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jueves, 3 de junio de 2021

Los milagros II

 

Ingresa en el aire,

prendida del aire asciende,

recorta la parte del cielo que lleva su forma,

y luego,

persiste en el aire,

sin pausa,

aumenta la fuerza pequeña que da su caída,

después,

desciende,

y cae inaudible,

o apenas audible,

ingresa en el agua,

y entonces,

el agua la borra,

tan líquidamente,

el agua se bebe la piedra y comienza su danza,

un círculo así tan perfecto,

se aleja del centro

del sitio preciso en donde ha caído la piedra,

y sin deshacerse,

relieves del agua los círculos crecen,

se alejan, se extienden,

y nacen de nuevo,

y son como anillos,

como aros del agua,

van unos tras otros,

más rápidamente,

se agrandan y suman,

suceden,

tan naturalmente,

y la perfección de las formas más amplias

entonces se borran,

de a poco,

tan fluidamente,

así se deshacen,

y luego del todo ya desaparecen,

pues una tras otra las formas se apagan,

el agua ya quieta recobra su gesto,

su inmovilidad,

ya todo se apaga y acaso ya nada ha quedado,

excepto una forma,

lo terso de todo,

el agua insensible,

ahora,

sólo hay una piedra en el fondo del agua.

 

domingo, 23 de mayo de 2021

Elegía X

 

Hay veces que un roble cobrizo en el parque te salva,

te reconcilia, quiero decir, te restituye.

Hay veces que un árbol en la plaza, digo, acá cerca,

casi rojo, por momentos,

morado hacia las puntas,

impreciso en su gradación, en su prolijidad,

que nunca habías observado,

pero que estaba ahí,

porque otoños ha habido siempre,

pero algo en vos te llevó hasta ese roble color cobre ahora,

a ese sitio,

hay algo en ese árbol tan austero, digo, que a veces te salva,

te restablece, quiero decir,  te devuelve.

Hay algo en el otoño mismo,

incluso,

en los tilos amarillos,

en los fresnos que no habían sido nada en todo el año,

(como un jacarandá hasta que florece)

hay algo en esos liquidámbar,

en sus hojas como estrellas,

en las avenidas con hojas,

en las hojas en los vidrios de los autos,

de las casas,

en la lluvia incluso, que no se detiene,

que llega hacia vos y te excede,

que te deja mojado pero te ignora,

te antecede y te prolonga,

hacia lo que no sos vos,

que llega con impersonalidad,

con desgano, incluso, a veces,

o con fuerza involuntaria,

con fatalidad,

hay algo en las palomas que se fueron,

que sabés que van a regresar, cuando escampe,

pero que no están,

hay algo en la quietud vacía que produce la lluvia,

en esa intemporalidad,

o en esa detención más bien, de todo,

o en las cosas que crecen sin prisa, sin gestos,

distraídamente,

en las calles, en las plazas, que a veces te salva.

Lindo es comprobarlo.

Esa belleza, eso ajeno que te crece,

como un árbol,

después, adentro.

A veces un roble rojizo en el parque, decía,

la impersonalidad de la lluvia,

la belleza de lo que falta,

la elegancia sin gestos de lo que está, nos salva,

decía,

(nos devuelve la vida, la sabiduría, la esperanza,

las ganas de seguir esperando),

y hay veces que no.

viernes, 16 de abril de 2021

Elegía VIII

 

A veces siento que la realidad se me viene encima,

¿sabés?,

seguro que lo has sentido,

que la realidad es más grande que yo

(y sin duda lo es),

no sé,

las alacenas de la casa,

los bajomesadas,

el piso de la habitación,

la ropa en el canasto,

la ropa en el cuarto,

la ropa en el tendal,

los pelos caídos de los gatos

en el suelo,

mis alumnos,

no te miento,

los directivos de la escuela,

los papeles, el auto,

todo eso,

el polvo en los libros,

las cuentas sin pagar,

todo, todo se me vuelve encima,

como un ser gigantesco y sádico,

y yo que soy como un niño,

un niño con una guitarra y un teclado para escribir,

yo que me recluyo en los versos que recuerdo,

(creer que un cielo en un infierno cabe,

por ejemplo,

de Lope,

o cualquier otro),

en los misterios de lo metafísico,

de la psicología,

de la música,

en las cosas que no descifraré nunca,

tal vez,

en los robles de la plaza,

en las cotorras altas de los eucaliptos,

en la lluvia si llueve,

en el sol en un día de sol,

en una mujer que recuerdo sin odio,

en el amor,

también, claro,

en la magia mecánica del ajedrez,

yo, digo, que soy como un niño,

y la realidad es tan grande,

tan excesiva,

tan contundente,

tan redundante,

tan innegable,

yo que a veces pierdo el habla,

¿sabías?,

que a veces sólo sé que tengo sed,

deseos,

miedo,

yo que soy feliz en el agua,

creéme,

porque me gusta el agua, claro,  

pero también

porque el agua es el reparo del mundo,

que está seco, que es áspero,

que raspa,

que no puede fluir,

me reparo en el agua, decía,

en el cuerpo y la armonía del cuerpo,

en la piel y los calores del cuerpo,

en lo simple,

lo animal en el cuerpo,

o lo imaginario,

si pienso

(aunque casi nunca pienso si nado),

y estoy a salvo, digo,

amparado de lo seco del mundo,

en esa humedad que me envía de nuevo a la especie,

un poco,

que me guarda,

eso es,

que nos guarda,

es que hemos aprendido a crear otros mundos,

¿no te parece?

acá,

que no es necesario salir,

¿no sentís muchas veces agobio,

cansancio,

insatisfacción?,

¿no sentís el absurdo de todo,

la insensatez,

el vacío de todo?,

¿no creés que podamos resguardarnos de todo ahora mismo,

ya,

en este momento,

mirando ese sauce,

¿por qué no?,

la flor de una magnolia,

en la plaza San Martín,

los cardos en el campo,

los teros que gritan asustados,

es que a veces siento que vamos a morir de realidad,

¿sabés?,

de cultura,

cómo decirlo,

de seriedad,

¿se puede ser tan necio

de confundir lo real con un trozo de vidrio,

con una indigestión a la tarde

o un cartel en la calle que restrinja la velocidad?,

¿no creés que es preciso volver un poco a lo animal,

al perfume,

al sabor de lo animal,

treparnos a un árbol,

sin orden,

o pulverizar nuestros ojos en él,

como dijo alguien,

escribir como escriben los peces,

reír como ríen los peces,

contemplar la mañana como peces,

estar juntos otra vez como si fuéramos peces?,

¿no creés que lo peor ya pasó?,

¿que la realidad es una pesadilla de la que estamos despertando?,

¿que nada de esto es tan cierto?,

¿no cierto que no?

 

lunes, 5 de abril de 2021

Elegía VII

                                                               a Ulises

En el ajedrez a veces pasa,

te dejás una pieza,

un alfil, la dama, la torre,

da igual,

te dejás la pieza,

estabas pensando en atacar,

estabas pensando en otra cosa,

en conquistar la pieza enemiga,

quizás,

en conseguir la ventaja,

en estrategia,

y te olvidás de defender,

y ya está,

es un segundo,

una vez que hiciste el movimiento en falso,

cometiste el error,

la pieza ya es del otro,

o de nadie,

da igual,

y ya no es lo mismo,

no exagero,

tu ánimo,

el ánimo del rival,

las condiciones objetivas del juego,

(tenés una pieza menos),

todo cambió en ese gesto equivocado,

en esa omisión,

en ese olvido temporal,

en esa distracción,

y nada es igual, creéme,

podés seguir jugando, claro

(podés incluso ganar),

pero el golpe ya fue dado,

cómo decirte,

como un velo que se cae o se desgarra,

algo así,

te dejaste la pieza,

ya no está en el tablero,

es así, no está,

pero no es sólo eso,

(es que quizás no es ni siquiera eso),

es el desgarro del velo,

la realidad a secas,

ya se ve y es más oscuro todo,

más opaco, menos vívido,

menos interesante, tal vez,

más transparente,

y te cubre el enojo,

claro,

deberías haberla cuidado

(ese caballo, esa torre),

era tu responsabilidad,

no hay más nadie que vos en ese lado del tablero,

y sin embargo es así,

a veces pasa,

nada excepcional,

un descuido,

un rapto de ansiedad  o de codicia,

o de abandono,

no sé,

atacaste con la pieza que no estaba defendida,

o la olvidaste,

y quedaste vos ahora como indefenso,

vulnerable, no exagero,

como desnudo,

imaginátelo así,

dibujalo en la mente,

(hagamos el ejercicio),

estás vos,

en una habitación semivacía,

desnudo,

inerme,

casi desolado,

en silencio,

delante de un tablero,

como si nada,

jugando al ajedrez.                                                      

lunes, 15 de marzo de 2021

Elegía VI

 

De pronto mirar hacia un lado,

girar el rostro,

retirarnos momentáneamente de la enajenación

(que llamamos vida),

de preparar el mate, con dedicación,

corregir un examen,

poner la mesa, seriamente,

jugar al ajedrez

(peón dama, alfil f4, caballo f3),

de pronto, decía,

porque suele pasar de pronto,

mirar por la ventana y ver los tilos,

los plátanos moverse,

detrás y arriba el cielo,

la luz del sol,

el canto trabajoso de las chicharras,

preguntarnos por todo esto,

por ese pájaro que duda,

ese hombre que camina,

(está en la vida, tiene sentido),

¿hacia dónde va?

¿sabrá que va a morir?

¿incluye ese instante de cese su vida?

de pronto, digo,

como si otro lo quisiera,

no nosotros, claro,

mirar hacia un lado y cortar la trama,

sin querer,

el hilo delgado, el sentido,

la actuación,

ese estar distraídos,

salir del juego por un rato, digo,

(¿pero hasta cuándo?

¿con qué profundidad?

¿hasta dónde?

¿para qué?),

salir de la vida un rato, decía,

y perdernos en ese mar inmenso,

esa otra vida

(más abierta,

más irrefutable, menos irreal,

más ingenua, más digna,

más cruel),

en ese vacío inmenso, decía,

casi fuera del lenguaje,

(porque el lenguaje es una regla del juego),

perdidos sin saber,

sin poder saber,

como Eva y Ulises, supongo,

mis dos gatos, cuando juegan,

cuando juegan, digo, porque duermen casi siempre

(jugar como los gatos juegan,

 eso quiero decir,

con las reglas de la especie),

mirar hacia el costado, decía,

por la ventana chiquita de la cocina,

ese rectángulo blanco que da a la calle,

y quedarnos así en las hojas temblando,

en los fresnos amarillos temblando,

en la calle que pasa,

en los autos que se apuran,

en esa mujer que regresa,

y volver,

que ha sido breve esta vez,

a la sala del juego,

a la cocina, al ajedrez,

la temperatura está a punto,

la yerba tiene su justo declive,

la bombilla conserva la inclinación preferida,

plateada y oblicua,

la boca que se acerca,

el gusto amargo del agua que pasa lentamente,

sube,

(a veces cerramos los ojos, mecánicamente),

con placer,

por las puertas abiertas de la garganta.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Elegía V


 Cómo es que hemos podido vivir acá,

nosotros, me pregunto,

poner el alma acá, digo,

en esta ciudad geométrica,

cómo hemos hecho para estar así,

quiero decir,

con nuestra alma sin forma,

en esta ciudad trazada con escuadra,

con brújula, a lápiz,

con regla, compás,          

cómo hemos hecho, digo,

al llegar a cada círculo perfecto,

a cada cuadrado, cada triángulo,

para dejar la vida ahí, la vida bárbara,

en esa exactitud, pienso, en ese diseño,

cómo han hecho los ríos,

los bañados, las lagunas, los mares,

 los árboles, cómo han hecho,

para vivir acá,

en estos caminos dibujados,

afectos a la precisión,

al orden, a la medida,

a la proporción,

al Logos, diría un filósofo antiguo, supongo,

si viera esta ciudad tan comprensible,

tan diáfana,

aritmética, lógica, cósmica,

tan sensata,

cómo hemos hecho, decía,

para dejar el alma acá, el alma infinita,

 en esta ciudad tan segmentada,

tan exhaustiva y prolija,

hermosa, inmóvil,

tan lúcida y civilizada,

quizás, por qué no,

también,

como un poema,

tan desfasada de la vida.

 

 


viernes, 5 de marzo de 2021

Elegía III

 

Decí por ejemplo la palabra árbol,

¿sentís la pérdida?,

¿el vacío?,

¿la desposesión?,

¿te pasa que sentís que ahí no va el alma?,

¿que en esa lengua no está Dios?,

probá con la palabra pájaro, laguna, Carolina,

Villa Elisa,

¿te das cuenta?,

¿te duele esa distancia?

¿podés sentir la diferencia?,

¿la ausencia central?,

podemos probar con otras palabras,

 irse, por ejemplo, padre, madre, tilo, aguaribay,

decí en voz alta la palabra zamba,

re menor, 36 y 25, poesía, mujer,

¿podés verlo?,

¿podés sentir la maravilla, el absurdo de decir palabras?,

¿podés ver el espectáculo?,

¿el heroísmo?,

¿la inautenticidad?,

¿podés entrar y estar solo en esa soledad?,

¿permanecer allí?,

¿en ese hueco insalvable?...

entonces ya podés escribir,

le dijo el maestro,

quizás más,

quizás no vas a poder hacer otra cosa más que escribir.