Pues nunca la vi de día…
quizás nacía en la noche,
con sus zapatos bajitos
y sus piecitos de bronce.
Ni vi el sol en su cara,
en sus granitos de cobre,
yo no vi cambiar su piel
desde la miel hasta el roble.
Yo no vi llegar septiembre
a sus manos distraídas,
yo no vi la luz del sol
llenar de luz sus pupilas.
Yo nunca vi entre sus ojos
crecer la luz con el alba,
ni el sol creciendo de a poco
con su sombra por la casa.
Cómo pude enamorarme
de esa voz bajo la luna,
cómo pudo saber Dios
que eras vos o que ninguna.
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