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martes, 21 de abril de 2015
El estilo
El estilo
es el efecto
empecinado
elaborado
trabajado
ejercido
de asumir
como marca
una limitación
sábado, 11 de abril de 2015
El canon
"Suyo es lo que perdura en la memoria
del tiempo secular. Nuestra la escoria"
del tiempo secular. Nuestra la escoria"
Bach
Mozart
Beethoven
Borges
Cervantes
Shakespeare
Piazzolla
Shakespeare
Piazzolla
Dúo salteño
Mercedes Sosa
Yupanqui
Gardel
Todos estos hombres tienen algo en común.
Todos han inaugurado y clausurado una cosa.
Como Dios, fueron los primeros y los mejores.
Faltan nombres, claro. Muchos.
Faltan nombres, claro. Muchos.
Muchos. Pero no tantos.
lunes, 30 de marzo de 2015
El nombre de las plantas
a quien un día me tomó del brazo
y me llevó a conocer el nombre de las plantas
Hace algún tiempo ya, he
comenzado el camino hacia un saber para el reconocimiento de nombres de flores y plantas.
Si bien lejos estoy de la pericia, ya puedo distinguir, casi sin margen de
error, un eucaliptus de un fresno, un tilo de un plátano, un lacito de amor de
un jazmín del cabo, una rosa de una cala.
Pero este saber, compruebo, esta
riqueza, trajo aparejado un empobrecimiento, a saber, el empobrecimiento de la
literatura. Al menos de aquella que, en algún momento, con mayor o menor
énfasis, con más o menos necesidad, las alude.
Ya no evocan, esos textos, un mundo ajeno y por tanto más brillante o
menos precario. Quiero decir, desde que conozco de qué se me habla cuando se
habla de madreselvas, ceibos o malvones, ya no es mágico el bosque ni el
jardín. La literatura, quiero decir, también vive de la ignorancia. O, dicho de
otra manera, cuanto más interesante es el mundo, más irrelevante es la
literatura. Al menos aquella que vive quizá excesivamente del mundo.
lunes, 23 de marzo de 2015
sábado, 14 de marzo de 2015
Pehuajó
a la señorita Amalia, mi partera
Mi partida de nacimiento detenta, entre sus tintas, una, que
bien podría ser considerada un alto capítulo de la gauchesca argentina del
siglo XIX. Ascasubi 635. En Pehuajó.
Allí Amalia, la partera del barrio, me arrimó borrosamente, supongo, a la luz.
Me explico. Pehuajó (porque no todos tienen la obligación de ser pehuajenses)
ostenta, por el absurdo, podríamos decir, pues casi nadie sabe allí lo que se
nombra, en todas sus esquinas, el nombre de algún escritor del siglo XIX. (O la
intersección de dos, diríamos mejor, Sarmiento, esquina Alberdi, por ejemplo)Y
como el siglo XIX es como una Gran Gauchesca, podría decirse que la historia de
esa hermosa literatura reside en las calles de mi pueblo de origen. El
encargado de tan curiosa obra fue Rafael Hernández, quien presidió el primer
Honorable Consejo Deliberante de la futura ciudad.
Por eso, cada tarde, podría decirse que yo evolucionaba
hacia la casa de mi abuela, en José
Hernández 150. Entre Esteban
Echeverría y Estanislao Del Campo.
El único escritor agregado, tiempo después de la fundación
del pueblo, fue, claro, Jorge Luis Borges, que se apea a los carteles azules de
la calle principal. Y no desentona, diremos, si le creemos a aquel escritor que
prefiere colocar al unánime poeta entre quienes vivieron y escribieron un siglo
antes. Pero poner a Borges en el centro, yo lo dije una vez en un bar entre
cerveza y cerveza en el que nadie por supuesto me oyó, es de una falta de
creatividad lamentable.
Cuando, por fin, volví como escritor a mi pueblo, propuse otro
nombre. Juan Manuel de Rosas. Porque en el centro, alegué, antes de que me
dijeran la obviedad que presumía, porque el centro de toda literatura siempre
es alguien que prescinde de la pluma. El escritor de los escritores.
Tiempo después me entero de un proyecto en la legislatura
municipal. Alguien había propuesto poner a Rosas, alegando mi sugerencia, pero
sin sacar a Borges, sino desplazándolo al acceso de entrada a Pehuajó, una ciudad
hermosa e irrecuperable. Patria en la que sigue en disputa (cosa que no asombra
en una ciudad casi del pasado) la mejor literatura nacional.
miércoles, 11 de marzo de 2015
Los contemporáneos
El único lector atendible es la
posteridad, decía mi abuelo, minutos después de alcanzarle, la cara llena de
amable gratitud, un par de cuentos o poemas a los chicos del suplemento
cultural del Diario La Hora del
pueblo. El suplemento se llamaba, excesivamente, “los contemporáneos”, y era un
rejunte de notas sobre alguna película estrenada la semana pasada en los cines
de Buenos Aires, de concursos, de premios, y de textos que les facilitaban, con
esforzada indolencia, los vecinos escritores, que los había.
El único lector válido es la
posteridad, decía, y le palmeaba la espalda y los brazos a los chicos en
ambiguo gesto de afecto y deseo de que no demoraran la partida. Esto, si no me
justifica, al menos explica mi ocio en vida, decía. Lo otro, lo que quizá jamás
yo publique, lo que quizá publiques vos o nadie, es lo que acaso me justifique
en serio, si es que esa pretensión no es ridícula. Y la posteridad, ese lector
con tiempo, decía, es el único lector que vale la pena. El resto, esas
basuritas que publicamos a diario, como todos sabemos y muchos ya han dicho, es
como esas chapitas que brillan en los hombros lustrosos de los comisarios y los
brigadieres. Un buen lector, decía, por definición, nunca puede ser
contemporáneo. Son buena o mala gente, buenos o malos amigos, corteses o despóticos,
rencorosos o altruistas, pero no lectores
cuyos murmullos puedan ser tomados en serio. Pero con algo debemos entretener
la vida, ¿no es cierto? me decía y me sonreía sabiendo que yo, a mis seis u
ocho años poco o nada podría entender de todo eso. Pero hoy lo recuerdo y lo
atiendo.
Mi abuelo sacó el Premio
Municipal de cuento en el 45. Lo recibió, me contaron, diciendo que aprovechaba
el micrófono para agradecer, por supuesto, el “invalorable reconocimiento” (como
se ve, mi abuelo nunca mentía del todo) y para decirle al Pelado Monte,
carrero, que le debía todavía cuatro arreglos de sulky, una rueda, y dos
enganches nuevos. El abuelo era herrero, ya lo he dicho, y de los dos cuadernos
rojos que dejó aún no me decido a publicar nada.
martes, 3 de marzo de 2015
El proceso
(Novela en cinco capítulos)
Capítulo I
un hombre borroso se encierra en un aula apretada
Capítulo II
el cuarto ajustado se achica hasta dejar salvas las últimas
partes del cuerpo
Capítulo III
los ojos azules se le cierran
Capítulo IV
respira
Capítulo V
ahora sólo respira
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