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lunes, 29 de enero de 2024

Que sólo el río es eterno


Todo era inmenso,

todo era paz y armonía,

todo era bueno,

y el río no se movía.


Todo era calma,

todo era luz en el día,

todo era extenso,

y el río no se movía.


Y tu vestido,

y vos sentada en la piedra,

y el río inmenso,

como si nada ocurriera.


Y tus palabras,

tus ojos llenos de arena,

y el río antiguo,

como si nada ocurriera.


No supo el río

la fe creciendo en el tiempo,

ni el miedo grande

de hacer un mundo de nuevo.


No supo el río

que sólo el río es eterno,

ni el fin de todo,

ni el llanto sobre lo muerto.


Todo era inmenso,

todo era paz y armonía,

todo era bueno,

y el río no se movía.


Todo era calma,

todo era luz en el día,

todo era extenso,

y el río no se movía.

domingo, 15 de octubre de 2023

Un tango para María

 

Sabés qué nos diferencia a vos y a mí, María,

qué nos distancia,

qué nos aleja,

o al uno del otro nos extraña…

Sabés qué tejidos,

qué leve espesor de la sangre,

y translúcido,

el tiempo aún no ha dejado

en la fina trama de tus venas,

María…

Sabés, perfecta María,

que el tenue tango que nos fue creciendo

con el goteo del tiempo,

esa suerte de música,

lleva escrito en su partitura, como una seña,

con una suave ironía

Ya no es la queja, no, María, ni el llanto,

ni la culpa de la vida,

ni la vida de los otros, no, María,

lo que nos crece con el tiempo,

sin querer,

como una marca más de eso que inevitablemente

y de a poco, imperceptiblemente,

ya somos,

o de eso en lo que nos hemos ido transformando,

con cada cierre de telón,

con cada apagón de la luz,

con cada derrumbamiento,

con cada rayo cegador...

Eso que nos crece, María,

es una suerte de ironía,

inofensiva, María, inocente,

además,

quizás invisible a los demás,

quisiera hacerme entender,

porque un día cualquiera,

un día anodino como los otros,

vos también lo vas a sentir, quizás,

y será como una niebla,

o gotas ínfimas en lo claro de un vidrio,

así lo sentimos, María...

Y entonces sucede que así,

un día que no conocemos,

nos apasionamos con ironía,

parece mentira, ¿no?,

alegremente,

amamos con ironía, ¿me creés?,

porque amamos,

incluso nos ilusionamos, también,

ya no como chicos, ya no,

claro,

con un fondo medio triste

y medio sabio, creo yo,

de esa dulce protección de la ironía…

Y esa es la carta que ya tenemos de más…

Y no es que no sufra, María, no,

claro,

no es que no ame, mucho menos,

ni anhele,

ni quiera con vos pasar toda la vida,

aunque sea un momento,

que será también toda la vida,

no es eso, tenés que saberlo,

sólo es que entre el deseo,

el amor, la ilusión,

incluso entre esta fascinación que no te miento,

y yo, cómo decirlo de otro modo,

transita siempre esa fina red de la ironía,

que nos resguarda, María,

que no nos salva, siquiera,

que apenas nos guarece,

nos confirma de nuevo lo que antes ya sabíamos…

Te amo con locura, María, a veces incluso,

como ahora,

mientras escribo estas líneas,

con desesperación,

con dedicación, con integridad,

eso no deja de ser cierto,

y me vas a faltar mucho cuando te vayas,

porque te vas a ir un día,

y yo no voy a medir el amor, te lo juro,

ni la entrega, no es eso,

sólo que estaré, lo sé,

el corazón de todo esto que te digo es que ya lo sé,

como cuidado por las sumas repetidas del pasado,

por los caminos cerrados,

los desengaños de la luz,

las mañanas frías de primavera,

las tardes turbias o nubladas,

los árboles caídos del campo,

después del temporal,

la noche en que no viniste,

la casa sola,

la soledad infinita...

Es él, María, el tiempo,

el que nos dejó como al pasar,

como sin saberlo,

sin detenerse siquiera,

este borde suave de ironía,

esta soledad,

que son ahora los límites del cuerpo...

Yo voy a ser lo mejor que soy, María, repito,

eso puedo prometerlo,

no voy a dejar nada sin ofrecerte,

quiero decir,

haré todo lo que un enamorado sabe hacer...

Esperarte, querer que no te vayas,

aún sabiendo que te vas,

negar el paso del tiempo,

mirarte con fascinación, con resplandor,

con olvido,

pero estaré, María, aunque no lo sepa,

aunque no lo quiera, incluso,

del otro lado de una capa transparente,

no sé decirlo de otro modo,

quizás un poco más cerca de la muerte,

y te veré bailar, María luminosa,

y te veré reír, ilusionarte, celebrar,

cortar la torta de un cumpleaños,

servir el té,

salir rápido sin saludar,

apurarte sin razón,

y te veré brillar,

y quizás brille, por qué no,

yo también, como un reflejo de vos,

y estaré agradecido de haberte conocido

un día ya real aunque futuro,

ya casi del pasado,

de tan real, de tan reconocido,

y escribiré por vos y para vos

las mejores palabras que el tiempo

y la práctica de la soledad me hayan dejado,

no importa si son malas o son buenas,

serán las mejores, una noche, lo sé,

o una tarde, por qué no,

una tarde que no haga ruido al caer,

y también te lo agradeceré,

y vos continuarás tu vida joven, hermosa,

con tu pelo joven, con tu piel joven,

con tus manos jóvenes,

tu vida casi nueva, María,

no temas,

yo procuraré llevarme las heridas,

las mías y algunas de las tuyas,

las que pueda,

con ellas hago los poemas,

las canciones,

las líneas sinuosas de la partitura,

y sé que estaremos felices, a nuestro modo,

los dos,

aunque quizás vos tardes algo más en aceptarlo,

estaremos felices, digo, María,

en ese triste y bello día del futuro,

o quizás y de algún modo

ya del pasado,

más sabios,

más solos,

felices, decía, caídos y felices,

ya vas a ver,

de habernos encontrado,

o mejor,

felices,

entre tantos otros,

de habernos sin saber y sin querer, tal vez,

entre tantos otros,

reconocido.


miércoles, 23 de agosto de 2023

Por qué te atrae la noche, María

 


Por qué te atrae la noche, María,

por qué te atraen los cielos cubiertos,

los días de lluvia, las calles desiertas,

la soledad.


Por qué te trae lo oscuro,

por qué te trae la calma de todo,

y el día que se abre, la vida de nuevo,

al despertar.


Por qué te llama el insomnio,

por qué las noches sin sueño,

la larga vigilia, la noche por dentro,

la luz lunar.



Por qué te atraen las hojas, María,

por qué te atraen los árboles rotos,

el agua que queda a la tarde temblando

sobre el cristal.


Por qué te trae la casa,

por qué te traen las sillas sin nada,

las ondas del fuego, la sombra cambiante,

la luz del mar.


Por qué te llaman los libros,

por qué las horas más blandas,

la voz que me falta, la voz que quisiera

para cantar.

domingo, 25 de junio de 2023

Lo que calla

 

En un desierto de arena,

con las manos enlazadas,

busca una voz presentida,

más allá de las palabras.


O en lo verde ya infinito

de esos campos que lo llaman,

busca el gusto de lo eterno

sobre un prado que no habla.


Junto a un mar que lo decrece,

con los ojos sin mirada,

quiere a lo lejos perderse

tras el silencio del agua.


La noche se ha detenido,

y en el cuarto de una casa,

siento más próximo el mundo

entre las cosas calladas.

martes, 18 de abril de 2023

Bolero triste

 

Nació con un vestido verde, floreado,

en el parque San Martín,

en un banco de piedra, algo húmedo aún por la lluvia,

a las siete en punto,

en el borde mismo de la tarde,

nació con las piernas hermosas, doradas,

bajo la falda,

con el pelo parcialmente recogido,

rubio rizado,

muy consciente del dibujo perfecto en su rostro,

en su frente,

y en los caminos mojados de la plaza, luego,

sobre las agujas secas

dispersas de las casuarinas,

amarillas ahora,

nació con las risas moderadas

de lo que no se quiere mostrar del todo,

pero se deja entrever,

quizás con cálculo,

en la boca perfecta y en los ojos color caramelo,

que miran y piensan,

y por eso nunca miran del todo,

jamás miran del todo,

nació luego en las costas del río,

a media tarde,

entre una multitud de gente que hacía otras cosas,

y los sauces llorones y los ceibos

y los altos eucaliptos asimétricos,

y los peces blancos insensibles ya en el borde oscuro del agua,

nació con anteojos de sol,

ya sin dar lo que los ojos siempre y aún sin quererlo

han dado,

nació con un abrazo tembloroso, apenas cálido,

al borde quieto del agua,

cargado de un antiguo miedo,

vacilante, inestable, perplejo,

apenas profundo,

nació como un brote nuevo sobre un dolor mal sanado

de un mundo anterior,

siempre reciente, aunque repetido, viejo,

nació con los colores conocidos del río,

con su olor a tiempo triste,

abandonado,

con los barcos grandes quietos a lo lejos,

el cielo celeste

y el sol ablandándose de a poco en la espalda,

en los huesos,

extendiéndose sin dirección,

perdiendo intensidad,

como quien y sin voluntad, se va diluyendo,

y los gritos de las ranas del río,

y el primer perfume que nos llega de otro

(eso que pasa una sola vez,

para ser luego la forma sensible de un nombre que está cerca),

nació con el miedo natural de un niño en el centro impredecible del bosque

que se sabe ya perdido,

nació con un marco sutil de sombra traída de lejos,

nació risueño, esperanzado, con decisión,

quizás más que con fe,

con una emoción quizás calculada,

nació como el hijo destemplado de un pasado tenaz,

irremplazable ya,

nació infeliz, aparente, superficial,

nació en mis manos,

yo estuve ahí, lo vi nacer,

nació con las semillas de lo muerto.

 

sábado, 14 de abril de 2012

Autorretrato

Cuál es el precio de esa imagen, quiso saber. El precio es por lo menos una módica muerte, o una de sus metáforas si quiere. El otro dio la vuelta y amagó a irse. Luego retractó el rumbo y me miró con deseo contenido. Cuánto puede costar una imagen falsa fabricada sobre la base dudosa de su propia persona, dijo. Si usted no estuviera aquí interesado en comprar un retrato de mí esta imagen en efecto no valdría nada, dije, pero usted insiste en dejar su pie en esa baldosa floja y eso como sabrá aumenta el valor de la imagen. Se fue. Yo volví a mi pintura inacabada. Trabajé mucho en ella. Dejé listo el autorretrato cuando entre mi cara en el espejo y él, yo lo sabía, hubo cientos de miles de dólares de distancia. No tardaron en venir a comprarlo. Vinieron a encarecerlo durante años. Lo vendí cuando empecé a notar que la baldosa floja en la que los hacía detenerse, lejos, se tambaleaba. Además ya tenía otro retrato de mí en camino. Un hombre amargo lo colgó en su casa, dicen, y le gusta verse en él. El título de la obra, es cierto, fue ambiguo.

jueves, 12 de abril de 2012

La piedra

Como figura de la balística, la piedra, bien o hábilmente usada, puede llegar a lastimar, lamentable o felizmente, a un pájaro a cierta distancia, a un animal si se nos acerca o nos acercamos a ál, e incluso a un hombre si no sabe o puede o quiere defenderse de ella. La gravedad, agudeza o tamaño de la lastimadura no necesariamente estarán vinculados a la gravedad, agudeza o tamaño del disparo producido. La relación entre la piedra y la superficie impactada es ciertamente más compleja. Se tiene registro de palomas ligeras o blandas apenas heridas por grandes y sofisticadas balas así como de grandes bestias vulneradas mortalmente por el impacto certero de pequeñas o débiles piedras o fragmentos de ellas. Otra particularidad de la idiosincrasia de la piedra en su expresión de proyectil es su direccionalidad o intencionalidad. La experiencia indica que una piedra arrojada con honda o mano a un gorrión subido sin elegancia a la canaleta de un viejo galpón puede ser la causa de la muerte o la lesión variable de un jilguero cantor ostentando su plumaje rubio en el cable más alto que lleva, trae o permite, mejor, la luz. Algunos hombres de ciencia se interrogan acerca de la posibilidad de que la herida producida, generada o inducida en un canario, pongamos por caso, o un hombre desprevenido, tenga alguna vinculación más o menos directa con la mano que la suelta, más allá de los factores antes mencionados del tamaño, la velocidad, la forma, la textura, de la piedra y de la piel que la recepta, o el roce sufrido o gozado en el camino a su blanco. Otros andan por otras aristas más oscuras de la investigación. Una sola pregunta se hacen hace siglos. De ella se desprenden varios enigmas en los que los hombres se regodean. Qué tan inútil o absurdo resulta arrojar una piedra contra un ser vivo. Por qué no arrojarla al cielo cuando nadie pasa. Por qué no llevarla en los bolsillos. Por qué incluso no jugar a la payana. Dibujar en las baldosas. O hacer sapitos.

martes, 10 de abril de 2012

La mancha II

“...tornadas en cenizas desdeñosas
y ciegas a mis quejas y clamores.”
(Garcilaso de la Vega)

Adherida a la trama áspera del suelo hay una sombra informe. No fue con esas palabras, casi seguro, que mi abuelo me anunciaba la odiosa mancha en el piso de cemento de su galpón. Porque una cosa es la suciedad, decía, y otra la mugre. La mugre, según él la definía, era lo que Aquiles no podía arrancar de su pecho; la suciedad, en cambio, eran las vueltas de Ulises. Mugriento está el hijo de la diosa. El héroe de las mil vueltas es un sucio, se enojaba. Mi abuelo se ponía cada vez más oscuro conforme se ponía más didáctico. La mancha es a la suciedad, aclaraba, lo que el río es a los tarros de durazno oxidados con que miden la lluvia. Yo callaba porque el abuelo estaba melancólico y yo ya había entendido que había cosas que no tenían cura pero sí palabras. Adherida a la trama informe del suelo hay una sombra áspera. No creo que hayan sido exactamente esas las palabras del abuelo para despotricar sobre la fatalidad imbécil del aceite de los motores nuevos sobre el suelo viejo de su galpón. Porque una cosa es una tela de araña y otra la muerte que lleva adentro el veneno, exageraba. Trocaba sanamente la depresión en rabia. Sabiamente. Yo sabía infructuoso cualquier intento por tratar de hacerlo hablar claro o calmarle el furor. Armaba silogismos absurdos, comparaciones inútiles, alegorías oscuras o sinuosas para hablarme de una mancha de aceite de motor en el piso. Y lo peor es que yo ni siquiera eso veía. El piso estaba impecable como siempre. Pero el abuelo seguía dolido por la adherencia intratable y sorda de una ancha sombra sobre la trama inhóspita y cerrada del suelo. 

domingo, 8 de abril de 2012

El artista

“Había una vez un García
que dejó la guía para ser Charly”
(Gabriel Báñez)

Cuenta la historia, o la fábula, que fue por un severo ataque nervioso, una falla neurológica, producto de complejos conflictos vitales, que Carlos Alberto García Moreno llegó a la insalvable conclusión facial de compartir dos colores a lo largo y ancho de su fino bigote. Leído de izquierda a derecha, como debe leerse cualquier bigote, el espacio ubicado en la parte superior de su boca, y alrededores, comienza en blanco y termina en marrón. La cesura ingrata que se produce, encima, impide hablar de hemistiquios, dado su carácter asimétrico, en este raro verso capilar. La falla empieza intempestivamente, sin llamados ni permisos, antes de la línea vertical imaginaria que proyecta hacia abajo la nariz. Con lo cual son aproximadamente dos tercios de bigote los que han quedado más o menos intactos. El tercio restante, que en realidad es el inicial, el fundante, leído de izquierda a derecha, está corrompido por la falla más profunda, histórica, cuya causa sería superfluo rastrear. Cuenta la historia, o la fábula, que los amigos de Carlos le arrimaron su lógica, a saber, dar tintura a la alteración, encubrir la marca, desmentirla con color marrón. Tenían su razón, a saber, la normalidad de la franja, la clausura descriptiva del error, la pintura prolija sobre la grieta, la macilla blanca en la fisura, el maquillaje en la cisura, incluso alguna aceptable idea de belleza. A Carlos, sin embargo, parece, no le satisfizo la solución. Quizá porque no entendía el problema, o, mejor, quizá porque hacía mucho tiempo que no desconocía la rara trama de su vida. Ni la lógica profunda del arte. 

jueves, 5 de abril de 2012

El guante

La mano busca y se mete en la trama de látex como en una casa justa y nueva. Poco a poco la trama se abre, se estira y se informa. Dedo a dedo, poco a poco, la trama naranja va dibujando la carne de la mano que aloja. Primero el índice, luego el mayor o el anular, el meñique después y apenas más tarde, finalmente, el pulgar. Después de las últimas convulsiones del acomodamiento, el látex recibe la vida también de la mano que lleva dentro. Entonces se arrima a la canilla con precisión, sin vacilar, y con un movimiento complejo y finamente orquestado de tres o cuatro dedos la hace girar hasta que sangre. La canilla al cabo se abre. El agua cae en chorros verticales hacia abajo. Salpica y cae. Juega. Se renueva y se pierde y cae. Luego el látex ya con decidida forma humana regresará al mecanismo en forma de flor de la canilla, realizará otro difícil movimiento coordinado y el agua dejará de caer. Lo hace con facilidad. El látex transpira o gotea. Se ha mojado. El color  naranja se pone brilloso y liso. Ha danzado sin respiro circularmente en cada vaso, ha flotado ágilmente y con delicadeza sobre cada plato, ha girado con soltura en cada olla, ha iluminado o le ha devuelto la luz a cada cubierto, con una  técnica compleja, sorprendente, rápida e invisible. Por momentos se hace ave, se hace árbol, flor, molino de viento, trigo, humo, junco, fuego. Pero el agua ha dejado de caer. La trama de látex ya se va. Su trabajo terminó. Tendrá que regresar a la informidad del inicio. Tendrá que escurrirse en un olvido en el que nadie cree. Tendrá que volver a no ser nada, otra vez, no sabe cuánto tiempo, en silencio, adentro de un cajón.

martes, 3 de abril de 2012

La tiza

a la mano que la mueve

La tiza blanca atravesaba sin prisa ni demora la superficie negra y lisa del pizarrón. Detrás de sí un polvo blanco como una cola de luna iba quedándose en la madera con aire de nostalgia anticipada. La tiza avanzaba dejando detrás de sí un dibujo lento, prolijo, módico, con una rara fe. A veces aquel mínimo relieve blanco como arena tenía un camino inhóspito por recorrer. Otras veces debía pasar por encima de sí mismo, de su pasado inmediato, y lo hacía con decidida indiferencia. Pocas veces, con un esfuerzo casi antinatural, desconsoladoramente, la tiza debía elevarse en el aire, abandonar el suelo negro en donde se dejaba, trepar hasta un cielo sin garantías, para avanzar ciegamente un espacio de flotación y caer, y volver a dejar la marca del contraste, a crear una huella de polvo nuevo y viejo en un rectángulo negro en la pared. Luego el mecanismo se repetía y un disimulado fervor en el corazón la encaminaba nuevamente a otros dibujos y otras líneas paralelas o superpuestas. Su camino era sinuoso. Marchaba en ondas como por un camino de cornisas. Y no caía, aunque una nostalgia creciente le crecía como una tristeza nativa. Ella no sabía el valor de su trazo. Desconocía la esperanza que la movía, el desasosiego que la llevaba. Sólo sabía que la materia de sus dones le iba costando lentamente, poco a poco, línea a línea, con gallarda renuncia o heroico estoicismo, la propia extensión. 

sábado, 31 de marzo de 2012

Mariana

A Mariana, por su lenta recuperación

Hay quienes dicen que la semana pasada volvieron a intervenir a Mariana. Dicen también que un alfarero subrepticio recogió el barro negro que le sacaron del vientre. Dicen esos que la vasija es hermosa. Otros dicen que nunca existió tal vasija. O que un viento del este la rompió. No faltan quienes dicen que fue la vasija la que fue sacada del vientre de Mariana y que el alfarero fue quien la transformó de nuevo en barro. Quienes siguen esta versión dicen que con el barro de la vasija extraída del vientre de Mariana, el alfarero construyó a Mariana. Hay quienes no dicen nada.

jueves, 29 de marzo de 2012

La flor

Pensó que cuando al fin llegara y le diera la flor esa flor no sería la misma flor que salió de su jardín. Pensó que tampoco esa flor era flor ahora cuando nadie más que su jardinero sabía de ella. Se preguntó entonces con creciente y vacilante terror si la flor existía. Se preguntó qué cosa era la cosa que aún no había nacido. Qué cosa era la cosa que ya se había muerto. Qué fisura o abismo se abría entre la flor arrancada y la flor recibida. ¿Era la flor la fisura? ¿Era la flor un abismo? ¿Era la flor el espacio hueco y vacuo entre la tierra cultivada y la mano regalada? ¿Era la flor otra cosa anterior a todo tallo, todo pétalo, toda semilla, toda tierra y toda mano? ¿Era la flor posterior a todo eso? ¿Era la flor el perfume que queda de un azar? ¿Era la flor la lluvia? ¿Era la flor la sangre de sus manos cayadas? ¿Era la flor un silencio palpitante y vibrador? ¿Era la flor un futuro incierto o apenas entrevisto? ¿Quién da a quién la flor? ¿Quién la recibe de quién? ¿Era necesario que fuese la flor algo de todo aquello? ¿Seguiría después de este silencio con su oficio mudo de jardinero? ¿Todas las flores van al cementerio? 

La ola

Esperaba la próxima ola. Dejaría que la atraviese o la pasaría por arriba. La mañana le daba el tiempo y la claridad. Esperaba un salto desigual de agua en los comienzos o los confines del mar. Le bebería la sal o se pondría de espaldas para sentirle la fuerza descorazonada. La mañana casi era más larga que el mar. A la mente le vinieron muchas palabras que descartó. Hacía un tiempo que había logrado estirar los hilos que van de la mano al corazón. Le quedaba lejos la pena de las hojas. En la cima desatenta del cielo un sol brutalmente vertical se ennegreció ligeramente por el paso desinteresado de doce pájaros más o menos en forma de v. Lorena esperaba una ola grande. Una ola más grande que la anterior. Pondría la mano venosa como un cuenco hacia arriba para que algo de la ola no se vuelque en la indiferencia del agua o cerraría los puños llenos de codicia para vengar la tardanza. El sol ajeno se hizo lentamente visible delante de sí. Lorena esperaba una ola grandiosa que la dejara otra. Abriría la boca hambrienta para bañarse el estómago con el agua del mundo o cerraría los ojos avaros para negarle su visión. La tarde arriba se ponía sin éxito ni fracaso. Silenciosamente le molestó su apatía. Se adelantó unos pasos por el agua. El mar le quitó sin querer dos senos hermosos y blancos. El sol no quería nada cuando cruzó la línea insensible del horizonte. La puesta es insensata, pensó. Como un espejismo de nieve en altamar. La puesta es insensata. La noche le encontró un pájaro oscuro bebiéndole los bucles rojos de las sienes y la garganta. Lorena esperaba una ola grande. Más grande que la anterior. Lorena murió de frente. De noche. Con un cigarro encendido en la boca.

lunes, 26 de marzo de 2012

Al río II

Esa tarde blanca frente al río verde y transparente, bajo un sol oblicuo y naranja que ganaba en esfericidad conforme descendía, sentado sobre la arena apenas húmeda que heredaba su lasitud y su llanura del vaivén quieto de las aguas, esa tarde opaca o turbia de marzo, junto a los lentos cuencos pequeños y móviles que dibujaban las aguas sin prisa ni objeto, frente al monte verde inmóvil que llamaban la isla, esa tarde de otoño reciente y antiguo, en la soledad de la costa teñida de humedad intermitente con más pájaros que hombres, envuelto en el murmullo silencioso de tan inexpresivo de las aguas ondulantes y reiterativas del río, con los pies desnudos contra un viento consuetudinario y neutral, esa tarde respirada sin relieve ni crispación, sin forma, atado a la inmovilidad hormigueante por un placer que le nadaba mucho más abajo del vientre, seducido sin saber por una calma sin dioses ni demonios, acomodado sin deseos a una voluntad involuntaria emergida del agua, mirando el río desapasionado sin ver otro cosa que una nada verde oscura, volcado o vuelto hacia una mismidad levemente gozosa que quizá le bajaba de los dispersos árboles o le trepaba de la cambiante arena, esa tarde de placer inocuo en que algo dejaba de chillar, de pedir, de rezar, de olvidar, de entender, de rogar, de decir, de no olvidar, de querer, de sentir, de llamar, de correr, de suplicar, de volver, de soplar, de esperar, de esperar, de esperar, esa tarde, anclado a una voz de arrullo que en silencio pedía callar, rondado de sí como de un agua mayor, esa tarde, lenta como una pared inmensa, cayó encima de sí, como una canción de cuna, como una luna imprevista, como la noche, como un río que empieza a nadar adentro, una revelación lenta y fulminante, quizá fatal: el presente.  

domingo, 25 de marzo de 2012

Lorena II

Lorena murió despacito. Con un sufrimiento de alga o agua de río lento. Iba por la calle juntando hojitas. Esperaba una señal y estiraba la mano hacia arriba o pegaba un breve saltito. A veces se le escapaban y no volvía. Las dejaba para la vuelta. Murió selecta, unánime, monótona, invisible. A paso corto y bajo con menos llegadas que salidas. Caminaba por una calle múltiple de La Plata. Cruzaba la calle si le interesaba una hoja distinta. O seguía si quería una igual. La manito blanca y nueva se le llenaba de verde. Ella les sacaba el cabito para borrarles el origen. Si la hoja era muy alta o el árbol muy nuevo seguía por la vereda acanalada o lisa. Cuántas hojas tendría ya, se preguntaba sin convicción. Cuántas hojas hacen falta para ser selva. Cuántas hojas de diferencia tienen un árbol, un bosque o un monte, se preguntaba sin esperar. Sin esperarse. Lorena iba adelante y detrás de sí. Hablaba para adentro, también. Caminaba sin nadie, también. Iban tan solas. Daban saltitos para nada. Para nadie. Juntaban hojas. 

viernes, 23 de marzo de 2012

Al fuego

Vio crecer el fuego desde abajo. Vio la noche interrumpida por los brazos extendidos de la llama. Vio en el aire intacto la blancura desarmada del humo. Vio el calor por el tono. El perfume por la forma. Pensó en las metáforas del fuego. En las sinécdoques del humo. No llegó a nada. Trajo palabras para el aire construido. Para el silencio rítmico. Para el alba prematura. Creyó en algo que no supo. Vio algo que no quiso. Supo algo que no dijo. Escribió unas líneas como siempre. Unas líneas como puentes. Como vuelos de paloma sobre el nido. Prefirió el silencio desteñido. De un salto cruzó el abismo. Tantos signos. Tantos signos. Se preguntó lo de siempre para escamotear lo de nunca. Lo de mañana. La respuesta sin pregunta. Sospechó detrás del fuego la exactitud de los hábitos nocturnos. El fuego intentaba ser naranja. El frío poco a poco se empobrecía. Caminó hasta las hojas. Dibujó un dragón adentro de una almohada. Un caballo sudando con migas de pajarito. Con paciencia le dio forma al silencio. Él estaba apagado. Mudo. Eso también no lo dijo.

jueves, 22 de marzo de 2012

A veces un río

A veces un río me nada. Me manda. Yo me recuesto secreto y mudo sobre las piedras del fondo y un río me ahoga. Me vierte. Me remonta. Acerco tan despacio la cara de arcilla a la humedad de la arena y un río me traga. Me devora. Me bebe. Me nace. A veces por la noche me crece y por la mañana a veces vuelve. Yo le doy el cuerpo de barro para que se hunda en los poros blandos de mi silueta. A los pájaros les cuesta pedir perdón cuando los vuelo. Cuando los agito en el aire y llovemos. Cuando los árboles más altos nos trepan. Yo sé que llevo un viento. Yo sé que un viento me lleva. Con la boca abierta a veces el río se saca la sed y vuelve. Yo no soy quién para sacarle la saliva de la lengua. A veces un río me viene. A veces un río me deja. Me aleja. Se va al mar sin fondo del que vengo. Se arroja al mar sin huellas del que llego. No sin antes esconderme en su pecho de piel turbio y tibio. Luego esperar un sonido vital como un signo. Y escucharle el corazón como un niño.

martes, 20 de marzo de 2012

La cascarita

a las palomitas
a los pájaros ausentes

En un punto fue una experiencia fundante. Fue en un banco de Plaza de Mayo. Al lado mío, enseñándome, estaba mi abuela. Me enseñaba a arrimar las palomitas grises y blancas a mis pies. Tirales la cascarita, hijo. Tirales la cascarita. El pan lo traíamos de casa. De la casa de mi tía, quiero decir, en donde pasábamos esas vacaciones de verano hace mucho tiempo. Tirales la cascarita que les gusta, repetía. A la miga me la comía yo. O se la daba a la abuela para guardarla y hacer no sé qué postre cuando llegáramos. Tirales la cascarita, hijo, decía incansable la pobre abuela. Y digo que fue una experiencia fundante porque cada dos por tres me voy a Plaza de Mayo a repetir como una fatalidad el ritual que empezó una tarde de la mano de mi abuela. No sé si lo hago para recordarla, para excusarme de la herejía cristiana de tirar el pan (puesto que a mí no me gusta la cáscara dura pero no me animo a tirarla), o para sentir el olor cálido y sucio de las palomas mansas y hambrientas al lado de mis pies. No lo sé. Lo cierto es que vuelvo a hacerlo de vez en cuando. Claro que es un viaje. Me voy al Centro. Ya en un banco, comienzo el ritual. Descascaro el pan, arrojo las cascaritas en las baldosas de la Plaza y me como la miga que ellas no prefieren. Tirales la cascarita, hijo, me acuerdo. Y la abuela tenía razón, aunque, quizá por suerte, como siempre, no toda. Un par de veces he probado, como un desafío tal vez, arrojarles el pan entero. Lo primero que comen, compruebo, es la cascarita. A la miga, si pueden, la dejan para vaya a saber qué otra pájaro ausente. También es cierto que algunas palomas llegan con hambre y se comen el pan entero o, incluso, las hay (esto lo he comprobado alguna vez) las que prefieren la miga. En fin. Cosas de chico. Cosas banales que a veces recuerdo para olvidar.

jueves, 15 de marzo de 2012

Lorena

Lorena lleva un niño en la panza. Se mueve. Hace más de treinta años que lo lleva. No crece. Ella lo olvida ni bien traspone la puerta de su cuarto. Y sale. Afuera, Lorena es una mujer común. Lorena compra, trabaja, estudia, da clases en la Universidad. No difiere demasiado, en suma, de las otra lorenas que cruza. Anda. Es de tez mate y pelo casi negro. Ríe para saludar y abraza con todo el cuerpo cuando quiere. Es baja y tiende a ser hermosa con el tiempo. La sonrisa le queda alta cuando es cierta. Yo la conocí en un accidente. Íbamos uno en cada uno de los autos embestidos. Nadie había tenido del todo la culpa y nos disculpamos y nos perdonamos sin demoras el uno al otro. No sé qué cosas pasaron en el medio pero un día me mostró un lunar chiquito en el hombro izquierdo. Nunca más dejamos de vernos o añorarnos. Fue mucho. Hace años que no la veo. Yo le vi el niño que ella ocultaba debajo del nombre. No le pregunté nada porque le intuí la vergüenza. Hace muchos años que lo tengo, me dijo, y no crece, ni termina de entrar o salir. El médico me dijo que ya estaba en fecha pero de esto hace ya unos cuantos años. Lorena terminó de ser hermosa una tarde de Septiembre. Después de un mate verde con globitos. Me acuerdo que escribía. Con el niño adentro. En su cuarto pintado de niño. Con chiches en la mesita de luz. Con la luz prendida de noche. A solas escribe. Un día me confesó. Yo no escribo, dijo, el que escribe es el niño que no nace. Yo sólo firmo lo que él me desordena.