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viernes, 8 de abril de 2022

Escribo porque no puedo hablar (Ensayo sobre la obra de Gabriel Báñez)

 

Sólo alguien que, como yo, padece algún grado de mutismo, de imposibilidad de hablar, puede darle la dimensión profunda, el carácter estructurante a esa frase que Gabriel Báñez debió haber escrito en su primer libro (y de algún modo lo hizo, claro), y que, en cambio, dejó para el último. Escribo porque no puedo hablar. Esa es la frase que escribió al final, decía, pero que, como un suicidio, permite leer, a partir de esa manifestación última, esa emergencia, todas las veces en las que esa frase fue efectiva, real, pero tácita. Como un sujeto. No es que no está, nos dicen las maestras, está, pero no se escribe, el sujeto es tácito.

     Sólo alguien, decía, que, como yo, padece parcialmente esa enfermedad de la falta de habla, o mejor, de su imposibilidad, puede llegar a la conclusión de que ha sido precisamente esa enfermedad la que ha producido esa obra, que ha sido esa enfermedad la que en alguna medida la sostiene (porque la enfermedad está en la ora, por supuesto), la que la informa; quizás también, en un sentido último, la que la justifica. Pero entonces, dirá algún profesor universitario, o, peor, algún profesor de escuela (y digo peor porque se lo dirán a chicos que aún pueden preservarse de esa sofisticación académica, de esa irrealidad teórica), usted está hablando del autor, y el autor no existe, el autor, dirán los menos groseros, es sólo una creación de la obra. Yo preferiría, si se me permite, dejar de conversar con esos fantasmas, con esas supersticiones incomprensibles y fantásticas y seguir con lo mío. El autor existe y se llama Gabriel Báñez. Es causa y efecto de su obra. Yo lo conocí.

     Y claro que estoy hablando de un autor, de qué si no. Estoy hablando de un modo de vivir que produce, de infinitos modos, una manera de escribir, una manera de representar, una preferencia de temas, una sustancia emocional, psicológica, estética, un tono. Un modo de vivir que produce, de forma compleja, insisto, una manera de ser, de vivir del texto.

    Uno recorre, incluso con la memoria, las novelas (sobre todo las novelas, quizás lo más memorable y profundo), uno recorre las novelas de Gabriel, decía, y lo que encuentra, bajo diferentes formas, es una Forma, digamos (permítaseme la mayúscula que aquí es algo platónica), uno encuentra, decía, una Forma, bastante sencilla, bastante rudimentaria, y por eso quizás tan humana, a saber, la un mundo que nos salva de otro. Así de sencillo. Podemos recordar una iglesia en el trajín de Ensenada de los años 30, un círculo mágico, demarcado, prolijo, apenas verosímil, adentro de esa iglesia, dentro del cual se produce el milagro, unos tarritos con agua, en las patas de una cama, para que la cama de una mujer moribunda no alcance el suelo, y muera, una casilla de circo en el medio de la desolación árida de La Pampa, una mujer embalsamada (estoy recorriendo al azar, las escenas son casi infinitas) y eterna, un violín sonando en la desolación de esos campos solitarios, una calle de nombre Nueva York, en Berisso, sobre la cual queda suspendida la legislación efectiva del mundo, un hombre lisiado sobre una rampa luchando amarga y felizmente contra la fatalidad del tiempo, un puñado de cartas que un hombre escribe y que lo eximen, lo liberan, de vivir lo que las cartas cuentan, y salvan, de algún modo, a la mujer que las recibe y lee (y que las cree), unas cartas, digo, que en su ficción relevan a quien las escribe y falsea, por fin, de la tarea casi imposible de vivir. Porque, en realidad, la frase que Gabriel escribe en su última novela es bastante limitada, casi pobre. Quiero decir, le adivinamos a esa frase un alcance mucho mayor. Quizás esa frase sólo sea una manifestación modesta más de otra forma anterior que podría rezar, tácitamente, como casi todo, escribo porque no puedo vivir. Esa frase también está, evitando lo expreso, desde el comienzo al final de esa obra. Escribo porque no puedo vivir. Por supuesto que escribir, también, puede ser metáfora de otra cosa. Sigamos.

     Escribo porque no puedo vivir, eso es desesperante y hermoso. Eso es Báñez también. Desesperante y hermoso. Desgarrador y hermoso, paródico y hermoso, desprolijo y hermoso, inverosímil, hábil, torpe y hermoso. Los adjetivos podrían seguir, pero quiero detenerme en ese que los complementa o redime a todos los demás. ¿Dónde está esa belleza que como una sustancia sobrevuela o atraviesa lo deshilachado o lo gracioso de todo lo demás? Bueno, podríamos citar escenas, claro, frases, imágenes, pero por supuesto no lo haremos, porque a lo que me quiero acercar es a lo tácito, de nuevo, y esa belleza está en cada línea de esa obra, o, mejor, detrás. Quiero acercarme entonces a esa otra Forma, a ese otro fondo, que informa y unifica toda la obra de Gabriel y que, para ser prácticos y honestos, también, podríamos llamar Gabriel. No juego con las palabras. Eso lo hacía él y a veces fue genial, como cuando hizo hablar a ese hermoso padre llamado José, que hablaba en hipérbaton (otra manera de salir de la vida, claro, desordenar hasta el ridículo el lenguaje), y a veces sólo fue superficial y cándido.

    Decía que no me interesan ahora los juegos de palabras. Lo que digo es que al leer esa obra, una suerte de sustancia nos acompaña en la lectura, algo anterior y silencioso, algo histriónico y resbaladizo, algo esencial que no se manifiesta, como Dios, una causa última. Esa forma es la forma de Gabriel. Digamos, su alma, sí, pero también su personaje, sus gestos, su sonrisa, la forma hilarante de mirar, de decir, quizás también de sentir; la forma también que se nos ha ido dibujando en todas sus novelas anteriores, en sus apariciones públicas, por supuesto, pero todas (incluso las públicas) también provenientes de esa fuente, esa causa que llamamos Gabriel.

        Es que es imposible leer su obra sin ese fantasma en que se convirtió ese hombre, una vez que ha sido, de varias maneras, representado. Ese centro es también el que, como lector, buscamos. Lo buscamos a él. Y él es el que, también, y siempre tangencialmente, le da sabor a las palabras, color a las imágenes, espíritu a las ideas, intención. Lo vemos sonreír, quiero decir (más claro ya no puedo ser), cuando nos dice una ironía. También lo oímos desesperarse cuando nos pregunta de manera insistente (un tanto teatral, a medias creíble) si aún estamos acá, si estamos ahí, digo, del otro lado del papel, porque de éste sí que hay alguien, quien escribe, quien siente, se confiesa y miente de este lado del teclado. Pero sobre todo quien nos dice la verdad. Porque esa forma Gabriel también es la forma de una verdad. Una verdad que sin duda nos costará alcanzar, y al texto expresar, porque es la verdad profunda de un sujeto, pero que se intuye, se adivina y no dejamos nunca de buscar. Eso es leer. No conozco otra manera digna de hacerlo.

    Pero vuelvo. Escribo porque no puedo hablar, decía, es la forma de una enfermedad. Y la obra de Báñez es, como la de todos los escritores que valen la pena, el síntoma de una enfermedad, así como también un intento de cura, de sanación, y, por qué no, de salvación. Porque esa plenitud buscada es íntimamente religiosa. O, mejor, esa plenitud es la que busca la devoción, la aspiración a lo divino, a la voz de Dios. Y a Dios ya lo he nombrado dos veces. No creo que sea gratuito. Esa otra vida que buscan todos los personajes en su obra es, siento, esa otra vida, más verdadera, más intensa, menos insensata y ridícula, que no encuentran en la vida común. Ese es el sentido de una mujer embalsamada, esa eternidad es la que no da la vida. Y ahora siento que nos vamos acercando. Escribir es el síntoma de una enfermedad, decía, es la acusación, la denuncia más o menos estoica y elegante de una falta y también lo es de la búsqueda incesante de una sanación, de un ascenso a otra vida mejor, de una plenitud.

     Creo que ya lo he dicho todo. El resto es leer de nuevo su obra (que por supuesto no precisa de una exégesis; exégesis, por otro lado, de la esa obra incluso ya se está riendo, y lo bien que hace, porque también se reiría Gabriel).

   Una última cosa. Esta mañana me desperté con la noticia de este concurso en el que ahora participo. Me la envió un amigo con el que hemos leído incansablemente la obra de Báñez. Le respondí que sentía que estábamos adentro de una novela suya. Un concurso literario con su nombre, con su foto típica, en letras de diario, en su ciudad de La Plata, publicado en un diario local, por un Círculo de Escritores de La Plata. Todo muy provinciano, como le gustaba decir a él (que por supuesto se asumía provinciano), hasta lo módico del premio. Pensé entonces que hay obras que se agotan cuando uno las termina, sencillamente porque no nos son memorables; otras que se prolongan un tiempo, algunas imágenes, frases o ideas nos acompañan un tiempo; y hay otras, como las de Gabriel, que no sólo se prolongan sino que se reinician en cada momento, en cada circunstancia de la vida, que nos contienen y se expanden en la medida en que se alarga la vida, como un capítulo más de sí. Y para todos. Porque acá creo que llega el momento de hacer una aclaración. El yo del principio es real, sí, pero también es metafórico. Es real porque me nombra a mí, por supuesto, pero es metafórico, también, porque todos padecemos en buena medida de la discapacidad vistosa de la mudez (y quizás de la discapacidad a secas), a todos nos cuesta decir en voz alta, estar con palabras entre los otros. Todos hacemos algo, también, para salvar esa discapacidad. Claro que no todos podemos redimir, con nuestros síntomas, a todos los demás como la obra de Gabriel, que, de algún modo, nos devuelve la palabra.

 

sábado, 12 de marzo de 2022

Madrigal VI

 

Pienso en las baldosas amarillas, desgastadas, del patio de una escuela,

pienso en un fresno impreciso en la calle tras una ventana con niebla,

pienso en el sol extenuante, lujoso, que no molesta,

pienso en la cara luminosa, la cara más luminosa que alguna vez he mirado

como si llevara toda el alma en ella,

pienso en los mismos pájaros, sé que no me equivoco, en los mismo árboles,

en los que ella piensa,

pienso en la lluvia cayendo en el aire como quieta,

pienso en un mundo que me sobra en tardes como esta,

pienso en un pasillo solitario donde tuve la gracia de estar cerca,

pienso en un cielo limpiamente recortado por un arco de piedra,

pienso en el agua caída, entregada, aunque no puedo ver lo que refleja,

pienso en una casuarina, claro, y en la sombra de una casuarina

y en un grupo de sillas en ronda imperfecta,

pienso en todo, y a veces es mucho, lo que a la tarde regresa.

 

 

martes, 22 de febrero de 2022

Madrigal V

 

La mano que busca una puerta,

la mano que corre la cortina,

la mano que aleja el pelo de los ojos,

la mano que espera la mano extendida.

 

La mano que se hunde en el agua,

la mano que envuelve la copa vacía,

la mano que pasa y se queda

y en el cuerpo de lo amado se desliza.

 

La mano que toma la prenda,

la mano que lleva a la cara el agua fría,

la mano que busca en el aire

saber si llueve todavía.

 

La mano que pulsa la cuerda,

la mano inquieta de la despedida,

la mano que mide la fiebre,

la mano que deja una hoja escrita.

 

La mano que tuve y que no olvido,

la mano que miré una vez dormida,

la mano que abría las ventanas,

la luz que queda en la mano que quería.

martes, 30 de noviembre de 2021

Elegía XVIII

  

Quién dijo, María, que estás en el pasado,

qué mezquina idea de presente, o de pasado, pudo tener quien dijo, María,

que estás en el pasado,

quién se atrevió a declarar, bárbaramente, que no estás acá, ahora mismo,

en esta casa, conmigo,

en esta tarde de luz, en esta noche,

o al alba,

mientras cambio el agua tibia de recipiente,

mientras riego a destiempo con un vaso de vidrio las plantas,

o ahora que pruebo al fin el chocolate pequeño que me regaló Camila,

esta mañana, ahora mismo,

hace mil años, mañana, siempre,

y se me abre el corazón de ardor y agradecimiento,

de ardor y agradecimiento,

porque he amado y amaré siempre a Camila,

¿cuándo?, ¿ayer?, ¿hace mucho?,

¿en los próximos días?,

¿siempre?,

por eso, quién pudo afirmar, María, pregunto, con qué derecho, bajo qué responsabilidad,

que no estás acá, en esta habitación, ahora,

en este hermoso punto del tiempo,

sin metáforas, acá, ahora, creéme,

mientras escribo esto importante que quiero decirte,

¿hace mucho?, ¿desde siempre?,

¿cada vez que veo el sol salir o no alcanzo a ver esconderse la luna?,

¿después del último verso del último madrigal?,

qué idea chiquita de la vida se animó a sentir quien pensó un presente tan matemático,

tan mensurable, tan físico, tan absurdo,

quién no pudo sentir, María, que estás conmigo ahora y estarás siempre, María,

¿ya lo dije?,

¿es cierto que ya te llamé?,

cada vez que prepare la cena, o me vaya a dormir, o acariciemos a Eva,

silenciosamente, porque duerme,

o vayamos a la escuela a la mañana,

bajo ese olor tan típico que ya conocemos de la mañana,

mientras me quede una gota despierta de sangre en este presente infinito que crece,

desmedidamente,

quién fue, repito, el incapaz de entender, María, ¿es  que es tan difícil?,

que hemos ganado incluso lo muerto,  lo destruido, lo marchito,

lo ardido,

quién dijo que no estarás en el gusto de la fruta, mañana cuando amanezcas,

en el sabor abstracto del agua,

en las formas insensibles del sueño, cada noche,

o en el celofán amarillo brillante, por qué no, también,  María,

del chocolate pequeño que me regaló esta mañana Camila, ay, Camila,

hace tanto,

quizás en otra era geológica de la tierra, o ahora,

mientras todo crece a nuestro alrededor y se expande, insensiblemente, ¿sabías?,

y se nos queda,

quién fue el triste, el pobre, el miserable,  

que no pudo probar todo lo vasto, todo lo amplio, lo pródigo, lo incalculable

en el presente simple del cuerpo y del espíritu,

quién fue el pobre de espíritu, ¿ya te lo dije, María?,

¿cuándo?,

que te lloró perdida, ausente, terminada,

quién tuvo el corazón tan escondido, tan cobarde la alegría, de creerte quieta,

lejos de la corriente, exhausta

o en el tiempo diluida,

quién,

quién, María,

quién no pudo tener consigo, Camila, María, todas las cosas del mundo consigo,

es que nos dan tanta pena, ahora, tanta gracia,

¿no es cierto?,

quién se limitó a sentir un hilo de agua, yéndose, de a poco, decreciendo hacia lo ausente,

lo desierto, lo inexistente,

quién no pudo tenerte ahora, María, como un mar, toda vez que canto,

toda vez que escribo un verso,

una nota para un chico en una hoja,

toda vez que miro los brazos extendidos de una araucaria, y los veo crecer,

un ceibo, y lo veo crecer,

una flor desconocida,

cada vez que vamos al río, María, y hundimos las palas en la corriente oscura del agua,

que apenas se nos resiste y nos envuelve,

cada vez que Milagros, otra vez Milagros, ay, Milagros, María,

me deja una carta escondida entre las hojas de la escuela, como si nada,

 y me dice que me ama, en otras palabras, con su modo más preciso, menos sentimental,

más sabio, de decir,

 ¿cuándo?, ¿un miércoles a la mañana?, ¿un viernes?, ¿antes del almuerzo?,

¿mañana cuando corrija esta elegía?,

 ¿después?,

¿toda la vida?,

no es preciso pensarte, siquiera, María, ni imaginarte, estás acá y en mí

como están las algas en el agua, las gotas, el agua en el agua,

es que sos una parte del río, María, vos ya lo sabés,

¿por qué entonces te lo digo?,

cómo pensar que te he perdido, Camila, Milagros, María,

sólo porque no estás ahora, ahora, en este mínimo instante,

colgando un cuadro, alisando los pliegues en los bordes de una cama,

dormida de costado o leyendo un libro,

mirando a tus hijos crecer, tan de cerca, porque crecen, María,

o sonriendo para siempre contra la luz casi blanca de la ventana,

tan temprano y ya despierta,

a dos metros de distancia de la silla en la que ahora, hace mil años, mañana, cuando vuelva Cristo,

desde siempre, creciente, interminablemente, escribimos.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Madrigal


La luna te quería

Los tilos de la plaza te querían

Los libros de la mesa te querían

El sol a la mañana

 

La casa te quería

El ruido de la lluvia te quería

Los dados de los juegos te querían

La calle silenciosa

 

Las plantas te querían

Los lados de la puerta te querían

Los vidrios transpirados te querían

La gente en los retratos

 

Los lunes te querían

Los sábados de viajes te querían

La ciudad te quería

Las rosas de los vasos

 

La noche te quería

El paso de las horas te quería

Las venas de las hojas te querían

Las cosas que me sobran

viernes, 5 de noviembre de 2021

Elegía XVII (Gloria)

 

Gloria a los pájaros entramados en los árboles de las calles,

gloria al sol, que produce su canto,

gloria al primero de noviembre en que vimos llegar la primera golondrina, este año,

a esta ciudad insólita y preciosa,

gloria a todo lo que vive, a todo lo que existe generosamente,

gloria a todo lo fértil,

a todo lo que sabe, a lo que huele, a lo que fluye, a lo que arde,

gloria a las leyes fundamentales de este mundo,

a lo que lo hace vivir,

gloria a quienes ahora mismo se les están revelando esas leyes y escriben,

o callan pero saben, o adivinan,

gloria al celo de los mamíferos,

gloria a la primavera en la perfección de una avenida celeste en diagonal,

gloria al instinto de los pájaros carpinteros,

de las abejas, de los músicos, de los poetas, de los jardineros,

gloria a lo incesante, a lo intermitente,

a lo gradual, a lo continuo, a lo creciente y a lo inmóvil, a lo inminente,

gloria a la lluvia que limpia la atmósfera,

gloria a la lluvia que lustra las calles,

vivifica las lagunas y el suelo cuadriculado de una plaza y los colores de los automóviles,

gloria a lo insensible que se moja, sin embargo, aunque no siente,

gloria a dios que creó y se fue y nos dejó el mundo con que se hizo famoso, acaso inmortal,

gloria a ese gesto de amor de dios que es el más grande que hemos visto jamás,

gloria al divino desamparo en que hemos quedado, que nos permite gozar como animales,

incluso el dolor, la pena, la soledad, el hastío, el miedo y la agonía,

gloria a febrero que nos quema y a julio que nos hiela, en este sur,

gloria al triángulo de sombra de los cipreses en el parque, a la tarde,

al dibujo irrepetible del cielo, a cada hora,

gloria al mar, que es un ruido y un color y una textura

y unas ganas de entrar en él y de perderse dentro suyo para siempre  como un vientre peligroso,

gloria al río que no cesa,

gloria al cauce que lo lleva y lo persuade y lo impulsa hasta perderse,

gloria a la fragilidad, a la ternura, gloria a la sonrisa de un desconocido, en la calle impersonal,

esta mañana,

a la amabilidad, a la repetición involuntaria de la cortesía, cada día,

gloria a las multitudes que rezan, que sostienen a un dios perdido,

gloria a las multitudes que cantan,

que sostienen, mientras cantan, a un dios rudimentario y eficaz,

gloria a la soledad de Miguel Ángel, que le permitió la generosidad de su arte,

gloria eterna a Chopin, interminable, gloria al mundo que creó y que increíblemente no existía,

alta gloria a la maravilla del sistema tonal, que lo hizo posible, a la madera de los pianos,

gloria al ingenio de la perspectiva, al  punto de fuga, al juego del ajedrez,

que permite que una obra de arte ocurra en cada juego, mientras se juega,

gloria eterna a la forma del soneto

y a las generaciones de hablantes que pulieron los idiomas con que escribimos los sonetos,

infinita gloria a las generaciones de caballos, de gorriones, de benteveos,

gloria a la leyenda prodigiosa que creó en las ciudades la mansedumbre de los horneros,

gloria, gloria a las palabras que nos dejan menos solos,

a las palabras que nos faltan y buscamos, incansablemente,

gloria al silencio animal en el que estuvimos una tarde vos y yo,

es decir todos, y que no escuchamos, pues no importa,

gloria a dios, en todas partes, no sólo en el pan, en el vino y en los peces,

a la divina perfección de la columna vertebral de los felinos

(miro a Eva, en el sillón, mientras se estira),

gloria a la inteligencia de dios (es que no puedo dejar de pensar en dios)

que creó la inteligencia,

gloria a la insensibilidad de las piedras, que acaso no sienten, al canto invisible de las cigarras,

a la tarde,

gloria a dios (es que no puedo dejar de sentir a dios),

repartido entre nosotros, ahora mismo,

entre las cosas, pero todas, todas las cosas,

gloria eterna a la infinita inocencia de Jesús,

que leyó la biblia y creyó ser dios, gloria a quienes con honestidad le creyeron,

gloria a Charles Darwin, que creó una biblia acaso menos creativa pero más inteligente y compleja,

gloria a quienes con honestidad le creyeron,

gloria a las ideas increíbles de Platón y a la refutación nuestra de cada día,

al amanecer, cuando vemos salir el sol,

y no creemos en otra cosa que en la realidad de este mundo,

al que decidimos adorar, otra vez, como un milagro,

gloria al milagro cotidiano que se nos ofrece sin saber, sin reclamar, con prodigalidad,

gloria al placer, al dolor, a la alegría,

y a la noche, por qué no, también, a la noche,

alta gloria,

infinita gloria a ese tiempo que tenemos de gozar y de perder que llamamos nuestra vida.

 

 

viernes, 22 de octubre de 2021

Elegía de octubre (XVI)

 

Si, como dijo esta mañana la mujer de la lavandería,

octubre es el mes más precioso del año,

si sus argumentos fueron ciertos,

quiero decir,

la luz brillante del aire,

o el mismo celeste inocente del cielo,

el algodón de los álamos,

por las calles de la plaza,

la flor del paraíso,

el rosa de los lapachos,

el recuerdo reciente o aún la realidad,

en ciertos muros,

de la flor abierta del jazmín,

cayendo hacia la calle,

o en las veredas la flor blanca de las acacias,

cayendo en racimos,

la posibilidad nueva de imaginar, entonces,

recién ahora, dijo,

el verano,

las flores blancas

o rosas de los palos borrachos,

en diciembre,

la avenida celeste de los jacarandá,

tan homogénea,

tan íntegra,

tan tersa,

el olor dulce de los tilos,

la calidez de las casas por dentro,

detrás del vidrio,

el blanco intenso de los edificios por fuera,

el sol desnudo,

la libertad de abreviar la distancia

de una vez por todas,

hasta hoy inagotable,

entre la piel del cuerpo y el aire,

el calor directo del sol,

si recién octubre es el mes en que poder imaginar,

entonces,

nuestros brazos en el agua, dijo,

en el frío del agua,

el tiempo largo del ocio,

el tiempo blando del ocio,

el tiempo extendido,

como disuelto,

del ocio,

si octubre es el mes más precioso del año,

como dijo esta mañana la mujer de la lavandería,

porque octubre es el mes en que recuperamos

lo perdido en marzo, quizás,

o en abril,

o a principios de mayo,

la luz que no se mezquina,

la luz generosa que no se gradúa

para darse,

si octubre es el comienzo de la luz interminable,

de la mañana cálida,

la tarde cegadora,

de la luz que intensifica hasta la sombra que produce,

si octubre,

como dijo esta mañana una mujer,

como al pasar de tan segura,

es el comienzo renovado de lo que habíamos deseado tanto,

y olvidado,

todo el año,

entonces esa mujer,

esta mañana,

ahora,

ha dado otra profundidad a nuestra vida,

otra gracia,

otra razón para la felicidad que quizás ni siquiera precisábamos,

pensamos,

es cierto,

y sin embargo agradecemos,

qué lástima, pensamos primero,

pero no lo sentimos,

qué dicha, pensamos después,

nos corregimos,

que ya no haya dios para agradecerle toda la gracia,

toda la belleza,

toda la prodigalidad,

el derroche de lo vivo con que gozaba Schopenhauer,

las hojas verdes de los plátanos,

los nidos prolijos de las palomas,

el olor de la mañana,

la sombra de las aves en el pasto,

la inestabilidad de las mariposas,

al volar,

qué suerte, pensamos también,

ahora pensamos qué suerte,

que nos tengamos el uno al otro,

que cada uno pueda ser un poco el dios de cada otro,

una mañana como esta,

en un lugar indistinto,

que octubre sea el comienzo,

por qué no,

que todo esté de nuevo por venir,

en ese círculo pequeño,

tan pequeño que es la vida,

ahora lo entendemos,

qué felicidad,

qué gran felicidad que entre nosotros nos recemos.