En este momento preciso de lucidez
voy a decirte que te quiero.
No me escuches envuelto en la ira,
ni en la inocencia,
ni en la debilidad.
No me escuches siquiera en medio de la noche,
o entreverado en el sueño
o en la resignación.
Escuchame ahora,
que estoy lúcido,
que entiendo con certidumbre,
con claridad.
Escuchame ahora que sé exactamente lo que quiero,
lo que necesito,
lo que rechazo,
lo que pretendo.
Oíme ahora que afirmo frente a vos
sin vacilaciones
que te quiero.
No lo olvides mañana,
cuando me falte la lucidez,
cuando tenga hambre, frío o sueño,
o lujuria o soledad.
Quedate con estas palabras que te escribo ahora.
Son ciertas.
Te quiero.
Ojalá su peso deshaga las hojas caídas de todas las demás.
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