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miércoles, 14 de diciembre de 2011

El cabalgante

a Leopoldo Dameno

La primera vez que anduve a caballo, lo recuerdo bien, fue ayer a la noche. Un paisano del pueblo me prestó el caballo o yo se lo robé, o vino solo, no recuerdo bien. Fue lindo andar entre la alfalfa negra, entre los girasoles negros, entre maizales negros, bajo una luna blanca. Me persigné antes de montar porque alguien tenía que ayudar a mi coraje y mi destreza. Me encomendé al caballo en una plegaria breve. Pero tuve pericia. Fue lindo sentir la boca del caballo entre las riendas, entre las manos. Yo había cabalgado mucho, si no recuero mal, desde que tenía dos años. Era un caballo alto y sin espuelas aquel. Yo era chiquito y rubio. Lo había sabido manejar. Monté y salí al paso, según comprobé años después en una foto. Pero anoche tuve una pericia que no tuve que usar. El caballo me entró en las manos y salimos por la noche del campo. Fuimos lento mientras él así lo quiso. Galopamos mientras fue su deseo. Frenamos cuando lo dispuso,  e incluso, si no recuerdo mal, saltamos alambrados. Llegamos hace un rato y yo le rasqué las crines en señal de amistad y agradecimiento. El me lamió las manos. Si no recuerdo mal, me dijo que habíamos llegado a tiempo. Que habíamos sabido conducirnos. Y se fue solo, como había venido.

martes, 13 de diciembre de 2011

El muerto

a Fernando Alfón

Esta mañana amanecí tirado en una plaza céntrica de la ciudad. Estaba muerto. Las pericias forenses no dieron causales de muerte. Los médicos no saben tampoco. Nadie entiende cómo alguien que ayer estaba vivo, esta mañana, al amanecer, está muerto. Qué pasó en el medio, se preguntan. Sólo saben que llevaba un cuaderno en la mano y un cortaplumas. Las primeras diez hojas del cuaderno aparecieron rasgadas. Eso es todo. Parece que quedó en la tierra dibujado algo indescifrable. Por eso lo borraron. El cuaderno fue llevado en principio a la comisaría y luego a la parrilla del oficial a cargo del presunto suicidio. Yo estoy en casa. Me toca a mí redactar esta muerte curiosa. No puedo, por más que lo persigo, darle al suceso un color dramático y sensacionalista como me piden. Espero algún día dejar de escribir crónicas policiales y pasar al suplemento del domingo.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El buscador

...persigo una sombra
(Misino Amado)

Buscaba un sitio en donde dejar el cuerpo. Buscaba el perfume de la obscenidad. El centro sabio de la pornografía. Un sonido fundamental para ser sensible. Un alma buscaba. Buscaba los motivos para la respiración, para le latido, la caca y el pis. Buscaba una sombra que proyectar cuando fuera mediodía. Un reflejo en el agua que le corrija la carne. Una víscera buscaba. Buscaba el otro nombre de febrero. Una intensidad vagamente olvidada. Un tajo viejo buscaba. Buscaba metáforas en los manteles, cielos profundos, mapas del deseo, auroras altas y blancas. Patios internos buscaba. Buscaba una exactitud en el manejo de las flechas. Un desierto perdido buscaba. Una manera de decir papá. Una raíz alta y larga. Buscaba un agua que sentía en los zapatos desde siempre. Una humedad ontológica. Buscaba en el tiempo el instante justo de su muerte. Buscaba la desnudez exacta, la desnudez necesaria, la desnudez perdida. La mentira justa buscaba.

domingo, 20 de noviembre de 2011

El sabio

                                                                                Tenía un grillo entre las sienes
y sabía decir mariposa.
Lo demás lo ignoraba.
(Ana Emilia Lahitte; "La niña extraña")


Sabía que la velocidad de la luz no es la misma que la velocidad de la sombra. Sabía la palabra alma. Sabía que hay que cruzar millones de agua dulce para llegar al desierto. Sabía la palabra sueño. Sabía que no hay relámpago que sobreviva a la noche ni trueno que no caiga sobre sí mismo. Sabía la palabra rumbo. Sabía que toda constitución comienza con nosotros y que casi nadie ha escrito una constitución. Sabía la palabra dueño. Sabía que no es la misma la composición del agua de la lluvia que la de las lágrimas o las lagunas. Sabía la palabra niño. Sabía que no hay manera de salir porque no existe el adentro. Sabía la palabra bueno. Sabía que en las esquinas se esconde un misterio creado por dos líneas que se juntan. Sabía la palabra nada. Sabía la palabra nunca. Sabía la palabra nadie. Sabía bailar solo y a lo lejos una danza ritual alrededor de la palabra fuego.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El preso

a  Daniel Freidenberg

Amaneció preso. Líneas verticales de hierro negro rayaban los guardapolvos blancos de los guardiacárceles. Se ve que llovía porque la palabra fue difusa bajo un cielo de chapa doblada. Y había olor a una vieja tormenta. Y era más alto cada vez que se sentaba en las barras de madera del suelo. No escuchaba que de afuera le pedían perdón. Olía la rabia y la desolación pero no sabía de dónde le venía ese perfume. Estaba atado. Se dio cuenta cuando quiso escribir una cruz roja en la pared. No pudo marcar los días. Fue siempre un lunes a la mañana. O un domingo a la tarde. Y llovió mientras estuvo. Se dio cuenta porque tuvo frío y humedad en los dedos apretados de los pies. De afuera los hombres blancos rayados de negro lo cuidaban. Supo así que era un hombre peligroso. Temió por los guardiacárceles que eran fuertes y altos. Tenían un gesto de debilidad o amistad ontológica en sus músculos de acero. La cárcel se incendiaba. Lo supo por los gritos inaudibles que pedían socorro. Por el silencio lo supo. El humo lo confirmó. Los guardapolvos bien mirados eran grises y negros ahora. Y llovía. Estaba desnudo. Lo supo por su posición cada vez más infantil, más ventral. Estaba solo y lejos. Y llovía siempre. Lo supo porque las palabras de sus amigos altos y fuertes quedaban desarticuladas y mojadas al borde de las rejas verticales. Con gesto de auxilio. Con las manos agarradas a las rejas. No escuchaba que de afuera le pedían perdón. Y agua. Un vaso de agua.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Decálogo del buen viajero

  1. Lo esencial es invisible a los textos  o  Todo sujeto es tácito

  1. Un buen libro es el producto inestable de un soliloquio más o menos mudo en diálogo infecundo con un lector más o menos sordo

  1. Un buen libro nace clásico, crece viejo

  1. Toda palabra debe hacerse respetar, incluso antes de merecer el respeto

  1. Una camisa sabiamente escurrida a mediodía deja un curioso charco sobre el barro. Ese poco de agua sucia se llama literatura. El resto se llama camisa.

  1. De la pena la savia, nunca la pena

  1. Entre la libación y el mordisco existe la misma distancia que entre la mariposa y el chancho

  1. Un pájaro hermoso desciende siempre de un pájaro hermoso, o de una cabra

  1. El olvido es la única moral exigible a un artista

  1. Hacen falta litros de sudor para dar con una gota de perfume

  1. No suena igual el viento sobre un junco que sobre una cuerda de arpa

  1. Ningún genio ha abandonado una lámpara que no haya sido mil veces  frotada

  1. Hay puertas que se abren golpeando ventanas

  1. La labor de la lima debe ejercerse primero sobre la propia lima, luego sobre el hombre que lima, y finalmente sobre el hierro, aunque ya casi no haga falta

  1. Sólo la amnesia produce nuevos textos

  1. Todo nombre propio fijado en un libro es el seudónimo presumido u olvidadizo de la historia de la literatura

  1. La mayor literatura tiende a la ciencia 
  2. Desnudos somos menos. 

jueves, 3 de noviembre de 2011

Comala. La patria de la escritura

"Vine a Comala porque me dijeron
que aquí vivía mi padre"

Juan Rulfo; Pedro Páramo



Empecé a escribir una mañana de Pehuajó, soleada, sobre un acolchado inolvidablemente amarillo, rugoso, en medio, repito, en medio de un desesperado y caudaloso llanto. Me inventé un lector. Apunté alto me acuerdo. Era Dios. Escribí confesionalmente, desaforadamente, no importa si mal, un dolor que, según comprobaba, la escritura conjuraba. El llanto y la escritura terminaron juntos. Diez o quince minutos después. Yo tenía pocos años, pero no tan pocos. Entonces sospeché quizá la primera tragedia de mi vida. Si el llanto me da la escritura y la escritura me quita el llanto, la figura que me dibuja lleva forma de círculo. Y el círculo es una geometría cerrada. ¿Sería preciso el dolor para invocar la escritura? ¿La escritura sería el final del dolor, es decir de la escritura? ¿Los círculos eran renovables? ¿O era pues un suicidio de la propia escritura?
     Por mucho tiempo no lo supe. Porque cada vez que quise descartar esa idea por romántica o infantil, recordé que el llanto es el nombre genérico de una pulsión que no por tener varios nombres ni carecer de humedad desmiente su origen de llanto. Sí, es el llanto el padre de la escritura. Y el nuestro también. Porque este texto, por piedad o pudor, por no escribirse como aquel primer texto, quizá mal, no quiso comenzar de la siguiente manera. Empecé a escribir porque buscaba a mi padre.