Cuando
dos personas se aman, María, dos seres se retiran de la especie.
Empiezan a encontrar súbitamente, el uno en el otro, una pluma de
pájaro, una ola de mar, la orilla limpia de un río. Y nada o casi
nada en ellos que recuerde ahora al resto de la familia mortal. Son
tan reconocibles el uno para el otro, María, como podría ser para
cualquier otro distinguir entre un águila y un ruiseñor, un cuervo
y una alondra, un lobo de mar y una sirena. Quizás la diferencia
esencial sea que uno de los dos acaso no existe. Hay un ser en el
mundo, sin embargo, en ese instante, tan exterior y tan nuestro como
el agua que ya hemos bebido, el sol que ya hemos recibido, la sal que
ya hemos probado. Hay algo en el mundo tan esencialmente distinto que
lo conoceríamos a lo lejos aunque nos amputaran todos los sentidos.
Porque hay algo, María, cuando amamos, que nos sustrae de las algas
de la especie. Algo en él, algo en ella, no es del todo mortal. Un
puñado de pan, la nervadura de un árbol, un barco roto en altamar.
Dos seres mitológicos se buscan incesantemente como los remos
silenciosos de una canoa. Y nadie más sabe ahora dónde están, ni
cómo viven, ni cómo se llaman en realidad. Son los amantes. Una
especie parpadeante, divina que hizo Dios acaso para redimir al mundo
de todo lo demás.
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