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domingo, 13 de marzo de 2011

Arte extracto (ni figurativo ni abstracto)

El arte es mimesis. Eso es casi seguro. Quiero decir, el arte es mimesis más en el amplio sentido griego de la palabra (“imitación”, a secas) y menos en el restringido sentido platónico de la misma, esto es, “imitación de la realidad”, de lo sensible, como lo dejó asentado, sentenciado, en su fundacional, y acaso fundamental, pero seguro fundamentalista libro X de su soñada y ambiciosa República.

     El arte es mimesis. Casi siempre, creo. El arte es re-presentación, es volver a presentar, es re-traer, es volver a traer, es re-lato, en su sorprendente y sabio sentido etimológico: re-lato (formado con el verbo latino fero, traer), traer de nuevo. Narrar, contar, es repetir, traer una vez más.
     Y es acá quizá (y ojalá) donde viene uno de los costados interesantes del asunto, o mejor, de plantear de este modo el asunto. Si el arte es volver a traer, si el arte es relato, debemos señalar dos cosas, que son dos lugares. Se supone que si algo se “lleva” de un lugar a otro, entonces habrá un lugar de partida y un lugar de llegada. Determinemos entonces cuáles son esos dos lugares. Vayamos a lo claro. Si, pongamos por caso, a Flaubert se le hubiera ocurrido escribir una novela, parte de la cual transcurre en el Ruán de mediados del siglo XIX, entonces el narrador de dichos episodios deberá reconstruir (volver a construir) esa población rural francesa en su novela. Entonces; el ejemplo nos sugiere con simplificada claridad algunas respuestas a nuestros interrogantes. El punto de partida, en este caso, es obviamente Ruán, la población rural francesa de la que escribió Flaubert pero también la ciudad en la que el mismo Flaubert nació. Un punto en el mapa, un sitio que atañe a los cartógrafos y a los profesores de geografía europea, un lugar físico, un montón de tierra edificada y poblada que los hombres llamamos ciudad. Ruán.
     En cuanto al segundo punto, al de llegada, también el ejemplo nos acerca una respuesta. Un libro. Esto es, la ciudad de los cartógrafos ha sido re-construida, re-traída, sobre papel, re-presentada, en tinta, en dicho lugar. Un libro.
     Dicho esto, pasamos en blanco. Si hay mimesis, entonces hay dos lugares, forzosamente, el uno de partida, el otro de llegada. El primero, en nuestro ejemplo, es “real”, original, es Ruán, el segundo es copia, es un libro.

     Claro que si yo diera por terminadas mis líneas acá, sería justamente acusado, por lo menos, de estrecho, de falto de información, de adolecer de casi más contraejemplos que de ejemplos, de abusador incluso de las ideas ajenas, etc. Entre otras cosas por ello, continuaré mi reflexión hasta llegar a un resultado un poco más, digamos, verdadero o por lo menos, útil.
    
El arte es mimesis. Eso es casi seguro. Quiero decir, el arte es mimesis más en el amplio sentido griego de la palabra (“imitación”, a secas) y menos en el restringido sentido platónico de la misma, esto es, “imitación de la realidad”, de lo sensible, como lo dejó asentado, sentenciado, en su fundacional, y acaso fundamental, pero seguro fundamentalista libro X de su soñada y ambiciosa República.
  
     El arte refleja, traduce, son palabras que le van bien, creo. Claro, también transforma, modifica, se me dirá o diré yo mismo. Pero esto, en la realidad, sigue un camino un poco más sinuoso. Primero transforma, distorsiona, miente, exagera (otra manera de mentir), omite (otra manera, esta fatal, de la mentira), borronea, oculta, desdibuja, manipula o manosea, teje, deforma, pervierte, degenera, acicala, desnuda, transforma, en fin, miente. Esto en primer lugar (quiero decir, temporalmente) pero luego (y aquí quizá, si Dios existe y quiere, nos subiremos al cuadrilátero), pero luego copia lo distorsionado, imita la mentira, traduce la exageración, refleja la omisión, calca el borroneo, duplica lo que oculta, traslada lo que desdibuja, remeda lo que manosea, reproduce lo degenerado, representa, en fin, re-presenta, lo que ha transformado, hace mimesis, digamos, de una mentira.
     Y aquí, sin saber sinceramente que iba a tropezarme otra vez (todos los caminos conducen a Grecia) con el gran Platón, digo, defino con el filósofo griego que el arte es mimesis de una mentira. Exactamente platónico. Pero no tiene, claro está, el mismo sentido que en aquel. Para Platón, la realidad, lo sensible, digamos, es una mentira, es una mala copia, por decirlo así, de un Original difícilmente accesible. No; lo que se  esfuerzan en querer decir estas líneas es otra cosa bastante distinta. No que la realidad, el mundo de la experiencia, de lo sensitivamente capturable sea una mentira, no, lejos de eso. Lo que digo es que todo arte es la reproducción lo más fiel posible de una realidad previamente pasada por el tamiz de la subjetividad, de una biografía, de una geografía (quizá sobre todo), de un hombre. Todo arte sincero, preocupado por dar algo de sí al mundo, pretende re-producir, re-latar, algo de sí, es decir, algo del mundo. Cuando Flaubert, en un intento realista, quiere pintar al Ruán de 1850 está pensando el arte como mimesis, a secas, pero cuando Van Gogh (exagerado) o Kandinsky (desfigurado), Dalí (subterráneo) pintaban, o cuando Motzart (prolijo), o Chopin (afectivo), o incluso Shoemberg (matemático) creaban música,  también hacían mimesis, también representaban algo previamente instalado en sus mentes, o incluso en sus programas o en sus manifiestos (en muchos casos) pero también en sus, resumamos, corazones (metáfora cultural para la cual la ciencia ni el arte no han encontrado aún, creo, sustituta). La creación es mimesis, reproduce algo, previa transformación (Warhol), previa deformación (Monet), previo toqueteo (Picaso), pero siempre copia, siempre vuelca. El arte siempre es plagio.
     Y aquí es donde nos es útil  las nociones de “punto de partida” y “punto de llegada“ en las que insistíamos hace un rato. Lo que en Flaubert (escritor realista) era Ruán (sitio identificable en los mapas) en estas otras maneras no-realistas de concebir el arte lo que cambia, o es susceptible de cambiar, es justamente ese punto de partida. Ya no es Ruán, sino un hermano menor y tímido de Ruán, sino un sueño, en todos los sentidos, un delirio, una fantasía, un mundo submental, una proyección, una sugestión de Ruán, un disparate, una buscada, tanteada interioridad. El arte es, entonces, la mimesis de un sueño. En todos sus sentidos.

     El arte es mimesis. Eso es casi seguro. Quiero decir, el arte es mimesis más en el amplio sentido griego de la palabra (“imitación”, a secas) y menos en el restringido sentido platónico de la misma, esto es, “imitación de la realidad”, de lo sensible, como lo dejó asentado, sentenciado, en su fundacional, y acaso fundamental, pero seguro fundamentalista libro X de su soñada y ambiciosa República.

     Y todo esto para entender un poco cierto arte que me interesa. Saer, Onetti, Rulfo, Antonioni, Toio Tenta, Martel, Kiarostami, Silvina Ocampo, pero también Alejandra Pizarnik o Manuel Puig, entre, a Dios gracias, muchos otros.
      Y todo esto para entender un modo de crear, de recrear, mejor dicho, que me interesa. Un arte que no es mimético en un sentido platónico, ni abstracto, en el sentido de lo no figurativo. Un arte que no es realista en sentido tradicional, que no muestra, sino más bien demuestra, (en el sentido menos científico que podamos encontrarle al término) pero que no abandona las riquezas de la experiencia sensorial. Una creación que no re-trae la realidad, pero tampoco se abstrae de ella. Un arte para cuyos intereses la realidad sirve para decir otra cosa, pero sin olvidarla, pero sin caer en la alegoría. Ni realismo ni arte abstracto. Una creación que pretende reflejar no la realidad, sino una realidad, un modo de ver, una deformación subjetiva de los hechos. Un arte que, sabia de que para hacer el mapa más fiel de Asia se necesita un mapa grande como Asia (lo entendió bien Borges) se contenta con reflejar de la manera más fiel posible un trecho de la realidad, una extracción, la que nos atañe, la que nos compete, la que nos aplasta o moviliza, la que sabemos (en el doble sentido etimológico de conocerla y saborearla), la que nos atraviesa y, ella también como nosotros a ella, nos forma y nos transforma.
     Quien pretende, (porque todo artista que valga las penas es pretencioso), quien ambicione (porque todo arista honesto es ambicioso) decir de sí o del mundo algo que se aproxime a una verdad, entiende que la mejor manera, la más sensata, es comprimir el mundo en unas cuantas cosas, extraer de la carne del mundo unos cuantos jugos, y darlos así, ni todo ni nada, sólo lo esencial. Extracto de lo real, esencia, perfume, jugo concentrado de la carne inabarcable del mundo.


El arte es mimesis. Eso es casi seguro. Quiero decir, el arte es mimesis más en el amplio sentido griego de la palabra (“imitación”, a secas) y menos en el restringido sentido platónico de la misma, esto es, “imitación de la realidad”, de lo sensible, como lo dejó asentado, sentenciado, en su fundacional, y acaso fundamental, pero seguro fundamentalista libro X de su soñada y ambiciosa República.

     Ahora quizá se entienda el total. Una descripción y un juicio. El arte es mimesis. Siempre. Primera cosa. El mejor arte es esencia. Arte extracto. Segunda cosa.

     Abs-tracto: prefijo privativo más verbo latino traho (llevar a la fuerza, sacar con esfuerzo). Eso que se-saca-con-fuerza es la realidad, que no lo Real.
     Ex-tracto: prefijo que no priva, sino que “corre”, desplaza, descentra, más verbo latino traho (llevar a la fuerza, sacar con esfuerzo). Eso que se desplaza-con-esfuerzo también es la realidad, el punto de partida. Pero no para abolirla, sino para exprimirla, para libarla, para extraer su perfume, no para lucir su packaging. Para ello hace falta trabajo de taller, recursos heredados o experimentados, hacen falta metáforas y símbolos, saturaciones, insistencias, énfasis, en fin, manejo direccionado de los lenguajes.  
Del arte extracto no queda la realidad, queda un sentido, un aroma vaga pero penetrante. Del arte extracto no quedan las cosas (solamente las cosas, claro) sino lo que ocultan, lo que queremos que ocultan, aunque a veces gritemos con Cernuda (“...en el fondo no hay fondo, / No hay nada sino un grito, Un grito, otro deseo”)
    
     Entre el pueblo en el que nació Saer y el pueblo de la ficción de Saer hay una diferencia. El primero es una masa de tierra. “La selva de lo real”. Es de Dios o de los movimientos tectónicos y humanos. El segundo es de Saer. El primero es silencioso, no tiene la culpa de nada. El segundo es malintencionado. Mentiroso. Es culpable. Tiene sentido.
    
     Pero una cosa me gusta. A simple vista. Y es que no son tan distintos.

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