Buscar este blog

lunes, 27 de enero de 2014

Claridad

claridad
se vuelan todas las abejas en tierra
sucede un silencio
calla
se arremanga la hoja limpia para no ensuciarse
clarea
se muere de magia la bruma para siempre
exactitud
el pájaro nítido deja una línea verde en el aire
despeja
las cosas y todo el resto desierto
se pule el aire en el cielo
abre
se van un zumbido de moscas
vuelan 
hasta desaparecer
lo que ayer fue ruido hoy escala en silencio las teclas de un piano
soledad
todo lo que existe sabe
nada está volcado hoy en el mantel
la leche derramada ayer hoy es niño jugando en el pinar
hoja el follaje
y la paz
el barro que persiste es más pulcro que la mar

martes, 21 de enero de 2014

Un clásico

Un clásico, nos lo hemos preguntado ya tantas veces, un clásico es un libro que, de no haberlo leído aún, “nos falta”. Un clásico, entonces, es, o tiene capacidad de serlo, una “deuda”. Una deuda que se paga, dicho en palabras de otro clásico, con “previo fervor”, pero deuda al fin. Y lo es porque es un mandato, un señalamiento cultural.
Leer un clásico en público, digo, leer un clásico en privado pero en público, a saber, en el asiento de un colectivo, en la sala de espera del doctor, en un bar, pongamos por caso, en cierto modo es un escándalo, y lo es porque subyace en el acto una confesión. La confesión de una deuda, la siempre tardía expiación de una culpa.
Y digo estas cosas y pienso que no exagero tanto. Y pienso entonces en lo poderoso que puede llegar a ser un mandato cultural, un reglamento social, una Ley.
Porque un clásico es ese libro que todo el mundo da por leído, aún cuando no todo el mundo lo ha leído. Estar en situación de lectura de un clásico, por ende, pongamos por caso para los argentinos, el Martín Fierro, es estar en falta, o, mejor, estar en la falta. La situación es compleja. El lector está menos leyendo que salvando una grieta, atravesando un vado.
Quizá con las “novedades” librescas pase otro tanto. Alejandra Pizarnik, un clásico, dijo que no se preocupaba por las novedades porque simplemente le gustaba la literatura. ¿Podremos decir lo mismo de un clásico?

sábado, 11 de enero de 2014

desde el vano

miraba la lluvia
el viento atroz
desde el vano
escuchaba a bartok
en la lluvia
en el viento atroz
desde el vano
presentía la destrucción
en la música de bartok
tras la lluvia
sobre el viento atroz
desde el vano
sintió piedad por los árboles
por la destrucción
en la música de bartok
o en la lluvia
o el viento atroz
desde el vano
no iba adentro
tampoco afuera
no era la lluvia
ni el viento atroz
ni la música de bartok
exactamente
no eran los árboles
ni la destrucción
sí la inminencia
la posibilidad
el humo indócil
el vacío intratable
entre la última página de un libro y la primera del otro

lunes, 6 de enero de 2014

Estado de lectura


más que una acción, un proceso, una decisión, un artificio

la buena lectura es ante todo un estado

una manera de estar quiero decir una manera de dejar el cuerpo
de llevarlo

la buena lectura se puede aveces
ocurre, acontece, pasa

deplora la circunstancia, la ocasión, la contingencia

es una manera de la distancia, de la soledad, del encuentro, de la exclusividad

lejos de ser un acto, un ejercicio, un gesto, un movimiento

la buena lectura es un modo de la pulsación

un ritmo cardíaco, un territorio, y hasta un modo de ser

que no por temporario deja de se eterno o intemporal

digo más

la buena lectura es también un Estado, un paisaje, un territorio, una jurisdicción

un puñado de leyes justas y el lector un ciudadano que se olvida

lejos de ser un sitio de paso 
la buena lectura es ese Estado que te aloja con vocación de para siempre
aunque un día se corta

un estado entonces y un Estado 
la buena lectura es un modo largo de la flotación

un latido, una manera, una respiración

no siempre que se lee, claro, se está en estado de lectura

ni se sortean siempre los altos fosos de ese silencioso país

se trata entonces de probar las alfombras
de probarse uno en las alfombras

algunas mantienen saludablemente el piso limpio

y hasta son hermosas

otras sobrevuelan el desierto de bagdag

jueves, 2 de enero de 2014

Un tren de carga vacío

a Juan José, que lo hace andar

un tren de carga
vacío
no es un tren de carga
ni está vacío
una inminencia
en todo caso
o un pasado obturado
detenido
las vías que esperan
pero se oxidan
la estación que aguarda
pero se engaña
ya nadie trepa los rencores del trigo
nadie estornuda con el polvo de cereal
un tren de carga
vacío
es más un jilguero callado en un cable de luz
un dios incluso
una escritura de nadie
que un tren de carga vacío
entregado a quien quiera treparle los fierros
eternamente en tren de salir
pero profundamente vacío
eterno quizás
en una vieja estación de junín