Literatura
Pensar que por ese mar
vino su barco de espuma,
nunca vi su rostro claro
en lo bello de la bruma.
Nunca vi su rostro claro
ni sus manos a lo lejos,
tan lejana y tan real
como una flor en un sueño.
Tan lejana y tan real
que mis manos no pudieron,
la playa fue de cristal,
de cristal fue todo el cielo.
La playa fue de cristal,
en lo fugaz, en lo eterno,
todo fue tierno y atroz
como una rosa en el fuego.
Todo fue tierno y atroz
como dos ángeles muertos,
un barco atado a la playa
como al fuego se ata un leño.
Un barco atado a la playa
entre la espuma del mar,
quizás las olas lloraban,
yo no las pude escuchar.
Quizás las olas lloraban
yendo y huyendo a la luna,
pensar que por ese mar
llegó su barco de espuma.
Pensar que por ese mar
trajo sus pies a la tierra,
no sé qué amé cuando amé,
ni sé qué falta siquiera.
Pues nunca la vi de día…
quizás nacía en la noche,
con sus zapatos bajitos
y sus piecitos de bronce.
Ni vi el sol en su cara,
en sus granitos de cobre,
yo no vi cambiar su piel
desde la miel hasta el roble.
Yo no vi llegar septiembre
a sus manos distraídas,
yo no vi la luz del sol
llenar de luz sus pupilas.
Yo nunca vi entre sus ojos
crecer la luz con el alba,
ni el sol creciendo de a poco
con su sombra por la casa.
Cómo pude enamorarme
de esa voz bajo la luna,
cómo pudo saber Dios
que eras vos o que ninguna.
Como el tiempo silencioso,
ella se fue con la noche,
se llevó como un bandido
sus ojos de miel y cobre.
Se llevó como un bandido
su rastro hundido en la arena,
su barco estaba tan listo,
faltaba un soplo en las velas.
Su barco estaba tan listo
que nunca fue de la orilla,
del mar traía sus ojos
y al mar volvió con su vida.
Del mar traía sus ojos
a mi tierra bendecida,
nunca bajó de su barco
su voz liviana y sencilla.
Nunca bajó de su barco
su solitaria paloma,
el mar estaba en sus manos
como el viento en la gaviota.
El mar estaba en sus manos,
eso yo lo supe siempre,
fuimos cómplices de un vuelo,
no lo amarillo en lo verde.
Fuimos cómplices de un vuelo,
pues se hizo hermosa la tierra,
como el tiempo silencioso
deja su forma en la arena.
Como el tiempo silencioso,
ella se fue con la noche,
hoy su perfume es del agua,
su piel del trigo y del bronce.
Por esos mares de espuma
se fue su barco de arena,
quedó su ausencia en la playa
como una forma en la niebla.
Quedó su ausencia en la playa
como una rosa serena,
que poco a poco se esfuma
sobre la faz de la tierra.
Que poco a poco se esfuma
como un ave que se vuela,
una parte se va al cielo,
otra en el alma se queda.
Una parte se va al cielo
como un cometa de seda,
y en el agua queda un tajo
que poco a poco se cierra.
Y en el agua queda un tajo
que sobre el tiempo se pliega,
por esos mares de espuma
que poco a poco se aquietan.
Por esos mares de espuma
se fue su barco de arena,
y un hombre busca a lo lejos
el sol hundido en la niebla.
Cuando algo se va por el alba sin ruido,
sin conmiseración y sin violencia y sin desesperación,
y se hace pequeño y esfuma a lo lejos,
cuando algo se va casi sin haber venido,
y un barco se va de vos con sus rosas y con su espuma,
cuando algo que te dio el amor desaparece, en altamar,
cuando las sogas del muelle se enrarecen y se cortan,
cuando alguien que te dio las horas te deja en el tiempo perdido,
cuando alguien que no ha nacido del todo se va,
cuando tu mano se despide y en el mar quedan las olas y el agua,
cuando en el surco del agua ves la forma de la vida prometida,
será cierto entonces que aquí un día hubo alguien, te preguntás,
hubo algo una vez más que vos y tus deseos de mar,
cuando los cantos que llegaban a la tarde ya no llegan,
cuando las aves que llegaban a la arena ya no llegan,
entonces se hace líquida lentamente la carne del cuerpo,
se deshojan en silencio las sombras tibias del agua,
se ven las rosas en el agua desaparecer,
y un tiro suave y silencioso te perfora como un ave el corazón.
Joaquín era un hombre sencillo, de hábitos modestos y de vida serena. Bienamado por los dioses eternos y respetado por los ciudadanos de su polis. Un día Joaquín descubrió, casi por azar, las mieles de los placeres del cuerpo. Su vida adquirió entonces un aspecto borroso y volátil. Los dioses sospecharon de él. De día leía las obras de los grandes hombres que lo precedieron, de noche buscaba el amor de una u otra mujer. Los dioses, que lo miraban, comprendieron con pena el exabrupto y se lo llevaron de la vida. Murió en el río, dicen, ahogado, atrapado entre dos piedras inverosímiles e inhabituales. Los dioses lo trasladaron a los infiernos. Fue condenado a pasar sus noches eternamente con mujeres hermosas, con las que acaso quisiera pasar su vida, sin poder jamás enamorarse de ninguna de ellas.