¿Podré volver a verte?
¿Podré torcer el camino y cruzarme de nuevo con el tuyo?
¿Seremos dos la próxima vez que mire inclinarse el ceibo
sobre el río?
¿Estarás en un bosque conmigo?
¿Tan lejos estás?
¿Podré volver a verte?
¿Podré torcer el camino y cruzarme de nuevo con el tuyo?
¿Seremos dos la próxima vez que mire inclinarse el ceibo
sobre el río?
¿Estarás en un bosque conmigo?
¿Tan lejos estás?
Buscamos la poesía en las gotas de agua suspendidas en el aire,
diminutas,
que aún no han caído, una tarde de tormenta,
en la ciudad,
y que deciden sin saberlo, claro,
la forma de una nube,
buscamos la poesía en la fórmula célebre de Newton,
que explica el mundo físico
(desde la caída ondulante, lenta y silenciosa de la pluma de
un ave que pasa
o el movimiento pendular de las mareas,
hasta la atracción increíble de los astros en el universo,
su inmovilidad o su movimiento,
o la proximidad de cualquier cuerpo)
en una aritmética precisa que cabe en la cáscara de una
nuez,
como un Aleph pequeño, en donde cabe todo, pero todo,
diminuto en la pared,
buscamos la poesía en Darwin,
que fue de la materia al pensamiento,
y le dio al tiempo una materialidad y una fuerza de la que
carecía,
también a todo lo mínimo, lo leve, lo gradual, lo sutil,
lo cambiante, lo presente,
al mundo que se mueve en silencio, imperceptiblemente,
a lo largo del tiempo,
y de pronto el mundo fue un sitio creándose, a cada
instante,
ahora, por ejemplo, ¿lo ves?,
buscamos la poesía en el ajedrez, claro,
que crea una obra de arte mientras acontece (un ajedrecista
lo dijo),
entre el azar y la maestría,
entre dos que se enfrentan,
buscamos la poesía en las lenguas extranjeras que adivinamos
poco a poco,
y nunca sabemos del todo,
y que son como una mujer hermosa detrás de un velo
apenas transparente,
exhibiendo y ocultándose, a la vez,
buscamos la poesía en las palabras,
que traen subrepticiamente lo que nombran,
a veces también, claro, en las palabras de los poetas,
que nos enseñaron a buscarla
y a pensar que lo que se dice una vez puede quedarse
para siempre en la memoria,
como la palabra más larga del mundo,
buscamos la poesía en el aleteo tembloroso de una bandada de
flamencos,
en el campo, siempre lejos,
que aún no alzan el vuelo, pero ya se sienten ansiosos,
podemos verlos,
y luego en el vuelo,
que los revela en lo naranja y en lo negro,
casi mágicamente (¿podés sentir la sorpresa, la alegría? ), detrás
del rosa,
que de algún modo los oculta,
buscamos la poesía en la complejidad minuciosa de la vida de
las abejas,
en sus formas hermosas de carecer de la palabra,
en sus formas del amor y del odio, que sin embargo quizás no
sienten,
en la vida repetida de las hormigas, que acaso no deciden,
ni vacilan, es decir que son divinas,
de las aves migratorias,
que repiten un camino destinado por ellas mismas cuando
fueron otras,
para sobrevivir,
para prolongarse en su especie,
buscamos la poesía en lo mínimo de un fuego encendido,
y en Schopenhauer, y en Borges, y en Shakespeare,
y en los primeros griegos,
que nos invitaron de un modo u otro a que lo miremos,
a que nos detengamos en él, sensible, respetuosamente,
porque en él puede estar todo,
mientras ocurre,
buscamos la poesía en una mujer semiolvidada, aún,
y en otra que ahora apenas vislumbramos
pero cuyo nombre ya comienza a distinguirse lentamente de
los otros,
Cecilia, María, Guadalupe,
y que vemos parcialmente como el cuerpo de un enigma
acercarse silenciosamente a nuestra vida,
buscamos la poesía, y la encontramos, a diario,
en la rutina cuidadosa del traspaso del agua,
a la mañana,
en el ruido creciente y en ascenso de un líquido subiendo por
el vidrio,
en Macarena, que es siempre hermosa y huidiza,
(¿la recordás, podés sentir cómo se acerca y se va?),
en el color de un acorde en la guitarra que no sabemos por
qué nos la recuerda,
en el aleteo suave de la zamba,
que nos suena siempre desde adentro,
en el canto y en el baile de la zamba,
que nos vuelve bellos y graciosos,
aún sin antes ni después volver a serlo,
buscamos la poesía en cuanto existe, quise decir,
quiero decir, aún,
tal vez como una condena,
como una necesidad primaria y principal,
buscamos la poesía en nuestra curiosidad, en nuestra
ignorancia infinita
y creciente,
buscamos la poesía para que nuestra insignificancia no sea
la de todo,
la de todos,
buscamos la poesía para salvar el mundo cada vez que lo
miramos,
que lo vemos estar,
porque intuimos que está ahí, tras el velo inconcebible de
los sentidos,
y queremos creer que hay allí una belleza abandonada,
como quiso creer Jaime,
en los bordes de una zanja, ¿te acordás, Fer?,
en los pastos crecidos de un solar en el pueblo al que
volviste,
en un caballo que espera,
en vos y yo, que estamos mirándonos, a oscuras,
quizás esos sean los signos de nuestra desesperación,
de nuestra incredulidad,
pero también de nuestra ilusión, por qué no,
de salvarlo a Dios, quién si no nosotros, quién si no,
si lo hemos creado
(las aves, las plantas no tienen dioses o ellas mismas lo
son),
cuidarlo a Dios, quién si no (¿me ayudás?),
que debe haber sido un ser triste y hermoso,
me hubiese gustado conocerlo,
podemos imaginarlo ahora buscando la felicidad, solo,
o al menos una forma de la justificación,
¿de sí?, ¿de lo que estaba a punto de crear?,
¿de su dudosa existencia?,
quizás buscando cierta forma de paz,
mientras algo dentro de sí,
que no era del todo él, pero lo alumbraba,
como una luna desde adentro de la noche,
creaba las leyes de este oscuro, increíble universo.
este poema está dedicado
Pasaron por mi vida vestidas de actrices,
todas ellas,
es decir desnudas,
casi todas compartieron mi cama,
mi baño, mi calefacción, mis copas de vino,
inlcuso entre un zorzal y una paloma,
al pie de un eucaliptus,
en el medio de una plaza,
o escuchando los gorriones interminables de la mañana,
desde nuestra larga noche en desorden,
sé que casi todas se enamoraron,
increíblemente,
por compasión, por simpatía, por desgano, quién sabe,
son tan impredecibles,
o por no ver así a un hombre solo,
celeste y chiquito, una vez una de ellas lo dijo,
con su impunidad de siempre,
o simplemente porque se enamoran de todo,
porque algunas veces he sentido que no distinguían entre las
cosas,
como si el mundo entero fuera de su especie,
y casi todas me abandonaron, también, sin escándalo,
sin ruido, casi como por natural desprendimiento,
por fastidio, por desolación,
por aburrimiento,
por descubrir tarde
que sería mi mejor versión cuando escriba una canción,
un poema, un mensaje, una carta, un borrador,
que nunca seré al fin un buen compañero,
quizás ni siquiera un buen amante,
y las vi sufrir como jamás vi sufrir a nadie,
borrachas, riendo, haciendo el amor,
desaforadamente,
gritando en silencio,
dejándose ver perdidas a la luz de la luna de una terraza,
una ventana o tras las rejas queridas de un balcón,
y me hicieron crecer a fuerza de mostrarse,
de dejarse ver, nada más, vivir,
de vivir ante mí, sin gestos,
ni siquiera para mí,
y yo atónito, pequeño, insignificante,
ante un mamífero de pronto desnudo, cordial,
mostrándome el fondo de la raza,
llevándome al principio de los tiempos,
dejándome en lo anónimo,
en lo principal,
en la canción de amor más descarnada,
dejando para mí las palabras chiquitas que tenemos los
poetas para hablar,
esas son las actrices,
las que se enamoran de todo lo que late
abajo del tablón,
esas son las actrices,
las que no saben vivir, y lo exhiben cuando viven,
las desmedidas,
las que adolecen de todo lo humano,
de todo lo vivo,
pero quizás de nada más,
las que no saben mentir,
y no hacen otra cosa que mentir, quizás a despecho de sí,
esa farsa son,
yo las vi de cerca, muy de cerca, y nunca pude sostenerles
la voz,
la mirada,
el cuerpo cerca,
yo las vi de cerca y nunca me enamoré del todo,
quizás porque son de juguete allá adentro,
allá abajo, allá en el fondo,
no hay de qué enamorarse quizás porque no hay un alma
detrás,
a veces pienso,
son tal vez el pedazo más frágil de humanidad, más mudable,
más honesto, más real,
las actrices,
yo las vi hermosas por la ciudad,
porque son animales de ciudad,
corriendo bajo una lluvia creciente,
rezando al sol en la catedral,
abrazadas a un árbol sin hojas en un bosque,
besando un cristo en el que no creen,
difuminando humos perfumados en la sala,
en la habitación,
yo las vi borrachas en el límite peligroso del balcón,
pidiendo sin palabras que la vida las absuelva,
o al menos las trate mejor,
yo las vi viviendo con ternura y horror todo lo absurdo,
lo intolerable, lo trágico,
lo que da risa de tanto mirar,
y pasaron por mi vida indistinta,
como pasaron antes y después por la de otros,
las actrices,
sin buscar en mí lo memorable, ni lo inmortal,
ni una poesía que las nombre,
se burlaron de mí como de todo,
se burlaron de ellas también como de mí,
y me dejaron objetos como sin querer para que las recuerde,
sé que sí,
un escudo azul de tela, una campera raída, un llavero,
una mancha de café en el sofá,
porque eso es en lo único que creen,
en los objetos, en la materia,
y a eso le llaman amor,
¿por qué no?,
yo no sé por qué mi vida un día se llenó de actrices,
morochas, rubias, castañas,
jóvenes y viejas,
siempre hermosas,
y me dejaron adivinar que no saben vivir fuera del papel,
que el círculo de un escenario es la protección y el
sentido,
el breve cielo que en un infierno puede caber,
que ven animales feroces allá abajo de las tablas,
y a veces quisieran nunca más bajar,
y luego se muestran, porque se muestran, desorientadas,
perdidas,
esa es su vida,
nunca saben por dónde ni cuándo va a salir de nuevo el sol,
¿es que les importa?,
y ellas saben quizás con resignación que yo nunca seré de
los suyos,
que nunca me elevaré hasta ellas,
y me han querido siempre, lo sé, como se quiere a un bebé,
a una mascota pequeña,
a un héroe de porcelana que ellas mismas crean con sus manos
de artesanas
y en el que nunca llegarán del todo a creer,
dejaron en mi vida una poesía sin palabras,
una vida mejor,
una estela sin rumbo,
un barco alejándose entre el cielo, los dedos de la mano y el
mar,
olor a llanto, a sexo, a lluvia, a planta perfumada,
a hoja de laurel,
a escenas de mí mismo, a falso recuerdo,
a imagen que se enciende y se va,
la última actriz que conocí se llamó Macarena,
(ese no es el nombre, se imaginan, pero sé que no la podría
nombrar),
crecimos juntos o quizás ella sin saberlo me crió
y se fue haciendo en el tiempo mucho más grande que yo,
más lúcida, más comprensiva,
más elemental,
hasta que una noche como una buena madre me dejó volar,
o se dejó volar a sí misma, mejor, sin duda que sí,
me sirvió una copa de vino,
salimos al balcón,
se puso en frente de la luna, se hizo mirar,
agradeció,
me escuchó sin énfasis ni mentira,
estaba desnuda,
sonrió y dijo sus últimas palabras
y con una suavidad que yo ya le conocía,
sin violencia, con ternura,
casi con felicidad,
me anunció que ya era hora de partir,
que ya era tarde,
¿acaso no veía la luna?,
¿no le daría un último beso al irme?,
que al fin se cerraba el telón.
En la respiración de las plantas vivo,
o en la conciencia increíble de que las plantas,
ahora y como yo, como nosotros,
ahora mismo,
están respirando,
en los abrazos profundos, sin restos,
abandonados, vivo,
mucho más allá de la superficialidad de las palabras,
que son como viejas monedas,
quizás casi todas vencidas,
en la serenidad casi inverosímil de Camila vivo,
que la escinde de todo lo demás, a veces, y en su sonrisa,
que viene también del dolor, lo sé,
y nos conmueve,
en el amor sin cálculo de Guadalupe vivo,
que también vive de ese amor,
que la alimenta,
en la belleza inexplicable de un instante de música de
Chopin,
que es lo inexplicable, vivo,
en los bordes imprecisos de su forma,
en las palabras que busco para decir de nuevo lo mismo, otra
vez,
lo único necesario,
lo que preciso para vivir, vivo,
que te amo, que soy feliz, que sufro, que temo,
que estoy desesperado,
que adoro todo lo que me rodea, también,
una hoja, un piano, la virgen, el tablero de ajedrez,
el sol que tras el vidrio lo ilumina todo,
para decirte que es la herida la que habla, la llaga viva, vivo,
en esa llaga,
en las palomas que bajan caudalosamente los domingos vivo,
en la esquina,
y en la mano invisible que las alimenta,
en las golondrinas que buscan un viejo nido, cada año,
increíblemente,
en un viejo galpón de campo o en los huecos fortuitos de una
madera,
en el alero de una casa para nosotros indistinta,
en el amor interminable y estacional de una guitarra que
heredé de juglares
que culminan en mi padre, vivo,
con una intensidad inmóvil que quizás sólo se comprenda de adentro,
en las rosas de mi madre vivo,
que son eternas,
en mi madre misma vivo, que es infinita, inmarcesible,
en la ilusión de ver los lirios en el campo, un día,
y nombrarlos, también, vivo,
en el deseo de tocar un día el piano, ese instrumento
divino,
que permite decir con muchas cosas una sola cosa mayor,
quizás la expresión de un alma,
como Chopin,
y en todas las cosas de este mundo milagroso que no tengo,
vivo,
y que por alguna curiosa razón ni siquiera me faltan,
en el aire de la rambla que me cruza vivo, a la tarde,
como una hoja, vivo,
como un ave migratoria imaginaria que se quedara en su
lugar,
que ni siquiera sabe si es el suyo, vivo,
a lo ancho como el mar vivo,
en toda su amplitud,
como una pluma suelta y liviana en el aire vivo al azar,
casi involuntariamente,
y la vida es lo que queda del viento,
casi afuera de mí, quiero decir, vivo,
casi desnudo,
entre todas estas cosas que me dejan delgada, finísima,
casi translúcida la piel.
Todos vimos en el cielo
la luna blanca,
como una inmensa moneda
de porcelana.
Todos alzamos al cielo
nuestras miradas,
y éramos tan pequeños
y ella tan alta.
Era blanca la llanura,
los sauces blancos,
blanco el velo que la noche
bajaba al campo.
Era blanca la laguna,
caminos blancos,
blanco el brillo de las hojas
de los duraznos.
Y todos fuimos
creyentes
de ese milagro,
la luna estaba
extendida
por todo el campo.
Como un alba a medianoche
trajo la luna,
una mañana sin aves
en la laguna.
Una mañana en la noche
en pleno cielo,
pudimos ver nuestra sombra
quieta en el suelo.
Pudimos ver nuestras caras
blancas de asombro,
la hierba blanca y la blanca
luz en los otros.
Y es un mundo transparente
lo que miramos,
es de noche y amanece
en todo el campo.
Y todos somos
creyentes
de este milagro,
está la luna extendida
por todo el campo.
Unas breves palabras sobre el Meme
Si bien la palabra que los nombra
es indigna de eso que nombra, cosa que no pasa, por ejemplo, con el jazmín del
país, con el roble americano, que lo mejora, con la Plaza San Martín, que la
merece; si bien el nombre, digo, degrada la pieza que nombra y en parte
contribuye a quitarle prestigio, (al menos para quienes se fían demasiado en
las formas), el tono de nuestra época, lo creo profundamente, está diseñado,
encarnado o simbolizado por eso que triste o resignadamente llamamos meme. Conozco la historia del nombre,
pero eso no lo justifica ni nos importa. El meme en su sentido más cotidiano,
no académico, esa imagen que viene acompañada, en diálogo ingenioso con un
texto, está como ganada de su propia vocación de parodiar, de su propio
grotesco desde el nombre. Pero olvidemos el nombre y halemos de esa pieza
cultural que toda persona de bien recorre a diario, espasmódicamente. Humor,
brevedad, síntesis, ingenio, imaginación, escepticismo, hedonismo, espíritu
estoico, grotesco, autoreferrencia, volatilidad, organismo que se multiplica a
sí mismo, metáfora, collage, surrealismo, imagen y texto. Todo está allí. Es el
aleph de nuestro tiempo. Si alguien, en un tiempo futuro, quisiera saber cómo
sentía profundamente la sociedad de nuestro tiempo, no sus elites, no sus
académicos, sino la gente digamos de civil, debería seriamente ponerse a estudiar
memes. Sería un trabajo de arqueología cultural divertido. O quizás no; sólo habría
que saber con qué se reirán o simplemente simbolizarán la realidad en ese
futuro lejano. Vivimos un tiempo que, saludablemente, quizás sabia y
desesperadamente, ha decidido salir de la seriedad, de la solemnidad, del
lamento, de la queja y el tono grandilocuente de la tragedia. Dije del tono; no,
y por eso el meme llega a veces a lugares insospechados, ontológicos o
metafísicos, del contenido. El meme es aquel intervalo en la vida, porque
siempre es un intervalo, que, como una buena intervención psicoanalítica, te
arranca del goce de sufrir (“el goce de estar triste”, dirá Borges), de tomarte
demasiado en serio. Digamos que en algún sentido es nuestro memento mori, nuestro recuerdo
permanente, divertido y comunitario, de que un día vamos a morir. Ese es, creo
yo, el espíritu general que lo aviva y lo reproduce. Ese es el chiste que está
por debajo de todos los chistes, el humano. La broma de nacer y morir de quien
ni siquiera, como en los memes, conocemos el autor. Por primera vez quizás
hemos llegado de veras a la certeza de que estamos de paso, de que no hay más
vidas; eso que ya no es retórica ni poética, sino sensibilidad profunda. Está
detrás casi de cada acto. Acaba de llevarte el auto la grúa, sabés que no
tendrás dinero para pagar el acarreo, que vendrá una multa, un disgusto, que te
enfrentará a tus limitaciones y a las del sistema que te contiene, y recibís un
meme que te arranca, porque te la arranca, una risa. Habría que ser muy canalla,
hipócrita o infantil para pensar que reírse es un acto de irresponsabilidad o que
lo produce. No es así. Tendremos que ir de todos modos al juzgado de faltas o
simplemente pagar la multa. Podremos incluso organizar una manifestación en
contra de los procedimientos abusivos, injustos o perversos de nuestra
dependencia municipal. La diferencia está en cómo se pasa ese tiempo de drama.
El meme, decía, quizás debiéramos
decir, el buen meme, está lleno de virtudes. Estoy convencido de ello. Una, que
no es para nada menor, es la de contar una historia de (y por) los que no hemos
ganado, que somos casi todos. Los memes suelen construir representaciones en
las que se contraponen los seres más o menos imaginarios que poseen el dinero,
la belleza, la juventud, la fama, el poder (todo en proporciones inaccesibles
para el ciudadano de a pie), todo lo que aglutina la palabra éxito para nuestra sociedad, para
contraponerlos con finalidad humorística a un yo que es un nosotros
grande como casi todo el mundo. El protagonista de los memes, que habla casi siempre
en primera persona, es quien no es eso imaginario y perverso que construyen los
medios masivos de comunicación y quizás también nosotros mismos, nuestros
héroes. Esa es una historia que se cuenta todos los días por las redes
sociales. Los libros de historia que digan lo que quieran.
Y es sabio también porque es
estoico y es epicúreo a la vez. Ese es el tono de nuestra época, ¿no es verdad?
Digamos que es un tango al revés. Releva las causas, los motores y móviles de
nuestra vida que no son prestigiosos, ni profundos, ni bellos, la mayoría de
las veces. No me despertó un mensaje tuyo de amor, dirá un meme, esta mañana, sino
las ganas de ir al baño. Ese gesto es el mismo que el de quitar una máscara. También
es como la poesía (cierta idea falsa de la poesía) al revés. Eso es por
supuesto un modo profundísimo de poesía. Excepto que la poesía no estuviera en
este mundo, entre otras cosas, para revelar lo que las palabras diarias
ocultan. Otra forma de ser profundamente poético es extraer la gracia, a veces
una rara belleza, su eficacia, en fin, de nuestras miserias, de nuestras
faltas, de nuestra esencial insignificancia.
Hablo sólo de estas cosas porque ya
hay ríos de tinta escritos sobre esta práctica masiva y cotidiana. Los que
tenemos una formación clásica no podemos dejar de ver en los memes especies de
fragmentos de la mejor literatura que hemos leído, pero eso no es necesario.
Creo que ese fragmentito breve y precario y efímero de realidad que es el meme
(que no cree tampoco en la posteridad) es una creación que se vale a sí misma.
Nos refleja mejor que nada. Es la mejor literatura de nuestra época, sin duda, o
la que mejor se adapta a ella. Claro que hay buenos y malos memes, como hay
buena y mala literatura. Claro que tienen la restricción que les da el género.
Claro que hay memes inmorales, de mal gusto, o simplemente bobos. Pero tengo la
impresión de que no son los que tienden a reproducirse más (o eso me dice la
percepción de las cosas que me dan mis algoritmos, como ha sido siempre).
Creo que en la historia de la
humanidad, jamás ha circulado mayor caudal de creatividad, de imaginación y de
humor. ¿No era eso lo que querían del sapiens? El grado de metaforización al
que venimos acostumbrándonos es mayor al de cualquier vanguardia, requiere de
un nivel altísimo de simbolización, y lo mejor es que es aceptado por todos,
porque no procedió por saltos, quizás, como quería Leibniz para el mundo
natural, sino por grados. Y porque se hizo desde y para nuestra sensibilidad.
Somos muchos, muchísimos a los que
esa pieza cultural y a veces artística que es el meme nos mejora la vida a
diario (la vida diaria y la del espíritu). Esa es una razón que no deberíamos
rechazar, quién podría rechazarla sin cinismo, para estar orgullosos de ellos.
Yo quisiera que estas palabras
fueran un gesto de gratitud a quienes a diario los crean y difunden en soledad
y en anonimato.
(Sé que esto es también una
idealización. Ya un meme, ojalá y bellamente, se burlará de mí)
Con el mar grande de fondo,
con las montañas de arena,
con los pinos perfumados,
así te quise, Macarena.
Con el color de la playa,
con el olor de la tierra,
con el murmullo del agua,
así te quise, Macarena.
Con los barcos a lo lejos,
con las gaviotas que llegan,
con la noche amaneciendo,
así te quise, Macarena.
Con el silbido del viento,
con las huellas que eran nuestras,
con tu pie subiendo al muelle,
así te quise, Macarena.
Y ahora en esta ciudad,
con estas luces que ciegan,
no sólo me falta el sol,
no sólo el musgo en las piedras.
Y ahora en esta ciudad,
y aunque te mire de cerca,
no sólo me falta el sol,
me faltás vos, Macarena.