2012

La prosa según mi abuelo V

a Irene Meyer


La prosa, hijo mío, es un remedio hecho con savia. Una pócima hecha con yagas. Una fiebre rigurosa. Un jazmín que decolora, que mancha al otro lado de la hoja. La prosa es el ejercicio repetido del miedo que se oculta. Un rayo desgarrado desde el suelo hacia la nube. Un perro flaco en lozania. Un silbido hecho con junco. Un jilguero hecho con huellas. Un candor pintado a lava. La grita de la ausencia. La prosa, hijo, es un monumento cordial a la locura. Una melodía improvisada con tiempo. Una huella por delante. Un camino para adentro. Un lamido de sal. La prosa se desgasta si no roza. Se corroe si no busca. Se muere si no cree. No vayas a la prosa, hijo mío, a curarte de la muerte. La prosa es un veneno sin filtro que hace un tajo en la lastimadura. No vayas a la prosa, hijo, como a la arena. Como a un circo. Quedate en casa. Dormí en mí. Yo una vez probé la prosa. Y ya no pude salir.

jueves, 22 de diciembre de 2011

La prosa según mi abuelo IV

A María Laura Fernández Berro

La prosa, hijo, es la parte seria del espejismo. La destilación posible de un goce único. La prosa es la infancia exacta filtrada por un tiempo frío e injusto. Una prisa de la hermosura. Un río adentro. Un viento fuerte. Una cascada. La prosa es un cálido desliz de la nieve por la hoja, una rapidez de miedos y sabores, una caña de bambú. La prosa aparece, hijo, no la vayas a buscar a la fronda porque crece en el desierto. La prosa llega, baja o sube, se manifiesta, es, el verbo ser es, la palabra todo. La prosa, hijo mío, no llora si no sufre, no grita si no se espanta, no se ríe si no puede. Es una mueca despedida de la bruma de una entraña. Es un vientre salido intacto de otro vientre. Un pozo para adentro. Una huella dejada por el pie. Y un pie enterrado bajo de la huella. No la corras, hijo, no le fuerces los ojos para que te pase la lengua por el aire. La prosa es una corrección de la palabra siempre. Una llaga del alma. Una ceguera. Un olor a hueso molido por el tiempo. La prosa, hijo, es un cuero de hombre con trinos de flauta. Y no canta, grita, vuela, aúlla, se embarra, ladra, gime, se agita, chilla, suda, llora, nada, se estira, tantea, frota, boquea, rabia. No le pidas prosa al cielo, hijo. La prosa llueve como un manto. Y se bebe. La prosa, hijo de siempre, hijo del espanto, de la rabia, de la niebla, del sueño, la prosa es un pájaro hermoso y carnicero escapado de un cuerpo de hombre que bate un parche sucio, eternamente, en la panza cansada de los burros. 

domingo, 23 de octubre de 2011

La prosa según mi abuelo III

La prosa es un estado, hijo. Un vacío previo. Una catástrofe ocurrida en la nimiedad de tu prehistoria. La prosa es una posición del cuerpo para hacerle frente a nuestra espalda. Un barro blanco es. Un muerto que no se resigna. Una sobrevida del olvido. Una calesita eterna con fuerza de caballos deshechos. La prosa es la fiebre de nuestra salud. Una temperatura insoportable que ignoran los médicos. La prosa, hijo, es un hecho incesante. Una fatalidad. Un padre que trabaja de hijo. Un dios que oficia de niño. Una ternura crónica. La prosa es un árbol que te vio nacer. Y que no verás caer. Una perversión que te justifica. Una muerte natural. Un incendio a temperatura ambiente. Hijo mío, la prosa te corroe y te crece. Te salva. Te hace sentir que nunca has sido hecho. Porque la prosa nos crea. Duele, hijo, la prosa duele. Es una desmesura. Un exceso de dioses. Una impiedad que no se nota. Una raíz que mira al cielo. Una sombra fetal. Una mala sangre. La prosa es una demanda del abismo. Una tracción hacia el charco sucio del deseo. Y moja. Claro, hijo, que moja. Como no va a mojar si está hecha de pena. 

martes, 27 de septiembre de 2011

La prosa según mi abuelo II

La prosa, hijo mío, es un cielo de ancianos. Un árbol para trepar los mancos. Una lágrima que llora para adentro, que viene de afuera. No te confundas. La prosa es un hacha de ciegos para entrar a la semilla. La prosa es un desmonte, un desierto, hijo, un desierto apenas disimulado por un bosque. Y crece mal. Crece como el llanto para adentro. Crece de honda, en pozo crece. No sabe, en verdad, hijo, no sabe. Se le nota la desnudez en el exceso de ropa. La caída se le nota en el paso desmedido. La prosa es un pasado infinito. Un presente eterno de vidas pasadas. Un vacío donde poner  la lengua. Un instante donde saciar la urgencia. Un fuego sin melena es, un agua sin leones, una planta sin gorriones, un nido para pájaros sin salida, una puerta contra un muro, un ala sin raíces. Por eso duele tanto, hijo, por eso te quema en el cuello y te sana en los dedos. Es que la prosa no ha echado raíces. Si las crea se muere. Y no sabe. Qué es lo que no sabe tampoco lo sabe. Imposible escalar ese abismo sin sangre. Imposible. No te mires las rodillas, hijo. La prosa también es una lengua de perro que cura. Cura mal pero cura. Pero me has desvelado, hijo. Por qué. Qué es lo que querías saber. Nunca me lo quisiste decir. Dormí. Dormí, hijo, dormí. Mañana será otro día más.