Es febrero.
Las chicharras han vuelto a estas calles después de años.
Lo sabemos.
Vivirán ciegamente lo que tarden en multiplicarse.
Luego se irán.
Todos obedecemos a Dios.
Incluso los que no creemos en él.
Literatura
Es febrero.
Las chicharras han vuelto a estas calles después de años.
Lo sabemos.
Vivirán ciegamente lo que tarden en multiplicarse.
Luego se irán.
Todos obedecemos a Dios.
Incluso los que no creemos en él.
Te vi llegar,
te vi ser como una gota azul
en el agua trasparente,
te vi estar,
difundirte como la luz,
que ilumina sin exhibirse,
y sin quedarse,
te vi resplandecer, como un astro, natural,
desinteresadamente,
te vi bailar,
te vi moverte
como una rama flexible
con el viento,
te vi ser feliz sin ostentación,
sin gestos,
sin privilegio,
te vi andar como una gota de luz
en lo profundo del océano,
te vi pasar,
te vi, al fin, retirarte, sin fragmentación,
sin soledad,
sin pérdida,
te vi irte sin mí,
sin mi silencio,
sin mi fascinación,
sin mi coraje.
Quiero tener una vida que te contenga,
quiero tener un jardín,
tiempo libre,
árboles crecidos entre nosotros,
árboles jóvenes
y árboles para ver llegar,
que nos muestren el tiempo suyo,
el tiempo inflexible de su vida,
quiero necesitar de vos cuando me llegue la fiebre,
o la vacilación, o la miseria,
o la felicidad, también,
quiero no renunciar nunca a ese estado
frágil de beatitud,
de esperarte,
quiero cerrar la puerta y que me esperes,
abrirla y que me esperes,
pedirte por favor,
decirte adiós y gracias,
compartir el agua y el pan,
no poder hacer del todo mis cosas sin tu aprobación,
sin tu juicio,
sin tu silencio, o tu bendición,
quiero tener una vida que te suponga,
que te postule,
que te lleve en sí como una causa,
quiero construir una vida con patios, con rutas,
con escaleras,
con juegos de mesa,
con campos, con naranjas,
con árboles de manzanas,
con argumentos amplios sobre Dios,
quiero una vida con almuerzos, con cenas,
con vida de entrecasa,
con ropas desinteresadas,
raídas o buenas,
con balcones, con terrazas,
con bailes fragmentarios e imprecisos,
con guitarras,
con pérdidas, con celebración,
quiero un viaje interminable que comience ahora,
en este justo momento,
¿sabés?
una procesión,
un suelo en que a lo largo del día,
pero también en lo más trivial de tu ausencia,
y cuando llegue la noche,
se escuchen de nuevo tus pies.
Verde es el campo,
verdes las hojas del buen duraznero,
verde es el tiempo,
eso que está mientras somos eternos.
Verde es el trébol,
verde es el mundo habitual del caballo,
verde es lo cierto,
esa textura de Dios en los prados.
Verde es el monte,
verde el refugio seguro del ave,
verde es su canto,
eso que nunca aprendió pero sabe.
Verde es un huerto,
verde es la vida que crece en la lluvia,
verde lo eterno,
un más allá de mi mano y la tuya.
Soy una piedra en reposo,
un río lento sin espuma,
la vibración de una cuerda,
el resplandor de la luna.
Soy un árbol silencioso,
la sombra lenta en la tarde,
los pies serenos de un hombre
que han decidido quedarse.
Soy lo que talla una pluma
y lo que queda sin nombre,
soy el pedazo de cielo
en la ventana de un hombre.
Quiero vivir poco a poco,
hasta gastarme la vida,
quiero ser quien se lastime
y ser quien bese la herida.
Soy la lluvia que a la tarde
está cayendo de nuevo,
soy los círculos del agua
en los reflejos del cielo.
Soy la lengua que se estira
en cada sitio de agua,
busco los mares profundos
en cada rosa mojada.
Soy una antigua vasija
que guarda un agua bendita,
soy en la fronda del monte
la rama más escondida.
Quiero ser ya para siempre
esto que siempre yo he sido,
ese pájaro de lejos
que busca un cielo perdido.
Era sensible al tilo,
al jazmín,
a la flor del paraíso.
Era sensible al plátano, al laurel,
a la sombra que se pierde
en los árboles caídos.
Era sensible al placer
del caminar,
a la magia muscular del equilibrio.
Era sensible a los nidos
de ciudad,
a la forma de vivir en los abismos.
Era sensible a las palabras,
y al dolor,
y a la gran sabiduría de los ríos.
Era sensible al amor,
y a la falta de amor, también,
cuando ya no éramos los mismos.